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El gran danés y la escritora

La narradora de Sigrid Nunez en su novela ‘El amigo’ ajusta cuentas con su vocación literaria mientras supera un duelo junto al perro del fallecido

Sigrid Nunez ultima 'El amigo' en 2016 en su residencia de verano en Saltonstall Art Colony (Ithaca).  
Sigrid Nunez ultima 'El amigo' en 2016 en su residencia de verano en Saltonstall Art Colony (Ithaca).  

A menudo, tan a menudo que parece algo sin lo que la historia no podría avanzar, en los cuentos de Joy Williams aparece un perro. En realidad, lo que aparece es un personaje que busca, desesperadamente, entregarse a un perro. Es, siempre, un personaje desarraigado, que atraviesa un momento complicado, o que lo ha atravesado siempre, y que ve al perro como una especie de huida, un anclaje en ese mundo doloroso y en perpetuo movimiento suyo. Se diría que los personajes de Williams, más que esperar recibir la clase de amor incondicional y devoción que puede llegar a profesarte el animal, desean, necesitan, entregarse a su cuidado para volver a sentir que existen. Y, en cierto sentido, aunque un sentido en principio pasivo agresivo, eso es lo que le ocurre a la narradora de la novela que ha colocado a la veterana Sigrid Nunez por primera vez bajo los focos —le ha valido el National Book Award—, 23 años y ocho libros después de que todo empezara.

Nunez, como Edna O’Brien, ha considerado siempre la escritura una especie de sacerdocio. Se entregó a ella en cuanto tuvo uso de razón y, se diría, se ha mantenido ajena a todo aquello que podía distraerla de tal fin —el de construir una carrera de la que sentirse orgullosa, el de simplemente vivir en otra parte, una que no fuese ­real, o lo fuese de una manera que ella pudiese controlar— hasta la fecha. No se ha casado, no ha tenido hijos, ni siquiera ha tenido un empleo de verdad, como cuenta ella misma en los cientos de entrevistas que concedió después de que El amigo se convirtiese, tras recibir tan preciado galardón, en una especie extraña de best seller. Extraña, sí, porque el libro es, a su manera, una diatriba contra la escritura y los escritores, una reflexión, desde dentro, de lo que escribir les hace a los que escriben (y no es nada bueno). “Si leer aumenta realmente la empatía”, escribe, “parece que la escritura la disminuye un poco”.

A partir de la muerte de su mejor amigo, un escritor mujeriego al que sus tres esposas —llamadas simplemente Esposa Uno, Dos y Tres— odian, cada una a su manera, la narradora, alter ego de la propia Nunez, a quien, como a la protagonista, se le suicidó un amigo escritor mientras andaba escribiendo esta novela, avanza en un día a día descorazonadoramente vacío, interrumpido por reflexiones sobre lo “monstruoso” del hecho literario, y también, lo desagradecido de este —y aquí es la propia Nunez rindiendo cuentas con una vocación que, a todas luces, hasta el momento, no le había devuelto nada—, y el cuidado del gran danés de su amigo muerto. En un primer momento, Apollo, el perro, la ignora, incluso le gruñe, se muestra territorial, no quiere saber nada de ella. A regañadientes, pues ella siempre se muestra esquiva —lo suyo, insiste, siempre han sido los gatos, animales que no dependan de ti—, la narradora acepta la convivencia no como una especie de penitencia.

El gran danés y la escritora

Arriesgándose a perder su apartamento de renta antigua en Manhattan, un minúsculo espacio de 45 metros en los que el enorme perro apenas puede moverse, porque tener animales está totalmente prohibido, la escritora empieza, tímidamente, a ilusionarse con la idea de poder llamar a Apollo su perro, a la vez que elabora, por un lado, un histórico de las relaciones entre perros y seres humanos —retrotrayéndose a la antigua Roma, y deteniéndose especialmente en el clásico de J. R. Ackerley Mi perra Tulip, en el que el escritor confiesa incluso sus tendencias sexuales para con la perra en cuestión— y una disección del oficio de escribir y del oficio de enseñar a escribir. Su amigo muerto era profesor y ella también lo es, y también lo son otros novelistas, a los que la fama o la ausencia de ella, ha destruido, como la curiosa P. D., una one hit wonder de lo literario que ahora pasa sus días con ataques de ansiedad antes de cada clase.

Aunque difícil, puesto que la narradora se muestra en todo momento arisca, prácticamente intratable, rehúye la empatía del lector —sobre todo, del lector escritor—, y quizá precisamente por eso, porque no busca el consuelo sino solo atravesar el momento, compartir el duelo con alguien que no conoce —el lector, pero también, el perro—, la novela, en realidad el híbrido de relato, colección de curiosidades de escritores —de las cartas que Flannery O’Connor le envió, durante nueve años, a la escritora fracasada a la que hizo de mentora al revólver con el que la hija de Simenon se quitó la vida— y pensamiento —sobre los afectos y desafectos de la vida contemporánea—, funciona como esquivo reflejo de la reconstrucción del yo, cualquier yo, después de una muerte cercana. La narradora, como el can, no son los mismos sin su amigo muerto, y están aprendiendo, juntos, y con cierta misantropía —odiamos lo que no comprendemos, y la narradora no puede comprender al ser humano: su amigo se ha suicidado—, a ser otros. Son, la escritora y el perro, dos soledades que se protegen, se tocan, se necesitan, a la manera en que los personajes de Joy Williams, cachorros y, casi siempre, mujeres desesperadas, lo hacen. Como el anclaje que les permitirá existir otra vez, de otra manera.

El amigo. Sigrid Nunez. Traducción de Mercedes Cebrián. Anagrama, 2019. 208 páginas. 16,90 euros.