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Crónica:FÚTBOL | 35º jornada de Liga

Dulce Valencia

El equipo de Quique sólo necesita jugar una hora a tope para barrer a un Alavés entregado

Está dulce el Valencia y la Liga se le acaba demasiado pronto. Ha encontrado la fórmula del gol. Quique recurrió a la alquimia para obtener una mezcla milagrosa: Regueiro y Villa en la punta de ataque; y Aimar en el callejón del 10. El Valencia ha marcado 16 tantos en las últimas cinco jornadas, cinco victorias consecutivas, cuatro de ellas sin encajar un gol. Ya no sólo se defiende bien, como en la primera parte del campeonato, sino que ataca de manera exuberante. Hoy le bastó imponer su ritmo martilleante durante una hora, en la que se asociaron Aimar y Baraja, para dejar en los huesos al Alavés, que no tuvo ninguna respuesta. Ni buena ni mala.

El vitoriano fue el rival perfecto para que el anfitrión pasara una tarde espléndida: blando atrás, tímido adelante y sin un gramo de agresividad ni malicia: no recibió ninguna tarjeta. Entregado desde el primer momento, sobre todo en una defensa impropia de la categoría, a pesar de que no le faltan algunos buenos atacantes. Mestalla ha degustado un festín en cada uno de las últimas citas en su estadio y no podía ser de otra manera viendo cabalgar a Miguel en el minuto 88, sorteando rivales por el carril derecho, exhibiendo su potencia física y técnica.

Fue un partido tan masticable para el Valencia que hasta Moretti se animó a alcanzar la línea de fondo y le entregó, en un pase atrás, el gol cantado a Aimar, que sumó su quinto tanto en la Liga. La importancia de Moretti para su entrenador, al que ha cautivado todo el curso en perjuicio de Carboni o de Fabio, no consiste precisamente en su llegada al área contraria. Sino en ese balón que sacó de su propia área, con la coronilla, cuando acudió a cerrar el centro del otro costado. El lateral italiano cabecea como un central y ése es un valor supremo para el entrenador.

Después de superar una meningitis vírica, Aimar volvió para retomar su juego donde lo había dejado antes de la enfermedad: en la excelencia. Desde la izquierda, el argentino tiene la ventaja de danzar por un territorio mucho más libre que por el centro. Por lo que su capacidad de desequilibrio es más evidente. Como en el primer tanto, cuando oteó el horizonte y descubrió que Baraja estaba solo en el segundo palo. El cuero le llegó justo al pecho del vallisoletano, que lo bajó con clase y lo tocó con la puntera en el momento preciso, cuando le salía Constanzo, que vio pasar el balón por debajo.

Baraja se enseñoreó del centro del campo esta vez acompañado de Albiol, que ocupó la vacante del sancionado Albelda con la misma suficiencia y naturalidad con la que ha asumido su ingreso en la élite, en una temporada excelente como central. En plena algarabía, la gente esperaba que Villa recortara las distancias que lo separan de Eto'o en su lucha por el Pichichi: dos goles. Así que cuando Coromina se llevó por delante a Angulo en un penalti de libro, Mestalla se preparó para aplaudir el 23º tanto del asturiano, que marcó de manera implacable: fuerte, cruzado y al poste.

Quique se relajó en el banquillo y retiró a Aimar y Baraja pensando en la visita del miércoles a Son Moix. Mestalla aplaudió con ganas a sus dos jugadores más creativos, mientras Cañizares reclamó su cuota de protagonismo. Se pasó la tarde arengando a sus compañeros para que no se fueran del partido. Y anduvo muy vivo ante los escasos escarceos vitorianos, dispuesto a ganar, en la pugna con Pinto, su quinto trofeo Zamora. El Valencia cerró la persiana y se dedicó a ver si algunos de sus jugadores hambrientos de minutos dejaban algo para reseñar.

Lo hizo Edu, que salió a jugar con el frac, entusiasmado por ganarse la admiración de una grada que está empezando a conocerlo. Y que intuye que está ante un centrocampista estupendo. Edu se fue creciendo a medida que le salieron dos regates muy suaves en la misma acción sobre el recién entrado Juanito. Y un precioso pase mirando al tendido que plantó solo a Kluivert ante Constanzo. El delantero holandés, sin embargo, cabeceó alto. Dos meses y medio después de su enésima lesión, Kluivert disfrutó 10 minutos de una fiesta en la que Cañizares seguía dando gritos para que nadie se fuera sin apagar antes la luz.

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