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Hokusai y la ola gigante

Los museos han cerrado sus puertas, pero la contemplación del arte sigue abierta. Cada día, recordamos la historia de una obra que visitamos a distancia. Hoy: 'La gran ola de Kanagawa'

'La gran ola de Kanagawa' (1830-31) de Hokusai.
'La gran ola de Kanagawa' (1830-31) de Hokusai.

Mary Cassatt fue artista de museo, donde observó entusiasmada a Velázquez, Correggio, Ingres y Rubens. Pero estas referencias palidecieron cuando la pintora norteamericana entró en la gran exposición de artes gráficas japonesas de la Escuela de Bellas Artes de París, que deslumbró a la capital francesa entre abril y mayo de 1890. En la muestra se exhibían más de setecientos grabados ukiyo-e (estampas costumbristas de finales del siglo XVIII y principios del XIX) y cuatrocientos libros ilustrados. Había ejemplos de Utamaro y de Hokusai. Tras la visita de la exposición escribe emocionada a la también pintora impresionista Berthe Morisot: “En serio, no debes faltar. Cualquiera que haya visto los grabados a color no podrá considerar que haya soñado jamás con algo más hermoso. Yo sueño con ellos, y no pienso en nada más que en crear grabados en cobre. Henry Fantin-Latour, que estaba allí el primer día que yo fui, estaba en éxtasis […]. Debes ver a los japoneses: ven tan pronto como te sea posible”. El impacto empujó a experimentar a Cassatt –que la visitó varias veces– con  nuevas técnicas, colores y composiciones de estilo japonés.

Monet reconoció que los artistas japoneses ayudaron a los impresionistas a liberar al blanco y al negro “de las tinieblas del claroscuro”. Recogieron la nitidez de aquellos colores exóticos, pero no terminaron de asumir el espíritu de la naturaleza al que atendían los artistas orientales. De todos ellos, el gran paisajista fue Katsushika Hokusai, con sus 36 vistas del Monte Fuji y la simplicidad con la que trabajaba. Apenas tres colores (azul, marrón y verde) y una expresión máxima. El contraste de estas xilografías contrastaban con los grandes óleos europeos. La gran ola de Kanagawa, la escena con mayor fuerza dramática de todas las reunidas en la colección, y que tanto determinó los cambios lumínicos de Cassatt, está incluida en esa sobre el Monte Fuji. El artista japonés abrió la estampa a una experiencia mística y recogió el espíritu divino de la naturaleza, para difundirlo de manera popular gracias a la reproducción múltiple del grabado y su bajo precio, durante el período Edo (1603-1868). Las llamadas ukiyo-e hanga, o “imágenes del mundo flotante”, fueron un arte reservado a consumidores privilegiados.

Cuando el aislamiento propio del periodo Edo cedió lugar al aperturismo del periodo Meiji, en 1868, la estampa japonesa inundó el mercado del arte europeo. Lo que más llenó a la historia del arte occidental de la manera de Hokusai fue el vacío. El artista construía los acontecimientos de la escena a partir del blanco y de la ausencia de explicaciones. Cuanto menos, más: es el valor de lo insípido lo más sabroso del arte japonés. Y el camino que silencia y bloquea lo innecesario.

 

Visita virtual: La gran ola de Kanagawa (1830-31), de Hokusai –con copias conservadas en distintas colecciones, como el Metropolitan Museum (Nueva York), el British Museum (Londres), la Biblioteca Nacional de Francia (París) o el Museo Hokusai (Tokio)–, en Google Arts and Culture.