Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
MÚSICA

Hip hop en clave LGTBIQ: al otro lado del armario

De Frank Ocean a Lil Nas X, la historia del colectivo LGTBIQ en un género tradicionalmente homófobo como el rap avanza al mismo ritmo que cualquier lucha social: un paso adelante y dos atrás

El rapero Lil Nas X en la ceremonia de los premios Grammy, en enero de 2020.
El rapero Lil Nas X en la ceremonia de los premios Grammy, en enero de 2020.

Uno de los mayores fenómenos musicales del pasado año fue un tipo de 21 años procedente de Georgia (EE UU) llamado Lil Nas X. Logró batir todos los récords de permanencia (y retorno) al número uno de las listas estadounidenses con su tema Old Town Road. Su mérito no es baladí. Logró con este corte dignificar y darle atractivo universal a uno de los más complicados cruces de géneros que cualquier artista pueda acometer. Lil Nas X mezcla country y hip hop, y no, no lo hace porque haya perdido una apuesta. Realmente es un rapero a quien le gusta el country. Pero Montero Lamar Hill (su nombre real, mucho mejor que su nombre artístico) ha logrado no solo triunfar con una receta tradicionalmente destinada al desastre –o con suerte, al chiste de chiringuito–, sino que además lo ha hecho siendo un gay que trabaja dos de los géneros musicales con más tendencia a la homofobia de la historia de la música.

Lil Nas X no está solo. Pero tampoco es el primero. Lo que él ha conseguido tal vez no se hubiera logrado jamás si, a finales de los noventa, Rob Halford, líder de la banda de heavy metal Judas Priest –otro género tradicionalmente poco amable con la homosexualidad que Lil Nas X debe estar ahora pensando en cómo atacar–, no hubiese declarado en directo en una entrevista en la MTV que era gay. “Fue un accidente. Yo no tenía planeado salir del armario. Solo recuerdo que estaba hablando y, de golpe, por mi boca salió: ‘Como hombre gay que soy…’. Y mira, mejor. Mi vida ha sido más fácil desde aquel momento”, recordaba años después el cantante y dios del metal. Al contrario de lo que muchos podían presagiar en aquel momento, la cantidad de fans de Judas Priest que dimitieron como tales fue mínima. A veces, parece que se acepta cierta homofobia por inercia, no por convencimiento. Esto no justifica nada, pero explica mucho.

En 2002, cinco años después de la accidental confesión de Halford, irrumpieron en la escena un grupo de rapemos gais neoyorquinos liderados por un tal Caushun. Intentaron abrirse un hueco celebrando su condición sexual. 15 años antes, el manager con tendencias poco respetables Russell Simmons vio potencial en venderle al mundo tres rapemos blancos llamados Beastie Boys. Estaba convencido –con razón– de que, si había chavales paliduchos de éxito en el genero, este podría hacerse global. Vio en Caushun la misma jugada, pero desde la orientación sexual. Además, era el tipo que peinaba a su esposa. “Caushun va a inaugurar una discusión sobre el tema, que es uno de los últimos prejuicios que aún prevalecen en la escena. Los homosexuales tiene mucha influencia en la trastienda del hip hop, ya es hora de que tengan voz”, declaraba entonces a The New York Times Ivan Matias, uno de los tipos a cargo de la carrera del rapero. La apuesta salió regular. Ese mismo año, Madonna, Britney Spears y Christina Aguilera se besaban en la boca durante su actuación en los premios VMA de la MTV. Meses después, una periodista la preguntaba a la rapera Missy Elliott si se hubiese unido. “No, no, no… El hip hop nunca hará eso. Ni en un millón de años”, respondió.

Una década más tarde, el mundo de la música sufrió uno de los mayores cambios de paradigma que jamás ha vivido. De golpe, la sexualidad dejó de tratarse menos como un deseo primario y más como una condición primordial. Los artistas estaban más interesados en contarnos por qué se acostaban con hombres, o mujeres, o ambos, que en decirnos qué nos iban a hacer si nos pillaban en una habitación oscura. Aprovechando esta tendencia, que introdujo en el discurso desde las teorías queer hasta el concepto de pansexualidad, surgió una nueva oleada de artistas hip hop y urbanos que confesaban sin pudor adherirse sexualmente a los conceptos más libres y flexibles. Janelle Monäe, las raperas Angel Haze o Azealia Banks, Mykki Blanco –gran promesa del rap durante unos seis meses–, la hiphopera lesbiana Brooke Candy, o Frank Ocean, la voz de una generación. “Frank es el icono de la revolución, pero esta revolución necesita cierto tiempo de recalentamiento. Y no sabemos lo que eso va a llevar. Solo sé que estamos acostumbrados ya a ver a hombres blancos homosexuales triunfar. Espero que pronto veamos a hombres negros homosexuales lograr lo mismo”, declaraba a Los Angeles Times Iman Jordan, compositor y cantante de r’n’b anteriormente conocido como Mateo. El santo del que cogió el nombre es el patrón de los loteros. Así, lo siguiente no le sorprenderá…

Entonces, cuando todo parecía estar alineado para la normalización definitiva, sucedió lo que sucede casi siempre: todo quedó en la moda transitiva. “Ahora parece que es molón ser gay, todos lo fingen”, proclamaba Roxxan, MC lesbiana de Birmingham. Era el momento en que Rihanna confesó haber besado a una chica. Y Katy Perry hasta hizo una canción. Incluso durante unos meses Nicki Minaj anunció que era bisexual. Qué radical todo. Rita Ora proclamaba a los cuatro vientos su amor por Cara Delevinge. Roxxan, con razón, no se fiaba de todo esto: “Me parece que es una estrategia para ampliar la base de fans. Luego, cuando ya lo han logrado, se les pasa el rollo gay. Y mira, no puedes dejar de ser gay cuando tienes éxito”.

“Lo que yo hago es explorar mi sexualidad de una forma muy natural, que tiene que ver tanto con mi condición de homosexual como con el hecho de ser hombre. Lo hago desde una perspectiva masculina, que es muy distinta a la femenina. Mi personalidad se ha moldeado del mismo modo que lo hicieron Nas o Wu Tang Clan”. Así explicaba su idiosincrasia a The Guardian Mykki Blanco en 2013. Y así es un poco como los fenómenos no heteronormativos del hip hop actual han construido su narrativa. Algo, pues, quedó de aquel año de la revolución que no fue. Lil Nas X ha reinventado la estética de cowboy desde un punto de vista que tiene que ver más con una versión alegre de Brokeback Mountain que con una con carromatos de Priscilla, reina del desierto. Lo mismo Tyler The Creator, rapero recién salido del armario y antes conocido por su exabruptos homófobos cuando compartía colectivo hip hop con Frank Ocean (Odd Future) y que ahora ha construido un personaje: Igor, homosexual, teatral, dislocado, pero que más que a nadie le debe su existencia a David Byrne. Incluso Kevin Abstract, uno de los líderes de Brockhampton, especie de boy band del rap con un enorme éxito en EE UU, lanzó el año pasado un interesantísimo disco en solitario de hip hop confesional desde lo homosexual. Todo parece estar, por fin, en su sitio, que es cualquier sitio en el que le apetezca estar. Al menos, hasta que escuchas una entrevista con Lil Nas X en la BBC y este devuelve todo esto a la casilla de salida: “Creo que estoy abriendo puertas a mucha gente. Especialmente en la comunidad del hip hop, donde no está aceptado ser gay”.