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poesía

Una mujer entre los muertos

La singular trayectoria de Elizabeth Dotten es producto tanto del auge del espiritismo como de las limitaciones que su época imponía a las mujeres que pretendían escribir

El escritor Edgar Allan Poe. Ampliar foto
El escritor Edgar Allan Poe.

Aunque escribía desde adolescente, Elizabeth Dotten (1829-1913) sólo accedió a la notoriedad cuando comenzó a tomar el “dictado” de poetas como Edgar Allan Poe y William Shakespeare, entre otros. Aún faltaba algo más de medio siglo para que Harry Houdini denunciase a médiums y espiritistas, y la creencia en la posibilidad de una comunicación con los muertos se extendía (a modo de consuelo) a la misma velocidad con la que estos se multiplicaban en los campos de batalla de la guerra civil estadounidense. “Debido a mis tendencias poéticas naturales”, afirmó Dotten, “atraigo la influencia de almas similares, y cuando yo lo deseo o cuando ellas tienen la voluntad de hacerlo proyectan sus peculiares inspiraciones sobre mí, y yo les doy expresión de acuerdo con mis capacidades”. Amado Nervo (se sabe) escribió su último libro en 1949; tuvo la sagacidad de morirse 30 años antes y dictárselo a una médium (según ésta), pero las colaboraciones póstumas no carecen de dificultades: Más allá de la muerte no se parece en nada a un libro de Amado Nervo, pero el Poe de Dotten es bastante verosímil y su Shakespeare no está mal.

Principalmente, y sobre todo, los poemas “recibidos” por Dotten se parecen, sin embargo, a los poemas “de” Dotten; es decir, a los que escribió antes de que los espíritus comenzasen su dictado, lo cual generó ciertos resquemores que no disminuyeron su popularidad. La singular trayectoria de Elizabeth Dotten es producto tanto del auge del espiritismo como de las limitaciones (y posibilidades) que su época imponía a las mujeres que pretendían escribir: la autora de Poemas de la vida interior (1863) reclamaba para sí “una inspiración tanto general como particular” (lo que significa que pedía a su público que aprobase por igual su producción mediúmnica y la que atribuía a su propia inventiva), pero éste no estaba dispuesto a creer en la posibilidad de que una mujer escribiese poesía de calidad y ­Dotten sólo podía presentar sus poemas como los de otro, una suma de “indicios de lo que podrían haber sido” si los grandes autores del pasado “hubieran tenido a su alcance un recipiente más resistente y eficaz en el cual verter sus inspiraciones”.

Todo el interés de la obra de Dotten se encuentra en la ambigüedad que la autora manifestó en relación con la procedencia de los poemas: le habían sido dictados pero eran suyos, “la influencia directa de los espíritus” incluía inevitablemente el del suyo propio. WunderKammer recupera una obra que testimonia un episodio singular en la historia de las peleas que las mujeres han debido dar para que se reconociese su derecho a la literatura. ­Dotten obtuvo popularidad y una independencia económica que no estaba al alcance de sus congéneres escribiendo “a los muertos”, pero nunca fue capaz de reivindicar por completo la autoría de su obra: dejó de escribir en 1885, cuando (afirmó) ya no podía distinguir entre el dictado de los espíritus masculinos y el de su intelecto.

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