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OPINIÓN

Un señor del fútbol

Quien puede hacer que te replantees seriamente seguir como entrenador de un equipo superlativo es la maldición de tener como principal rival a la mala educación y la insidia

Guardiola en la rueda de prensa en la que anunció su despedida
Guardiola en la rueda de prensa en la que anunció su despedida AFP

Dice Josep Guardiola que se marcha porque se siente vacío. Que cuatro años son una eternidad en un club como el Barcelona. Nada que objetar a esas explicaciones tan razonables y humanas, a quien ganó tanto. Y, sobre todo, nada que objetar a quien colaboró tanto a hacernos inmensamente felices con su mágica visión del balón sobre el césped y con su ética deportiva. Pero yo tengo muy presentes otras palabras suyas de hace una semana. Unas horas antes de celebrarse el clásico entre el Real Madrid y el Barcelona preguntaron a Pep cómo se sentía después de haber disputado tantos partidos seguidos y tan determinantes en los últimos años entre los dos grandes rivales. El entrenador contestó con un gesto disgustado no por la pregunta, sino por la respuesta que se sentía obligado a no escamotear. Dijo con amargura que no los recordaba con agrado. Yo creo que no hay nadie que pueda recordar con agrado esos partidos con las declaraciones anteriores y posteriores de José Mourinho y de algunos de sus jugadores más carismáticos. No creo que se pueda recordar con agrado, incluso habiéndolos ganado todos, excepto la final de la Copa del Rey, que el entrenador del club adversario haya extendido tantas sospechas arbitrales sobre la incuestionable superioridad del Barça. ¿Alguien oyó alguna vez a Rafael Nadal (por cierto, hincha del Madrid) quejarse y cuestionar las derrotas que le infligió Roger Federer? ¿O las que le infligió ocho veces consecutivas Novak Djokovic?

La Liga desgasta mucho. Y el Barça desgasta más. Pero quien realmente puede hacer que te replantees muy seriamente seguir como entrenador de un equipo superlativo es la maldición de tener como principal rival a la mala educación, la insidia y la falta absoluta de señorío.

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