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ARTE

El arte que cuelga de los balcones

Un barrio de Berlín ha convertido las fachadas en espacios expositivos, dando continuidad a iniciativas pasadas que ya transformaron el entorno doméstico en museo provisional

La instalación de la artista Christina Wuermell en el proyecto 'Die Balkonen', en Berlín.
La instalación de la artista Christina Wuermell en el proyecto 'Die Balkonen', en Berlín.

Hace unos días que los balcones han cobrado vida en el barrio de Prenzlauer Berg, en la antigua zona este de Berlín. Seguramente sea la ciudad que más artistas concentra por metro cuadrado. Un pulmón creativo que han elegido como hogar tanto locales como extranjeros. A su vez, Prenzlauer Berg es un sitio peculiar dentro de la ciudad. Fue un sitio crucial de la contracultura y la resistencia de la Alemania Oriental. La vida se hacía en las cocinas más que en las calles, bajo una idea abierta de lo público y lo privado. Tras la caída del Muro, se convirtió en terreno anarquista y en uno de los lugares más poblados de la capital, donde los artistas volvieron a reasentarse con ganas de conquistarlo todo. Eso facilitó un baby boom que no ha dejado de crecer, como el estilo hipster y ese mal global llamado gentrificación.

En un paseo por las arterias principales del barrio, Kastanienalle o Pappelallee, vemos un columpio colgando de una puerta, una acción de limpieza tirando cosas innecesarias o una tira de banderola que celebra la calle aún sin gente. El columpio es de los artistas Antje Stahl y Felix-Emeric Tota, el cambio de armario de Yael Bartana y Saskia Wendland y la fiesta simbólica de Matylda Krzykowski. Todas responden al proyecto Die Balkone. Life, Art, Pandemic and Proximity que dos comisarias y docentes pusieron en marcha hace a finales de marzo tras ver la deriva de la pandemia y cómo el mundo del arte se paraba hasta nuevo aviso. Son Joanna Warsza y Övül Ö. Durmusoglu, que hace años se trasladaron a Berlín y no deja de ser curioso que representen a las dos comunidades minoritarias más grandes de Alemania: la polaca y la turca.

La historia política del balcón les llevó a pensarlo como espacio expositivo. Los balcones han sido terrazas de apertura y esperanza así como plataformas para el autoritarismo y la supremacía, signos tanto del privilegio como de democratización. Son los umbrales desde los cuales nos encontramos con el mundo desde lo doméstico: sanos y salvos para algunos, pero no para otros. Son salidas de emergencia, un lugar que crea comunidad y nos pone en relación con los vecinos. El balcón se ha convertido en un espacio de seguridad de que la vida social puede existir, incluso en tiempos de crisis.

Una frase de Naomi Klein que escucharon en una de las múltiples sesiones de Zoom funcionó como lanzadera del proyecto: “Hay que abrir la puerta a la posibilidad radical”. Así es como han organizado esta exposición múltiple con casi nada. Sin presupuesto, sin comisiones, sin financiadores, sin nombres, sin apertura, sin espectáculo, sin cita previa, sin zona VIP, sin champán y sin mercado. El dinero no juega ningún papel aquí. El mundo profesional del arte contemporáneo del revés. En la base hay algo tan básico como superar entre todos la angustia en la andamos instalados. Celebra el cuerpo en su ausencia como una sorpresa variable, y no solo desde la idea de masa. También se pregunta qué es lo público en el arte público, y abre, una vez más, la puerta de lo doméstico al fructífero campo de las exposiciones en casas.

La propuesta de Daniel Buren en la muestra 'Chambres d'amis', en 1986 en Gante (Bélgica).
La propuesta de Daniel Buren en la muestra 'Chambres d'amis', en 1986 en Gante (Bélgica).

Los ejemplos, muchos históricos, se remontan a los años ochenta, cuando las mentes más avanzadas cuestionaban qué era la institución y el museo. Los dadaístas y luego Malraux con su museo portátil aportaron los suyo. La exposición Rooms, en el PS1 de Nueva York, sentó una buena base en 1976. Jan Hoet ya era el director del SMAK de Gante cuando en 1986 puso el museo entre paréntesis con el proyecto Chambres d’amis, donde más de 50 artistas mostraron sus obras en sus casas, obligando al público a recorrer la cara más privada de la ciudad. La experiencia se recuerda todavía hoy como la precursora de esa idea de trabajar la pequeña escala y definir un contexto en tono institucional y al mismo tiempo con una realidad doméstica. En esa deriva se han alquilado locales o habitaciones de hoteles. Así nació el proyecto e-flux, de hecho, en Nueva York. Hans Ulrich Obrist también tiró de esa idea en París para Hotel Carlton Palace: Habitación 763, hoy experiencia convertida en libro mítico. Cómo no recordar los noventa sin la galería Mary Boom, el sótano de Espacio F o el garaje Pemasa. Doméstico, en Madrid, marcó un hito en los 2000. Sala Hab, el dormitorio del comisario Martí Manen, hizo lo propio en Barcelona entre 1996 y 2001. Y en estos últimos veinte años la cosa no ha hecho más que crecer: Plat- (Ámsterdam), Halfhouse (Barcelona), Anfitriona (L’Hospitalet de Llobregat), Trastero 109 (Mallorca), Salón (Madrid), El cuarto de invitados (Madrid)…

En momentos en los que no hay más horizonte que el día a día, seguramente estos proyectos alcancen todo su sentido. El arte como una forma de pensar sobre el mundo, como una forma de construir vínculos y un modo de crear una nueva ontología. También se está empezando a hacer a la inversa: museos reinventándose en las casas: las de los artistas. A eso responde el proyecto Home from Home, en El Glucksman de Irlanda, dando una nueva forma a la exposición que tenían prevista en abril, llamada curiosamente Home.