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Los que conversan

La obra del argentino Santiago Sylvester es una de las más admirables de la poesía contemporánea en castellano

El poeta SAntiago Sylvester, en 1983.
El poeta SAntiago Sylvester, en 1983.

La metáfora es una muletilla que permite al lenguaje, de manera más o menos honorable, confesar su inhabilidad de nombrar las cosas con exactitud. En algunos poetas esa muletilla es exaltada y central; en otros, el poema mismo sirve de metáfora para una idea, intuición o visión que, si fuera expresada en términos ingenuamente explícitos, acabaría no diciendo nada o sólo cosas banales.

La obra del argentino Santiago Sylvester, es una de las más admirables de la poesía contemporánea en castellano. Sylvester nació en la provincia de Salta en 1942. Fue abogado, periodista, jefe de asesores de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, y ha recibido, entre muchos otros premios, el del Fondo Nacional de las Artes de Argentina, el Sixto Pondal Ríos, el Jaime Gil de Biedma y el Gran Premio Internacional Jorge Luis Borges. Sus varios libros de poesía, leídos en su conjunto, resultan una suerte de tratado filosófico sobre los sentidos plurales de la memoria. Escenas recordadas, comparaciones entre el pasado y el presente, la precaución de no creer con demasiada avidez en la precisión de lo que decimos que ocurrió, la elaboración de paisajes nostalgiosos que se derrumban ante el más mínimo roce con testigos, son algunas de las maneras en las que Sylvester procede para construir de su gran metáfora.

Es difícil, pero ahora el mundo se asienta en la memoria.

Antes

era más fácil: el caparazón de una tortuga

o cuatro elefantes haciendo fuerza

sostenían el flujo de los ríos, la estabilidad de la tierra: lo

que vuela, nada, corre, se esconde, suspira o se

queda quieto;

las estrellas fijas o fugaces encontraban ahí su consistencia:

el comercio, la llegada de Colón a América,

lo que está bien y lo que no: la tentación de enumerar.

Los que conversan

 

Ahora

el mundo ya no tiene pilares sino

base discutida (...)

Ahora el mundo se asienta en una urdimbre (...)

que es suma,

no sé si es unidad.

Estos versos de "La base inestable" que logran resumir (y simultáneamente comparar) nuestras diversas nociones del tiempo son un ejemplo de sus inquietudes. El recuerdo de una serie de normas o prejuicios define aquello que creemos haber vivido; otro recuerdo, actual y viudo de aquella iconografía, aspira a establecer nuestro presente. El indefinible tiempo es lo que existe o sobrevive en la tensión entre ambas convicciones. Los versos citados son del penúltimo libro de Sylvester, Los casos particulares, publicado en 2014. Los siguientes son del primero, Palabra intencional de 1974, y anuncian, cuatro décadas antes, el inmenso tema:

...sabía que la muerte

no la buscaba solamente a ella

sino también a todos sus recuerdos.

Vivimos (y morimos) con todo lo recordado encima, en una falsa identidad que llevamos puestas como esa máscara teatral que los griegos llamaban "persona." Así la define Sylvester en "Un caso común" (Escenarios, 1993):

Qué puedo decir de este hombre que ocupa mi lugar,

conquista los litorales

o me expulsa hacia ellos

mientras despliega un esplendor ficticio.

(...) entramos juntos a la escena

y corremos los dos contra el reloj.

Sylvester coteja la realidad observada con el recuerdo de esa realidad y la construcción que hace nuestra memoria sobre el rescatado recuerdo. Ese frágil palimpsesto de recuerdos superpuestos es nuestro espejo que nos impone al reflejar nuestra existencia "la imposibilidad de olvidarnos de nosotros, como/ un reloj se despreocupa del tiempo." (Café Bretaña, 1994). Retomando la imagen de Jorge Manrique, Sylvester acota, en un libro posterior (El reloj biológico, 2007) que si bien nuestros ríos "van a dar a la mar, que es el morir," esa "imposibilidad de olvidar" nos obliga a un curso solitario, porque "No llevamos la misma dirección: un río/ es unívoco, no deambula, no puede volver." El libro lleva un epígrafe de Montaigne: "No pinto el ser sino lo transitorio." Esta puede ser la divisa de toda la obra de Sylvester.

Sin sorpresa, Sylvester reconoce entre sus fuentes a Montaigne y también a Novalis. Al mandamiento implacable de Novalis, “Si no puedes hacer de tus pensamientos objetos externos, entonces haz de los objetos externos pensamientos, ” Sylvester responde con estas palabras en Los casos particulares:

Yo mismo

soy lo mismo: hablo, escribo, compro: tengo pies de barro

como todos,

y hay que sacar provecho de esa falla geológica:

nada se resuelve con que sea cierta.

La certitud no certifica nada, cada identidad debe ser rescatada con aliento y sangre propios. Quizás para eso sirva la poesía. En esta época de angustia e incertidumbre (como todas) Sylvester es el profeta de la fe en lo temporal y lo constante.

La conversación: Antología. Santiago Sylvester. Visor Libros, 2017 300 páginas. 16 euros