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Tribuna:

Los Heat, otra vez

No sé cómo fueron sus Navidades, pero les doy una pista de cómo fueron las mías: hay muchas cosas de las que mi familia tiene que hablar, pero no hablamos de ninguna de ellas.

A la hora de escribir sobre la NBA en los albores de 2012, me siento tentado a emplear a una táctica de evasión similar. En vez de encarar la verdad, quiero escribir sobre cómo los Lakers van a ser mejores de lo que la gente cree, o sobre lo interesantes que me parecen los Nuggets de Denver, o sobre cómo mi entusiasmo inicial por los Bulls de Chicago se ha visto aguado por el recuerdo de que Carlos Boozer es un poco afeminado.

Pero hay otro tema del que tenemos que hablar. De modo que voy a zafarme de las cadenas que imponen toda una vida evitando los grandes temas. Voy a levantar la barbilla y enfrentarme a mi pelotón de ejecución. Voy a escribir sobre los Heat de Miami.

Sabemos lo que les pasó a los Heat el año pasado. O más bien, creemos que lo sabemos. Los Heat aprendieron lo que la mayoría de nosotros ya sabía: una impresionante colección de talento no siempre crea un equipo efectivo (donde "equipo" puede sustituirse por "oficina", "junta directiva" o "matrimonio"). En el baloncesto, como en la vida. La aptitud no es el único motor del éxito. Hay otros factores. Vínculos interpersonales.

Comunicación. Suerte. O, en el caso de esto último, y en el caso de los Heat, lo contrario: mala suerte. Porque, aunque los de Miami no estaban del todo preparados para ganar un campeonato de la NBA en 2011, estaban lo suficientemente preparados. Si unas cuantas cosas hubieran ido de otra forma (en concreto, si los Mavericks de Dallas no hubieran sido a) el equipo perfecto para parar a los Heat y b) los jefes de Dirk Nowitzki justo en el momento idóneo en la vida de Dirk Nowitzki, LeBron James y Dwayne Wade se habrían pasado el prolongado paro forzoso del verano enseñando las graneadas fotos que sacaron con el móvil de las celebraciones del triunfo a cualquier amigo que no hubiera sido invitado a esas celebraciones.

Este año, los Heat son, una vez más, el mejor equipo de la NBA. Podríamos evitar el tema. Podríamos hablar de cómo, a lo mejor, si los Pacers se ponen las pilas o si los Thunder realmente "encajan como equipo", entonces alguien que no esté pagando a Chris Bosh podría levantar torpemente el trofeo Larry O'Brien en junio. Pero las evasivas no van a impedir que la verdad sea la verdad.

Hay otras cosas que podrían hacer descarrilar la locomotora de los Heat: Dwayne Wade podría lesionarse o LeBron James ponerse cazurro otra vez. O los Heat podrían perder cuatro partidos seguidos ante los Celtics de Boston en las eliminatorias. Pero lo más probable es que no sea así. Y entonces podríamos vernos obligados a reconocer que, a veces, el talento se impone; que, a veces, se puede construir un equipo campeón comprando suficientes jugadores buenos; que a pesar de nuestro deseo de creer lo contrario, los mejores jugadores ganan por regla general.

Excepto en mi familia, donde estaremos muy ocupados esquivando la verdad como si fuera el novio jipi de la tía Cristina, conformándonos con hablar de la temporada que tuvieron los Bucks de Milwaukee.

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