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SILLÓN DE OREJAS
Tribuna
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No pinta nada bien

Entre el tufo fascistoide de unos y el temor al eterno retorno de lo mismo, confieso que me siento mayor para ir a votar otra vez más con una pinza en la nariz

Manuel Rodríguez Rivero
Fragmento de 'Duelo a garrotazos', de Goya.
Fragmento de 'Duelo a garrotazos', de Goya.

1. Listas

En los primeros puestos de las listas, generales (pos)franquistas y toreros (aquí suena el pasodoble España cañí, del maestro Marquina Navarro) que presienten que lo suyo se acaba; el gurú Steve Bannon —el Grigori Zinóviev de la inédita Internacional de la extrema derecha— animando el cotarro y constatando que la victoria de Vox es que ya “ha trasladado su conversación al resto de la derecha”; por doquier, discursos apocalípticos sobre la enésima “pérdida de España” a cargo del nuevo conde don Julián Sánchez, que ha abierto las instituciones y el solar patrio a quienes quieren destruirlos… En fin: no me extrañaría que en las filas de la diestra cada vez más radicalizada y “sin complejos” se estuviera produciendo un proceso de “exclusión competitiva” semejante al que desbancó a los neandertales en favor de los sapiens (cfr. Los fósiles de nuestra evolución, de Antonio Rosas; Ariel).

Esto se parece cada vez más a algo déjà vu suficientemente documentado en los libros de historia. Y el espejo de lo que ocurre en Europa y América no son solo los años treinta —cuando al menos la izquierda se preparaba, mal que bien y dividida, para contenerla— sino, entre nosotros, los años veinte, cuando los jóvenes mauristas saludaban desde La Acción, el periódico del protofascista Delgado Barreto, la marcha sobre Roma de Mussolini y sus camicie nere. Hoy han cambiado las formas, sin embargo, de ahí que algunos analistas exploren las posibles derivas posfascistas de los actuales populismos (Del fascismo al populismo en la historia, de Federico Finchelstein; Taurus). Pero el vino viejo llega en odres nuevos, o quizás al revés: dense una vuelta por ciertos diarios digitales o amarillos sin lazo, escuchen las emisoras y las tertulias tonitruantes, atiendan los discursos mitineros de los líderes de los partidos de la derecha, hoy inestablemente democrática, a los que Vox hace la cama electoral, ajenos a la tóxica masculinidad impostada de su líder (el perfil joseantoniano del jinete en plano contrapicado).

Esto no pinta bien. Y lo digo porque en la izquierda —que todavía no se ha curado de su original ofuscación y mala conciencia histórica ante los nacionalismos— tampoco andan bien las cosas, con tutti quanti hundidos en la arena y dándose de goyescos garrotazos (para una interpretación del demoledor cuadro, léase lo que dice Yves Bonnefoy en su estudio Las pinturas negras; Cátedra). Sería muy bueno, ahora que a todo el mundo le ha dado por pedir perdón, que se reconsideraran las graves responsabilidades y oportunismos de la izquierda en el tratamiento de las contradicciones entre el Estado y los recalcitrantes y marrulleros aspirantes catalanes a saltarse la ley y cortar amarras a expensas de la mitad de sus compatriotas y del resto de la (todavía) nación de naciones. Así que yo, la verdad, entre el tufo fascistoide de unos y el temor al eterno retorno de lo mismo (que propicia oblicuamente la reproducción de lo primero), confieso que, al menos por ahora, me siento mayor para ir a votar otra vez más con una pinza en la nariz. Disculpen la contradicción y el desánimo.

2. Referencia

Internet y Wikipedia han acabado casi totalmente con los libros de referencia. El otro día, un librero de viejo le ofreció a mi cuñado 20 euros por el Larousse de 10 tomos, así están las cosas. Bajo la rúbrica “Enciclopedias y obras de consulta” de la clasificación del ISBN solo figuran 19 títulos, y uno de ellos es El libro rojo del bombero, así que háganse una idea de la catástrofe. Yo adoro los libros de referencia que, a diferencia de Wikipedia, admiten una lectura más o menos continua. Hay dos, bastante especializados, que utilizo en mi fondo de biblioteca y que pensaba recomendarles hace tiempo, pero la avalancha de novedades, con su acuciante demanda, lo ha impedido.

El primero es la reciente actualización del Diccionario de islam e islamismo (Trotta), de la profesora (y colaboradora de este periódico) Luz Gómez, una estupenda herramienta en la que consultar todas las variedades y aspectos de la segunda religión abrahámica más practicada. El otro es el entretenido Diccionario amoroso del psiconálisis (Debate), de Élisabeth Roudinesco, un recorrido personal y sugerente por la teoría, la clínica y práctica cultural de la llamada “cura por la palabra”. Por lo demás, y en contraste con el caos de estadísticas diferentes acerca de la producción editorial y los hábitos de lectura, me apunto un dato nuevo y significativo: Ikea, el mueblista más utilizado, ha dado a conocer los datos de un estudio basado en sus ventas de bibliotecas caseras, según el cual ha aumentado (desde un 4,1% en 2010 al 9,5% en 2018) el número de casas españolas sin libros. Tomen nota.

3. Crítica

Desde su consolidación como género, allá por el siglo XVIII, la crítica literaria (y por extensión, las de todas las artes) está en entredicho. Hoy, cuando todo el mundo se cree con derecho a ejercer de crítico a través de ese poco fiable nivelador que son las redes sociales, su papel y sus poderes suasorios o disuasorios parecerían más en solfa que nunca. Y sin embargo aún cuenta la opinión de los buenos críticos. Lean, si lo dudan, el cartel que, bajo el título “Las críticas expuestas son para el disfrute general del público”, exhibe el tablón del cine Verdi de Madrid, donde acudí a ver el último Almodóvar: “Rogamos que el interesado/a, especialmente en las críticas de C. Boyero, se abstenga de continuar sistemáticamente llevándoselas cada semana para su colección y provecho privado. Se lo agradeceríamos todos” (cursivas y sintaxis, de sus autores). A mí, siempre temeroso de que no haya nadie al otro lado, solo me queda felicitar al crítico que lo ha conseguido: te envidio y te quiero, Boyero (aunque parezca una rima de Blas de Otero).

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