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COLUMNA i

‘Juego de tronos’ no es el fenómeno que es por casualidad

La serie, que se despedirá en abril de 2019 sin contar con George R. R. Martin, da al espectador aquello que necesita ahora: escapismo y sensación de justicia

La vida era más sencilla para George R. R. Martin, el creador de Juego de Tronos, cuando escribía libros sobre mercaderes del espacio vegetarianos que amaban los gatos. Ahora es de lo más complicada. Ha creado un monstruo que, televisivamente hablando, le ha devorado. La semana pasada HBO anunció que la octava y última temporada de Juego de Tronos se estrenará en abril, ofreciendo un final a la creación de Martin que nada (seguramente) tendrá que ver con el que él tenía pensado.

Y es que el ritmo de la televisión no es el ritmo de la literatura, y mucho menos cuando se trata de una cima tan alta como Juego de Tronos, una de las series más vistas de todos los tiempos, tan consciente de ser un fenómeno global – se ve en hasta 170 países – que tendrá incluso su propio parque temático: los escenarios de Irlanda del Norte donde se ha rodado se convertirán en lugar de peregrinación para sus seguidores el año próximo.

Aún no se sabe si Game of Thrones Legacy – así se llamará el sitio en cuestión, una suerte de mini-Hollywood en versión Poniente con, esperemos, carácter permanente – abrirá sus puertas antes o después del estreno de la última temporada, pero el caso es que lo hará. ¿Y acaso podía llegar a sospechar Martin, hasta el estreno de la serie un mero fan de Tolkien convertido en escritor de culto, que la cosa iba a llegar tan lejos? A buen seguro, no. ¿Y cómo ha podido hacerlo?

Hay quien asegura que el descomunal éxito de la serie no sólo tiene que ver con su calidad sino con el hecho de que llegó en el momento oportuno: uno en el que, por culpa de la crisis, necesitábamos escapismo y cierta sensación de justicia. Sea cual sea el caso, a partir del próximo abril los fans de la saga quedarán para siempre divididos en dos, y sólo unos esperarán el final real de su autor.

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