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Recordando con ira

De chica sabía que algunos hombres se iniciaban con la mucama. Todavía hoy Human Rights Watch denuncia agresiones a empleadas domésticas

Harvey Weinstein, en enero de 2017 en Los Ángeles.
Harvey Weinstein, en enero de 2017 en Los Ángeles. Invision /AP

Cuando yo era chica, sabía, como muchas de mis compañeras de colegio, que algunos de sus hermanos se iniciaban con la mucama de la casa. No se hablaba del asunto, que parecía formar parte de las tareas domésticas de esas muchachas pobres de provincia. Esa ofensiva explotación era invisible incluso para las señoras de la casa; y las mucamas de hogares respetables, cristianos y ordenados aceptaban el silencio porque, si hablaban, seguramente podían perder su trabajo y terminar en una situación todavía peor: la de prostituta o, en el mejor de los casos, la de mentirosa.

Human Rights Watch proporciona la siguiente enumeración de ofensas perpetradas, todavía hoy, sobre empleadas domésticas: “Jornadas excesivas sin descanso, falta de pago de salarios, imposibilidad de salir del lugar de trabajo, abuso sexual y físico, trabajo forzado y trata de personas”. Se han detectado estas transgresiones en Estados Unidos, El Salvador, Guatemala, Indonesia, Malasia, Marruecos, Filipinas, Arabia Saudí, Singapur, Emiratos Árabes. Detrás del mandil, apropiado título para un estudio publicado en Perú en 2007, asegura que entre 100 servidoras domésticas entrevistadas durante un año, 4 sufrieron violación y casi el 30%, acoso sexual permanente. Mujeres ofendidas y humilladas, junto a ellas debió andar la María del poema de Juan Gelman: “Se llamaba María todo el tiempo de sus diecisiete años, / era capaz de tener alma y sonreír con pajaritos, / pero lo importante fue que en la valija le encontraron / un niño muerto de tres días envuelto en diarios de la casa”.

Naturalmente, esas mujeres no conocieron a Harvey Weinstein ni saben quién es Polanski, y por lo tanto sus historias de vida son parte de una encuesta sociológica, no tema para un plano de televisión prime time. Además, esas Marías callan también pensando en sus familias de pequeños pueblos provincianos y mestizos; en la vergüenza de sus madres; en la posible cólera de algún hermano que viviera como ellas en la ciudad donde fueron usadas. Hicieran lo que hicieran, las cosas siempre resultarían peor. No solo serían abusadas, sino que seguirían en el barro y la oscuridad.

Esas mujeres callan pensando en sus familias de pueblos provincianos; en la vergüenza de sus madres; en la posible cólera de algún hermano...

Primas de esas mujeres eran las obreras que conocí en una gran fábrica electromecánica de los alrededores de Buenos Aires. Tan bravas que aún hoy no me parece fácil que se atrevieran con ellas. Eran militantes políticas o sindicales, altivas, desafiantes y dispuestas a correr riesgos. No había medios de comunicación que las representara si alguna de ellas sufría el acoso masculino; tampoco la fábrica tenía un manual de procedimientos para tales casos. Podían perder el trabajo, pero no vacilaban en pegarle dos patadas a un varón que se atreviera. Y si se trataba del capataz, mejor todavía. Eran inteligentes y feroces; tenían una autonomía sostenida por el orgullo. Podían perder la vida, como tantos en la larga historia del sindicalismo y de las luchas de las minorías raciales, de modo que lo demás se creían en condiciones de enfrentarlo.

Ni qué hablar, a finales de los años setenta, de las mujeres que salieron solas a denunciar la desaparición o el asesinato de sus hijos. Tampoco las acompañó la televisión local, mientras daban vueltas por la plaza. No calcularon que les convenía esperar 5 o 10 años para hacer la denuncia del crimen. Salieron sobre caliente, arriesgándose sin medida. Eran protagonistas de una tragedia y decidieron actuar en el momento mismo de los hechos, no cuando esos hechos pueden convertirse en guion para una serie de Netflix. Como Antígona, esas mujeres no querían que los cadáveres quedaran insepultos.

Podría mencionar otros hechos honrosos, aunque no heroicos. En 1966 y también en 1976, la universidad argentina fue intervenida por dictaduras militares. Centenares de profesores abandonaron sus puestos, porque no estaban dispuestos a trabajar ni un minuto más en condiciones de violencia. Decidieron que, finalmente, una carrera no vale tanto. A algunos la vida les dio revancha, a otros no se la dio. Pero todos, en el momento de elegir, hicieron un acto libre, donde el cálculo sobre su camino académico pesó poco. Familias enteras partieron al exilio y fueron las mujeres quienes tomaron a su cargo la doble tarea de trabajar en tierra extranjera e instalar allí a sus hijos.

El poema de Gelman sobre María, la sirvienta, describe con deliberada crudeza una biografía social, cuyos límites no permiten una acción libre. María no puede elegir porque no puede imaginar otra salida. Las condiciones sociales ya han elegido por María, que está presa en su cárcel de pobreza, ignorancia y destitución. María no calcula qué le conviene hacer para su futuro ni cómo le conviene manejar su presente. Las operaciones del cálculo son para quienes disponen de tiempo y de la posibilidad de administrarlo. Es decir, para quienes viven en condiciones de libertad recibida, heredada o ganada por la propia lucha. Una historia de las mujeres incluye estos capítulos bien diferentes.