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arte

Canción a tres voces

Jacobo Castellano recorre el CAAC de Sevilla revisando la memoria de lo vernáculo

'Sin título' (2018), de Jacobo Castellano, realizada expresamente para su exposición en el CAAC.
'Sin título' (2018), de Jacobo Castellano, realizada expresamente para su exposición en el CAAC.

Hay algo en la sintaxis balbuceante, en esa racionalidad aún endeble del lenguaje, a la que se aferra de manera especial Jacobo Castellano (Jaén, 1976). Tiene que ver con la verborrea infantil, esa vaguedad gramática de alguien para el que todo es todavía un juego a salvo del rigor de la razón. De ahí sus títulos pegados a la ristra de ideas. Burlas, juegos y brechas (Centro José Guerrero, 2017); Contenedores, sepulcros y personajes (Galería Rafael Ortiz, 2016); Vértigos, equilibrios y desquicios (Fundación RAC, 2015)… También en la magnífica exposición que presenta ahora en el CAAC de Sevilla, comisariada por Javier Hontoria, tira de trío: riflepistolacañon. Se inspira en un dibujo anónimo de un niño que nombra con precisión una suerte de armas para el juego de guerra y, al presentarlo en pelotón, sin comas ni acentos, inventa un nuevo registro lingüístico para adentrarse en el lugar que mejor conoce la obra de este artista: la memoria de esos enseres que nos acompañan en nuestro devenir vital, capaces de disparar diferentes capas de afecto.

Esa curiosidad por explorar los objetos que nos rodean, entrar en ellos y entender su historia para poder interpretarla ha marcado la obra del artista desde que empezara a exponer a principios de los dos mil. Hoy es una de las figuras más destacadas en la escultura reciente en España, a la que hace justicia esta muestra en su Andalucía natal, coproducida con Artium y pensada como una revisión de 20 años de trabajo. Tiene sentido, ya que sus formas, cercanas también a la instalación y la fotografía, siempre las recolecta de su imaginario vernáculo, de la memoria de la infancia y de lo familiar. En medio de la gran tendencia en las prácticas artísticas contemporáneas de indagar en el ruidoso mundo de lo global, Jacobo Castellano se dirige en silencio a la experiencia de lo vivido, la casa del pueblo, y a ese potencial narrativo de lo que nos es propio. En Villargordo descubrió hace mucho el poder comunicativo del objeto cotidiano, al que viene sometiendo a transformaciones y relecturas, también en sus últimas obras. Un lugar no necesariamente feliz.

En medio de la tendencia contemporánea que indaga en lo global, este artista se dirige a la experiencia de lo vivido

La principal, Sin título (2018), realizada para esta exposición, combina un viejo proyecto cinematográfico que su abuelo guardó celosamente cuando el cine cerró, y un tronco de olivo al que hay adosada una pequeña chuleta sobre la historia de Granada, a la que el artista acude con la misma fascinación con la que su abuelo abría esa ventana al exterior que era aquel cine de verano. Dialoga bien con Casa I (2006), una de las obras con las que se dio a conocer, formada por imágenes de los rincones sin tiempo de ese acervo familiar, del que se aleja sin melancolía. Son, dice, objetos buscados de manera concienzuda, que una vez encontrados el artista abre a lo contingente. Él los va soltando en su estudio y ellos mismos se van asociando.

Si en esas primeras obras la escultura de Jacobo Castellano aunaba fragmento, dispersión y acumulación, con los años su trabajo tiende a la síntesis formal, cada vez más concentrada, como la memoria que se mantiene nítida y para la que no pasa el tiempo. En el recorrido de la exposición, todo resuena, como ese eco a tres voces del título. También la gran instalación que cierra la exposición y que recoge el legado que los colonos jesuitas dejaron en Latino­américa. Una gran estructura acoge elementos colgantes, jarrones cual piñatas, y otros que descansan en el suelo, dialogando lo lúdico y lo violento. El premio a cambio del garrotazo. A las tradiciones y el acervo religioso acude a menudo el artista, como vemos en Paso (2009), que condensa lo popular y lo sacro, la devoción y la superstición que rodea todo aquello que veneramos. El pan de oro, tan propio de la imaginería andaluza, compone sus Constelaciones. Y los dos grandes peleles que ha colgado de la sala central, a medias autorretratos y a medias versión de los famosos personajes de Goya, parecen descendimientos. Una escena del Juicio final. Un escenario donde las obras de suelo realizadas con zapatos, de lo mejor de su producción, también hablan de esa presencia nunca explícita. Ese espacio que cuanto más cerca está, más se aleja. El de las intuiciones y el conocimiento.

'Jacobo Castellano. riflepistolacañon'. CAAC. Sevilla. Hasta el 31 de octubre.