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Hace falta ocultarse

Escribo ahora en la biblioteca de un hotel de Lisboa, a salvo de ruidos insidiosos: los titulares del periódico y el guirigay neurótico de las redes

Michel de Montaigne. Ampliar foto
Michel de Montaigne.

"Il faut cacher sa vie”, dice Montaigne. Hay que ocultarse. Lo dice citando a su maestro Epicuro y pensando en la realidad del mundo en torno suyo. Montaigne era un hombre perezoso y pacífico en una época de guerras civiles, un hombre escéptico en medio de las matanzas y los anatemas desatados por el fanatismo religioso, un aficionado a los placeres sensuales y a la franca celebración de lo corporal en una cultura católica que reducía el cuerpo a envoltorio innoble del espíritu. En el largo desorden sanguinario de las guerras entre católicos y protestantes en Francia, Montaigne vio su vida en peligro más de una vez, y hasta se encontró huyendo con su familia durante meses, errando sin destino a través de una desolación de campos arrasados por el hambre, la peste y la guerra.

Pero para Montaigne ocultarse no solo significaba ponerse a salvo, en la medida de lo posible, del peligro físico. Hombre sociable y conversador como era, defendía sin embargo un grado de ocultamiento íntimo que no puede lograrse más que en la soledad. Uno tiene que poder retirarse a una trastienda de sí mismo, una arrière-boutique, dice Montaigne, en la que quede cancelada o en suspenso la presión del mundo exterior, donde no se escuche ese ruido permanente que nos acosa sin que nos demos cuenta. El ruido de los motores, de las sirenas, de las alarmas, de los anuncios, de las canciones y las charlatanerías de la radio en los taxis, el ruido de las voces y la música en los locales llenos de gente, el ruido de los mensajes y los timbres de llamada y los soliloquios de los viajeros en los trenes, el ruido de las opiniones fervientes.

Quiero estar plenamente solo y en la compañía de quien va conmigo. He viajado con un libro de Henry James y otro de Simone Weil

Hubo un tiempo en que el ruido era progresista. Vivir en el centro de Madrid en los años noventa y quejarse del estruendo de la música en los bares, del clamor de las multitudes beodas los fines de semana y de los cláxones de los coches atrapados en una doble fila a las cinco de la madrugada era considerado una señal bochornosa de reaccionarismo. El silencio era de derechas. El silencio y la música no amplificada brutalmente y las conversaciones en voz baja y el sosiego que hace habitable la vida. Guardo el recuerdo bastante entrañable del dueño de un bar de lo que entonces se llamaba “de ambiente” que permanecía cada noche abierto con gran éxito hasta las tantas de la madrugada en la planta baja de nuestro edificio. Nosotros vivíamos en la segunda planta, pero el estruendo de los bajos era tan poderoso que hacía temblar nuestra cama. Un día bajé a quejarme educadamente, y a solicitar, si fuera posible, que el volumen de la música no pusiera en peligro la estructura del edificio, cuanto más nuestra salud mental. El hombre me miró de arriba abajo y dejó caer la sospecha de que mi queja en realidad tenía un motivo más sórdido: la homofobia.

Dice Franz Kafka en una carta: “Un silencio como el que yo necesito no existe en el mundo”. Manuel de Falla se fue a Granada en busca de un silencio imposible en París o en Madrid, y al principio creyó haberlo encontrado en un carmen modesto del barrio de la Antequeruela, a la orilla de la Alhambra. Falla buscaba un silencio que era el del recogimiento religioso y el de la concentración necesaria para la tarea creativa, que para él formaban parte de un mismo impulso. Pero descubrió con dolor que al retiro granadino en el que escondía su vida también llegaba la estridencia recién inventada de los gramófonos y de los aparatos de radio. Para Falla esconderse resultó tan imposible como para Montaigne. Peor que la radio y que los gramófonos, que el escándalo de los cohetes y las atracciones en la Feria del Corpus, fueron en las noches de verano de 1936 los ruidos de los camiones que subían las cuestas del cementerio cercano cargados de condenados a muerte y las descargas cerradas de fusilería, y luego los golpes secos de los tiros de gracia.

El exilio de Falla en el otoño de 1939 puede entenderse como un episodio más en su huida inútil e incesante de los ruidos que lo acosaban hasta en los lugares que le habían parecido refugios más seguros. Falla se fue de España y de Europa justo cuando acababa de empezar el estruendo monstruoso de la II Guerra Mundial. Se instaló en Alta Gracia, en Argentina, en los paisajes serranos de la provincia de Córdoba, y allí pudo recobrar algo del silencio perdido, aunque no una paz de espíritu que apaciguara en su memoria el clamor de los muertos, el eco de las ráfagas de disparos en las noches frescas de agosto en Granada.

Escribo ahora mismo delante de un gran ventanal que da al Tajo, en la biblioteca de un hotel de Lisboa que tiene algo de vivienda particular, de residencia y casa de retiro en la que no se oye a los otros huéspedes, con los que si acaso se cruza uno murmurando un saludo a la hora del desayuno. Veleros deportivos surcan en un gran silencio la corriente color de acero del río en un atardecer nublado. Vine apenas ayer y me habré ido mañana, pero la sensación de silencio y refugio es perfecta. La lejanía y los dobles cristales de las ventanas me aíslan del ruido exterior, pero en la trastienda donde me he cobijado a la manera de Montaigne también estoy temporalmente a salvo de otros ruidos más insidiosos, contra los que es más difícil defenderse porque no tienen consistencia acústica: el ruido de los titulares del periódico, el chantaje de la actualidad, el guirigay neurótico de las redes sociales, el tumulto interior que provoca en uno mismo la impaciencia de compartir o de contestar, de atacar o defenderse, de emitir una opinión tajante cada pocos minutos. Quiero estar plenamente solo y en la compañía de quien va conmigo. He viajado con un libro de Henry James y otro de Simone Weil: La lección del maestro, La gravedad y la gracia, dos cimas de claridad de espíritu y depuración de escritura. Mañana será otro día. Hoy todavía me quedan horas para disfrutar de las cosas que exigen un fondo de silencio: la conversación verdadera, la lectura de tal intensidad que me parece que escucho a ratos la voz de Henry James, a ratos la de Simone Weil. Cada frase de cada uno de los dos requiere una atención suprema. Es el secreto y la exigencia de su radicalismo.