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Sin heroísmo, por favor

La 10ª Bienal de Berlín bucea en el mundo decolonial por el que tanto transita el arte contemporáneo alzando la voz de las minorías

Grada Kilomba y su 'Illusions Vol.II' (2018), en el KW. Ampliar foto
Grada Kilomba y su 'Illusions Vol.II' (2018), en el KW.

Pocas veces la Bienal de Berlín deja indiferente a nadie. Salvo la para muchos mítica Of Mice And Men, de Massimiliano Gioni, Cattelan y Subotnick, en 2006, y What Is Waiting Out There, de Kathrin Rhomberg, en 2010, a esta cita internacional siempre le acompaña cierto aire polémico. En 2012, cuando Artur Zmijewski tensionó la institución hasta el límite con un programa de urgencia activista, se la tachó de ingenua. En 2014, con Juan Gaitán, volvió al orden clásico, excesivo se dijo, con un proyecto que quería subvertir desde el arte el canon de las grandes narrativas coloniales y del imperio, ergo la tradición y el clasicismo. Hace dos años, la cosa dio una vuelta de campana y tiró del pos-Internet y posfuturo. El colectivo DIS dijo adiós a esa bienal sobre la historia que mutaba edición tras edición, para hacer otra arraigada al presente. Paradójico en una ciudad donde no hay una pulgada que no sea historia. Tuvo filias y fobias con lo moderno.

La edición de este año tampoco escapa de la controversia aunque su comisaria, Gabi Ngcobo, dice estar familiarizada con lo adverso. Nacida en Durban, Sudáfrica, tuvo que convencer a sus padres para estudiar Bellas Artes, siendo la primera en su familia en hacerlo. Eso fue en los noventa. Después se mudó a Ciudad del Cabo para trabajar en la National Gallery y la Plataforma de Cabo África, antes de irse a Nueva York para formarse en lo curatorial. Es una de esas artista que trabaja como comisaria, un rol muy en alza en los últimos años, que coincide con la cada vez más elástica idea de lo expositivo. En esa dualidad dice ella ver “una forma de ser desviada”, una idea que ha llevado hasta la base de esta Bienal de Berlín. Gabi Ngcobo lleva tiempo indagando en cómo los diversos legados históricos resuenan dentro del arte contemporáneo, y eso es lo que ha hecho aquí. En un contexto de cambios políticos y nuevas figuras históricas como el actual, y en esta esfera global del arte tan eurocentrista, esta Bienal rechaza la idea de héroe reivindicando el alejamiento de narrativas que contribuyen a crear toxicidad.

La teoría, decía, funciona, pero en cuanto pasamos a la práctica, la cosa patina. Es una Bienal intencionadamente elusiva, más preocupada por plantear preguntas que por proponer respuestas

En términos de discurso, podemos decir que es una Bienal necesaria. Es feminista, con la mayoría de artistas mujeres. Habla de descolonización, tema que ya recorría la última Bienal de São Paulo, también en manos de Ngcobo, y apuesta por fortalecer el discurso de esas historias marginadas del arte, en especial las de África. Para ello, ha formado un equipo curatorial 100% negro, experto en la escena local y en la diáspora africana, entrando en otro de los temas de moda en lo artístico: la negritud. Gabi Ngcobo es de espíritu colaborativo, como dejó patente en su proyecto más exitoso, el Center for Historical Reenactments (CHR), activo entre 2010 y 2014 en Johannesburgo. Fue esencialmente una “institución” que aglutinó una amplia red de pensadores y artistas para analizar las historias particulares, las posibilidades políticas y el poder del arte. Toda su existencia se basó en trabajar con personas de maneras inusuales. Incluso cuando Ngcobo escenificó la muerte del CHR en 2012, se hizo para permitir que el proyecto adoptara formas nuevas e inesperadas, una de las cuales se convirtió en su participación en la 8ª Bienal de Berlín.

La teoría, decía, funciona, pero en cuanto pasamos a la práctica, la cosa patina. Es una Bienal intencionadamente elusiva, más preocupada por plantear preguntas que por proponer respuestas. Y eso, claro, acarrea un dilema. Aparte del lugar común que supone instalarse en la duda, destilar una práctica curatorial compleja e interesada en formas de conocimiento que permitan las contradicciones no es una tarea fácil ni que haga justicia del todo. El título de los programas públicos es revelador: No soy quien piensas que no soy, una doble negación que pretende decir que todo es un poco más complicado de lo que uno piensa. Y eso se filtra en todo. Es cierto que hay un trabajo por presentar otros nombres a los habituales en todas las bienales, y se agradece esa nueva audiencia, aunque también la etiqueta. ¿Tiene eso sentido para un grupo de comisarios que quiere cambiar las etiquetas preescritas y escapar de las expectativas?

Todo lo reunido en la ZK/U - Center for Art and Urbanistics está lleno de cabos sueltos. Cuesta coger el hilo. La exposición funciona mejor en el KW, gracias al trabajo de Okwui Okpokwasili, Sitting On A Man’s Head (2018), una performance colaborativa basada en los cantos protesta de las mujeres nigerianas. De lo mejor de la Bienal. Dineo Seshee Bopape también habla de la victimización del cuerpo de la mujer negra con una instalación que ya pasó por el Palais de Tokyo. La versión de la Bienal en la Akademie der Künste es mucho más formal aunque Óscar Murillo intente trastocarla con su instalación a base de pan duro y una gran cadena simbólica de cuerpos con forma de tracto intestinal. Cuesta digerirlo, como todo lo suyo. Los dibujos de Ana Mendieta suplen lo sublime aquí, así como el trabajo de Johanna Unzueta, Belkis Ayón y Minia Biabiany. Hay enfoques, como el de Zuleikha Chaudhari y Firelei Baez, que se centran concretamente en Berlín y Alemania. Los comisarios han elegido deliberadamente no utilizar palabras como África, poscolonial y diversidad, aunque procesar el legado colonial es un tema importante en Berlín. El Museo Etnológico se ha enfrentado a demandas de devolución de patrimonio africano y el Foro Humboldt también está abordando explícitamente el problema.

Recapitulemos. Berlín, la Bienal, en un momento sociopolítico en Alemania con la llegada de un gran número de refugiados y el surgimiento de partidos políticos de la derecha. En ese clima, los comisarios dicen que “We do not need another hero”, como la canción de 1985 de Tina Turner utilizada en la banda sonora de Mad Max 3: más allá de la cúpula del trueno. Si la película muestra a unos personajes hastiados en un mundo que se pregunta si la civilización es civilizada, la Bienal parece hablar de un espíritu social asediado, caótico y empantanado por una locura frenética que pone en duda lo civilizadas que son nuestras vidas. Tal vez la clave esté en las últimas notas de Tina: ¿Brillará nuestra historia como la vida? ¿Acabará en la oscuridad?

We Don’t Need Another Hero. 10ª Bienal de Berlín. Hasta el 9 de septiembre.