Feria de San Isidro. VistalegreCrónica
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¡Pundonoroso y pinchaúvas Román!

El reiterado fallo con la espada emborronó una actuación sobresaliente del torero ante un complicado encierro de Adolfo Martín

Román, en un desplante ante su primer toro.
Román, en un desplante ante su primer toro.Torostv

Fue una verdadera pena que Román fallara reiteradamente con la espada en sus dos toros, lo que le impidió corroborar un triunfo memorable ante dos toros muy complicados de Adolfo Martín, como toda la corrida.

Posiblemente, el torero valenciano no obtenga rédito alguno de este festejo, pero debe quedar constancia de que su doble actuación fue meritísima, heroica e intensa, propia de un torero pundonoroso y comprometido; y tampoco debe olvidar Román que matar a los toros es condición indispensable para alcanzar metas vestido de luces. Los pinchazos le habrán dolido en el alma, y lo peor es que le pueden hacer un daño irreparable en su carrera. Ya debe saber, pues, que sus deberes para mañana mismo es ejercitarse en el carretón unas doce horas diarias, como pena mínima por los errores cometidos.

No, no se le puede admitir a un héroe que sea un pinchaúvas; no se le puede permitir que, después de que se ha jugado la vida a carta cabal, de que le ha podido con suficiencia a dos toros fieros y agresivos, se eche fuera con la espada en la mano y pinche una y otra vez. Algo muy serio tiene pendiente, y es urgente que encuentre una rápida solución.

Pero antes de ese doble borrón final, Román protagonizó dos faenas propias de un torero hecho y derecho; afrontó con encomiable gallardía y arrojo la dificultad extrema de su primero, por ejemplo, duro, violento, de muy feo estilo, que lo buscaba en cada embestida, y al que lidió con una enorme verdad.

Y mejor ante el quinto, en el que se volvió a sentir la emoción del peligro, que brota no del toreo excelso, sino del compromiso vital de un torero ante un toro que lo busca para arrebatarle lo más preciado del ser humano. Y Román no se asustó, asumió el reto, y le robó a su oponente muletazos largos por ambas manos que supieron a gloria.

En esta ocasión, como había sucedido antes, la plaza vibró ante una actuación muy seria de un torero muy valiente; y otra vez, los tendidos guardaron los pañuelos cuando comprobaron que toda la raza se difuminaba a la hora de matar.

Muy valerosa y meritoria fue también la actuación de sus compañeros, Juan del Álamo y José Garrido, que se la jugaron con honor ante toros de corto viaje, ásperos y muy dificultosos, porque así fueron, en mayor o menor medida los seis de Adolfo Martín, muy bien presentados, de gran arboladura, cumplidores ante los picadores, pero duros de roer en la muleta.

Del Álamo estuvo asentado y solvente ante el desangelado que abrió plaza, y su buena intención en el cuarto le jugó, quizá, una mala pasada. El animal empujó con brío en el primer puyazo, y el público pidió que volviera a entrar en el caballo cuando ya se había cambiado el tercio. El torero asintió, pero la colocación del toro obligó a darle muchos capotazos, lo que quién sabe si influyó en su deficiente comportamiento posterior. Toda la esperanzada alegría del animal se tornó en un feo y decepcionante estilo violento; tanto que de un hachazo rajó la muleta. Pero no se amilanó el torero salmantino, que firmó en Vistalegre una actuación muy firme y de total entrega.

Esa fue también la actitud de Garrido ante dos oponentes del mismo talente que sus hermanos. Lo intentó sin éxito ante el soso tercero, y se envalentonó ante el sexto, al que robó estimables muletazos, aunque, al final, también emborronara su labor con un deficiente manejo de la espada.

Es de esperar que, a estas alturas, Román ya haya comenzado a entrar a matar al carretón… Hombre, por Dios…

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