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CRÓNICA

Verdi a la parrilla

Maurizio Benini y los cantantes salvan del infierno un fallido "Trovatore" de Francisco Negrín

El público se reúne en la Plaza de Oriente para asistir a la versión de Ampliar foto
El público se reúne en la Plaza de Oriente para asistir a la versión de EFE

Il trovatore es una experiencia contraindicada para los aficionados a los hermanos Marx. Sobre todo porque la trama de Una noche en la ópera consiste en un sabotaje a la obra de Verdi. Se ocupan de malograrla Groucho, Chico y Harpo con toda suerte de profanaciones. La breve obertura degenera en un pasaje de teatro de variedades -Take me out to the ball game- y el aria dolorosa de la gitana se resiente de una escenografía cambiante en la que llegan a aparecer los cañones de un buque de guerra.

Es difícil concentrarse, por tanto, en una lectura seria de Il trovatore, abstraerse de los préstamos marxistas. Conviene aclararlo porque he visto muchas veces Una noche en la ópera. Y porque no consigo sustraerme a las evocaciones tragicómicas, ni siquiera cuando el planteamiento escénico de Francisco Negrín en el Teatro Real resultaba tan drástico y oscuro. Una dramaturgia de ultratumba y akelarre cuya eficacia supereficial no prospera del sensacionalismo o del tremendismo.

Es un Trovatore de muertos vivientes y de vivientes muertos que abusa de la literalidad y que redunda en la trama con un desproporcionado énfasis divulgativo. Negrín insiste en contarnos lo que ya nos trasladan los personajes. Y compone una pintura negra de premoniciones, brujas y niños muertos que lejos de sobrecoger provoca situaciones de embarazo.

La mención del infierno, por ejemplo, precipita unas llamaradas de fuego. Y predisponen la sensación de un Verdi cocinado a la parrilla. Carne cruda. Trazo grueso, subtramas supérfluas que distancian al espectador de la música y que exageran la ya desmesurada truculencia del libreto.

Casi prefiere uno la derivada cómica de los hermanos Marx, aunque semejante exageración cuestionaría los enormes méritos musicales de la lectura de Maurizio Benini. Unas veces parece un gondolero meciendo la música de Verdi. Otras emula a un jinete al galope. Y siempre proporciona intensidad y escrúpulo cromático al acontecimiento.

La orquesta suena rica en sus matices y en sus dinámicas. Y los cantantes deben sentirse privilegiados con la manera en que Benini acompaña y empasta las arias. Una excelencia sonora que tanto implica a los profesores de la orquesta -suena imponente, dúctil, exquisita- como a los miembros del coro en una interpretación asombrosa.

El Trovatore de Negrín es fallido en su feísmo, en su insistencia argumental y en sus expresiones kitsch, pero la ópera sobrevive gracias a la concepción musical de Benini y a la contribución de las estrellas del reparto. Francesco Meli canta con valentía y esmero, incluso Maria Agresta se transforma como una artista superba en el último acto, aunque las grandes emociones sobrevinieron con la gitana de Semenchuck -matices, hondura, carácter- y con la afinidad verdiana de Ludovic Tézier.

Tanto impresionaba la carnosidad de su voz como la opulencia del sonido y su propio carisma escénico. Parecía un barítono de otras épocas. Una línea de canto hermosa con unos medios vocales de excepción. A Tézier no lo lo hubieran abatido los hermanos Marx ni hubieran conseguido sabotearlo, aunque la experiencia de este sábado en el Real evocaba más La rosa púrpura de El Cairo que Una noche en la ópera.

Según salíamos del teatro los espectadores, nos encontrábamos que la ópera se estaba representando en la Plaza de Oriente por pantalla gigante a miles de personas. Y rompíamos la cuarta pared en la promiscuidad de una gran noche verdiana.

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