JUEGO DE TRONOS
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Normal que la Khaleesi necesite un ‘latte’

Después de luchar toda la serie por el trono de hierro, la Madre de Dragones, acaba tronada. El personaje no merece ser descartado con un “ay, se puso histérica, qué pesada"

Daenerys, enfurecida, en el cuarto capítulo de la octava temporada de 'Juego de tronos'. En vídeo, tráiler del cuarto episodio de la octava temporada.

La escena se ha hecho famosa porque se coló en un plano un vaso de Starbucks. Ocurrió en el capítulo 4 de la octava temporada, el último emitido, vamos: los humanos están celebrando la victoria sobre los Caminantes Blancos, el fin de la gran noche. Los señores, palmadotas en la espalda, tragos que se derraman por las comisuras, rugen: “¡Qué grande Jon, que no!, se subió a un puto [sic] dragón y luchó, merece ser Rey, ¡qué huevos! [no sic]”. Efectivamente, Jon se había subido a un dragón, un rato, antes de caer y ser salvado primero por su novia y luego por su hermana. Desde la distancia, la novia, Daenerys, mira a los barbudos con infinita tristeza. ¿En serio? Ella lleva luchando a lomos del **** dragón seis temporadas. Jon le sonríe en plan “ya sabes, boys will be boys, cari, para qué voy a decir algo y quitarles la ilusión”. Normal que Daenerys necesite un latte con doble nata y bien de azúcar para devolverle la sonrisa más amarga.

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Antes del café, Daenerys vio pertinente brindar por Arya, la niña que solucionó el apocalipsis matando al rey zombi con su espadita pim pam, porque sí es importante decir ciertas cosas en alto para que se oigan entre tanta palmadota. Arya además de salvar el mundo, salvó a Jon, al que esa misma noche ya había salvado Daenerys cuando este se plantó ante el Rey de la Noche con su espadón con cara de “mira que voy” y el zombi vino a responderle, “¿que vas a dónde, chaval?”. A Jon siempre le han salvado mujeres, Danaerys, Arya, Sansa, Melissandre facilitadoras de la supervivencia y la fortaleza del héroe. Así que sí, en vez de tanta palmadota, un aplauso para la niña aplicada que lleva media vida opositando para heroína. Si le hubiesen prestado más atención, igual podrían haber evitado una montaña de muertos. Pero solo estaba prestándole atención Gendry, aunque tampoco mucha, ya que acto seguido ve normal pedirle matrimonio, claro chico, justo lo que necesita Arya es un marido, la tienes calada.

Después del café, Daenerys le ruega a Jon que no cuente que él también resulta ser heredero al trono que ella considera suyo, que para eso se lo ha trabajado. Pero, ups, Jon tarda nada en largárselo a sus hermanas. Las arpías serán ellas recontándolo, porque él no, el bueno de Jon, cómo va a ser un traidor, si él no quiere reinar, ya lo explican los listos Tyrion y Varys, por si no lo has entendido. Él es todo amor y honradez, todo renuncia, salvo en lo de renunciar a contar el secreto que acabará con la gran alianza.

Descubierto el pastel, metida la pata, lo más sensato parece, como apunta Tyrion, que Jon y Daenerys se casen, engendren un hijo-pacto y Jon ejerza de consorte, que es lo que siempre ha sido, un calzonazos. Pero por razones un poco vagas, que suenan a deus exmachina, los guionistas descartan (¿o postergan?, ojalá) esa posibilidad donde ganarían “todes”.

En vez de eso, en la última escena, tenemos a Daenerys La loca, un recurso para que Jon parezca mejor. Perdona, la Khaleesi ha cabalgado dragones, liberado pueblos, roto cadenas, pensado estrategias, escuchado opiniones de sus enemigos naturales, subvertido normas. Se ha currado la revolución sin despeinarse la trenza. Por currículo no será, sin embargo es esa última escena, su cara desencajada por la ira la reduce a un estereotipo. “Se le ha ido”, comentan. “No gestiona la ambición”. “La chica no está preparada”, giro inesperado, “mejor quitarla de en medio”. Pero mira, un día malo lo tiene cualquiera, y ella se ha quedado huérfana de otro hijo dragón, de su pagafantas de Jorah, acaban de decapitar a su mejor amiga, está rodeada de traidores… Se ve sola y furiosa, lógico. Solo le falta que venga un señor a decirle: “tranquila, mujer”.

El personaje no se merece un final así, víctima de sí misma, descartada con un “ay, se puso histérica, qué pesada”. Su incendio interior es lo mejor, lo más verdadero, del peor capítulo de la octava temporada de Juego de Tronos. Un episodio de transición que nos ha dejado con una Khaleesi tronada. Huele a que su ira servirá de excusa para que, ups, el mamerto la destrone. Qué ganas de que Cersei acabe con todos, de verdad.

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Sobre la firma

Patricia Gosálvez

Escribe en EL PAÍS desde 2003, donde también ha ejercido como subjefa del Lab de nuevas narrativas y la sección de Sociedad. Actualmente forma parte del equipo de Fin de semana. Es máster de EL PAÍS, estudió Periodismo en la Complutense y cine en la universidad de Glasgow. Ha pasado por medios como Efe o la Cadena Ser.

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