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Mamíferos: la verdadera historia

Los canguros y demás marsupiales carecen de placenta, una invención de los virus

Twee Muizen

Cualquier espectador de los documentales de La 2 —todos los españoles según las encuestas, ninguno según los índices de audiencia— conoce lo extraña que es la fauna de Australia, con sus emús y ornitorrincos, koalas y wombats, canguros y cucaburras, pero no sé cuántos se han preguntado a qué se debe esa galería de excentricidades biológicas que nos ofrece el continente austral. Hay varias razones, y todas son evolutivas. Una primera causa es que Australia ha sido una isla durante los últimos 100 millones de años, desde que la fragmentación del supercontinente Pangea la dejó flotando a la deriva y alejada para siempre del resto de la tierra firme. No hay nada que ayude a la diversificación biológica más que el aislamiento, para bien o para mal.

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Gran parte de esos extravagantes animales son mamíferos como nosotros, aunque pertenecientes a una rama lateral, primitiva y extraña a los ojos de los primeros navegantes europeos: los metaterios, más conocidos como marsupiales. No tienen placenta, y sus crías nacen de forma muy prematura, por lo que deben completar su desarrollo en la famosa bolsa (marsupio) que las madres llevan en el vientre cubriendo sus pezones inferiores. Esa fase del desarrollo no equivale a nuestra lactancia, la de los mamíferos con placenta, sino a las últimas etapas de nuestro desarrollo fetal. Cabe considerar el marsupio como una incubadora para bebés prematuros. Pero no es una placenta en absoluto, y todo indica que esa carencia es la causa del subdesarrollo de su cerebro y de su escasa inteligencia y raquítico comportamiento social.

Un canguro en la playa de Lucky Bay, en el parque nacional australiano de Cape Le Grand.
Un canguro en la playa de Lucky Bay, en el parque nacional australiano de Cape Le Grand. Andrew Watson

La evolución de la placenta en los demás mamíferos (euterios) no solo es de una importancia crucial, por tanto, sino también una historia fascinante y poco conocida por el público. La respuesta corta es que la placenta proviene de un virus. ¿Increíble? Sí, pero también indudable.

Una de las proteínas más importantes de la placenta se llama sincitina. Se dedica a fusionar una célula con otra, y así genera una capa de la placenta que no está compuesta por células autónomas, sino por una sola célula gigante con muchos núcleos (sedes del genoma). Esto permite al nuevo embrión implantarse en la pared del útero, y también establece las conexiones entre el embrión y las arterias de la madre, que son el suministro de nutrientes y defensas durante el desarrollo uterino. Los mamíferos no tenemos el mérito de haber inventado esta proteína, sino solo de habérsela robado a un retrovirus, incorporando a nuestro genoma el gen de su proteína env, que es la que utilizan los retrovirus para fusionarse con las células. Si quieres fusionar tus células, lo mejor es utilizar a un especialista en fusiones. Inventarse eso desde cero es horrible, interminable e impertinente.

Los retrovirus son una obra maestra de la evolución. Con solo tres genes (gag, pol y el mencionado env) apiñados en 3.500 letras (gatacca…), que es más o menos lo que mide este artículo, el retrovirus logra fusionarse con la célula diana, penetrar en el núcleo, integrarse en el genoma del huésped, sacar copias de sí mismo, ensamblar su cápsida y largarse de allí convertido en miles de nuevos retrovirus. Muchos de nuestros genes, como la sincitina, provienen de ellos, y la mitad de nuestro genoma consiste en sus residuos. A ver si aprenden los marsupiales.

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