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Póngalo usted por escrito

Ramón González, testigo del atentado en la sala Bataclan de París en 2015, narra sin exageraciones ni sentimentalismos su experiencia en el acto terrorista y en los meses siguientes

Portada del libro de Ramón González.
Portada del libro de Ramón González.

El viernes 13 de noviembre de 2015, cuando quedaban 10 minutos para las diez de la noche, la sala Bataclan, en París, sufrió un atentado terrorista de corte yihadista. Durante la actuación de la banda Eagles of Death Metal, tres asesinos irrumpieron disparando a diestro y siniestro sobre las 1.500 personas que se hallaban allí, muriendo 90 de ellas. Ramón González, un español afincado en la capital francesa desde 2011, estuvo en Bataclan. Con él estaba Paola, su novia, y un par de amigos también españoles.

Esta novela, la primera de su autor, trata de narrar no solo esa experiencia, sino también las consecuencias personales inmediatas —psicológicas, laborables, emocionales— que les afectaron en días y meses posteriores. La narración, al ser secuenciada temporalmente de modo consecutivo tal y como sucedió, es percibida por el lector en dos partes. Por un lado, lo ocurrido en el atentado, y por otro, todo lo que ello condicionó de la vida del protagonista y su entorno más próximo. Con respecto a la primera parte, la narración funciona en base a una eficiencia terapéutica de poner por escrito lo vivido. Su autor transmite la tensión sufrida, los pormenores, la concatenación de acciones, así como la situación de terror renunciando a cualquier épica tramposa. Resulta obvia la pretensión de su autor de no literaturizar sino redactar hechos, sus pensamientos ante esos hechos y las acciones derivadas de estos. Pero como lo que nos entrega el autor no es —ni quiere ser— autoficción o periodismo en el frente, sino una novela basada en hechos reales, la leemos como tal y es lo sincero del testimonio la única apuesta del libro. De ahí que la pobreza en ocasiones en el lenguaje y casi ningún juego estilístico o literario nos lleven a una lectura casi de un acta presencial del autor.

La segunda parte, el día a día de los supervivientes, podría haber enjuagado parte de esa sensación si hubiera excavado en el trauma o en el estado forzosamente excepcional de él como víctima. Pero seguimos leyendo una especie de libro de contabilidad de hechos y consecuencias. No encontramos ninguna derivada, ninguna impugnación al relato factual, ninguna falla en la rabia, la incomprensión, la contextualización o la culpabilización de la víctima. Tampoco —a excepción de alguna conversación con terceros o del narrador con Paola— el tratar de entender por qué esos tipos hicieron lo que hicieron o cómo enfrentarte a poner en tela de juicios tus propias convicciones, creencias, prejuicios, los nuevos y viejos miedos. No es tanto un problema de la frialdad elegida —ese es el toque de la personalidad del autor al escapar del tremendismo o del sentimentalismo, por ejemplo—, sino que, al descontextualizar, da a una masacre la categoría de un mero accidente de tráfico. Si ese es el objetivo, uno echa de menos para hacerlo literario algo de aspereza, inhumanidad, extrañamiento o cualquier otro hallazgo en la excavación dentro del protagonista que nos permita ir más allá de una lectura autobiográfica de un testigo honesto que no quiere ni exagerar ni mentirnos.

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