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DIOSES Y MONSTRUOS COLUMNA i

Algo le pasa a los Oscar

Gracias a un cambio en la Academia, Bong Joon-ho ha conseguido lo que lamentablemente no lograron Hitchcock, Welles, Lang, Renoir, Hawks

Los cineastas Truffaut y Hitchcock, en una entrevista en Los Ángeles en 1962.
Los cineastas Truffaut y Hitchcock, en una entrevista en Los Ángeles en 1962.

Por primera vez en multitud de años no vi la ceremonia de los Oscar y tampoco me enteré de la identidad de los bienaventurados hasta varios días después. Ninguna añoranza por mi parte. Durante mucho tiempo los veía acompañado de amigos, en noches desaforadamente etílicas y en las que podía ocurrir cualquier cosa en la cercanía del amanecer, cuando entregaban los premios gordos. Y ocurría algo curioso, en mi caso vergonzante. Mis colegas se dedicaban al periodismo deportivo. O sea, al fútbol. Se suponía que el especialista en cine era yo. Y hacíamos siempre una porra. Jugosa, creo recordar. No la gané nunca. Aún peor, creo que no acerté jamás ni un solo premio. Hay que ser zoquete. Sin embargo, algunos de los futboleros habían estudiado seriamente a lo largo del año el cálculo de posibilidades. Aquellas gozosas reuniones conseguían que se esfumara el tedio que suele acompañar a la suprema fiesta del cine. En los últimos años me la trago en soledad, dando frecuentes cabezadas. Ya no hay presentadores, algo que suponía un aliciente cuando ejercía esa función alguien tan divertido como Billy Cristal. También me apuntaría a cualquier gala que estuviera conducida por ese señor tan insolente como ácido llamado Ricky Gervais.

Y me entero posteriormente este año de que la tarta completa se la ha llevado el director coreano Bong Joon-ho. ¿Un milagro? No. Al parecer, los miembros de la Academia han crecido espectacularmente, la media de edad ha descendido bastante, hay gente de múltiples nacionalidades. Y han decidido que la única reina de la fiesta, la más bella e inteligente, la que reúne todos los dones y atributos es la película coreana Parásitos. Y vale, está muy bien, es imprevisible y original, mezcla con soltura e inteligencia varios géneros, funcionan la mordacidad y el sarcasmo. Pero no me parece la bomba, no formaría parte de esa filmoteca que, con permiso de Cabrera Infante, es mi Arcadia todas las noches. Y me parece una injusticia y un disparate que la acumulación de galardones que ha conseguido Parásitos implique que hayan sido despreciadas dos películas tan poderosas y memorables como El irlandés y 1917.

Y bendito sea el director coreano. Ha conseguido lo que lamentablemente no lograron el año anterior dos directores excepcionales como el polaco Pawel Pawlikowski y el mexicano Alfonso Cuarón con dos obras maestras tituladas Cold War y Roma. Ambas habitan en mi filmoteca y no se agotan en cada nueva visión. Ya volveré a ver Parásitos cuando aparezca en las plataformas digitales, pero no tengo excesiva prisa. Y hago memoria de unos cuantos creadores (sé que el término puede resultar enfático, pero resulta que se dedicaban a crear) que nunca recibieron el Oscar por su dirección. Le ocurrió a dos de los narradores visuales más fascinantes que ha dado la historia del cine, gente cuyas cámaras hablaban con un lenguaje superdotado, capaces de describir las sensaciones y emociones más fuertes. O sea, Alfred Hitchcock y Orson Welles. Tampoco el Oscar al mejor director le fue concedido a Fritz Lang, a Jean Renoir, a Howard Hawks, a Roberto Rossellini, a Charles Chaplin, a Stanley Kubrick, a Luis García Berlanga, a Luis Buñuel, a Akira Kurosawa, a Sidney Lumet. Qué paradoja. Lo cual es una vergüenza para el Oscar. El arte de esta gente tampoco necesitaba reconocimientos académicos, pero si existen los premios lo racional y lo evidente es que se los hubieran concedido.