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Tebas, modelo para armar

Israel Elejalde y Pablo Espinosa protagonizan 'Tebas Land', un drama de Sergio Blanco que atrapa, intriga y conmueve

Pablo Espinosa e Israel Elejalde en 'Tebas Land', de Sergio Blanco. Ampliar foto
Pablo Espinosa e Israel Elejalde en 'Tebas Land', de Sergio Blanco.

Sergio Blanco, francouruguayo, es un autor poderoso, de notable talento. Estrenó Tebas Land en 2013, en Montevideo, y pronto se convirtió en un éxito mundial. Natalia Menéndez, que firma la adaptación y la puesta, ha hecho un trabajo diáfano y sutil en el Pavón Kamikaze, en coproducción con Salvador Collado, muy bien apoyada por la escenografía de Alfonso Barajas y la iluminación de Gómez Cornejo.

La función atrapa, intriga y conmueve. Es un complejo artefacto que hubiera encantado a Pirandello (o al Peter Shaffer de Equus) y cuenta la investigación de un parricidio como base de una pieza teatral. Un dramaturgo, posible alter ego de Sergio Blanco (al que llama S.), en busca de un Edipo contemporáneo, dialoga en la cárcel con un joven llamado Martín, condenado por la muerte de su padre. Su proyecto es que Martín y él se interpreten a sí mismos en escena, pero la ley lo prohíbe, y S. ha de buscar a un actor, Federico, para que encarne al asesino.

Dicho de un modo muy sucinto, Tebas Land cuenta: 1) el relato de S. al público, rememorando todo el proyecto, 2) las conversaciones entre S. y Martín en la cancha de baloncesto de la cárcel, y 3) las escenas en las que S. y Federico arman poco a poco la obra y la ensayan. Isra Elejalde interpreta a S., el dramaturgo, pero Sergio Blanco pide, con astucia narrativa, que un mismo actor (Pablo Espinosa, en este caso) aborde los roles de Martín y Federico. El hecho de que el convicto y el actor que lo encarna sean dos personajes claramente diferenciados pero con idéntico físico y vestuario provoca, claro está, un juego de espejos entre realidad y ficción, y que no sepamos con certeza si lo que vemos es lo que sucedió entre Martín y S. o lo que el escritor reelaboró con el actor, generando, nueva vuelta de tuerca, un posible cuarto personaje: el que S. compone a partir de lo que le cuentan Martín y Federico. No puedo ser más explícito, y comprendo que la función, así resumida, puede parecer un galimatías, pero Blanco, con un lenguaje claro y un ritmo vivo, sabe mantener todos esos platos en el aire, como los malabaristas orientales, para narrarnos al mismo tiempo la historia del asesinato, la construcción de la pieza dramática, y, sobre todo, lo que ocurre en el corazón de los protagonistas, sin que sean verdades unívocas, y a eso alude el título: “Todos tenemos”, dice S., “una Tebas ambigua, confusa y oscura, una especie de territorio incomprensible”.

El montaje es un complejo artefacto que hubiera encantado a Pirandello y cuenta la investigación de un parricidio como base de una pieza teatral

Isra Elejalde es un “completo”, como se dice de los mejores toreros: manda en todas las suertes y lo ha demostrado sobradamente. Otro término que se me ocurre es “actor de alta definición”. En escena exhala siempre una mezcla personalísima de poderío, sobriedad y brillantez: sea cual sea el rol, cuando pisa las tablas parece que su personaje haya nacido allí.

Elejalde va desvelando poco a poco y con maestría las capas de ese dramaturgo que parece tenerlo todo controlado y domina los conceptos, pero acabará descubriendo fragilidades e impulsos más profundos.

El reto de Pablo Espinosa es tomar la alternativa toreando a su lado y darle la réplica con coraje y por partida doble. Recuerda a un joven Pedro Mari Sánchez, y sirve muy bien el dolor, la inocencia y la infancia brutalizada de Martín, aunque a mi juicio le falta algo de peligro, y tiene, quizás, un acento demasiado limpio: no digo que deba hablar como un quinqui, pero me gustaría conocer mejor su origen social, y creo que habría que trabajar algo más su lenguaje. Su gran momento es la estremecedora crónica del asesinato, soberbiamente escrita y actuada con intensa contención, con una aparente frialdad, que luego estalla casi fuera de campo y de una manera que no contaré. Dibuja, por otro lado, un Federico vivaz y luminoso: uno de esos actores que preguntan, analizan y proponen, y casi se convierten en coautores del texto.

La indagación criminal va dando paso, hermosamente modulada, a la historia de una amistad: Martín y S. son dos hombres muy distintos que se acercan, se encuentran y aprenden mutuamente. Si digo que hay en Tebas Land un perfume pasoliniano no es tanto por el tema de Edipo, sino porque sus perfiles me evocan al intelectual y al ragazzo di vita, y porque el angelismo de Martín tiene un toque a lo Ninetto Davoli. También me hizo pensar en la compleja relación entre Truman Capote y Perry Smith, uno de los asesinos de A sangre fría. Quizás, como ellos, haya luces y sombras en su historia; quizás no vuelvan a verse, pero con las últimas y bellísimas palabras de Martín llega la lágrima, y la intuición de que el tema definitivo de la obra quizás sea el de la fuerza sanadora de la palabra.

También he aplaudido, en la Villarroel barcelonesa, Les noies de Mossbank Road (“Di and Viv and Rose”), de Amelia Bullmore, donde brillan la plenitud del arte de Clara Segura, Marta Marco y Cristina Genebat, y la elegancia de trazo en la puesta de Sílvia Munt.

Tebas Land, de Sergio Blanco. El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid). Directora: Natalia Menéndez. Intérpretes: Israel Elejalde, Pablo Espinosa. Hasta el 7 de enero de 2018.