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música

El viaje de aprendizaje de Robbie Robertson

El cabecilla de The Band publica 'Testimony', una brillante autobiografía que deja cabos sueltos

Martin Scorsese y Robbie Robertson, en el Festival de Cannes en 1978.
Martin Scorsese y Robbie Robertson, en el Festival de Cannes en 1978.

Testimony comienza con un viaje en tren. 1960: Robbie Robertson, 16 años, parte desde Toronto para unirse en Arkansas a The Hawks, la banda del rockanrolero Ronnie Hawkins. La edad no es el único problema: para pagarse el billete, ha debido vender su preciada Fender Stratocaster.

Ya tenemos el leitmotiv: la educación integral de un músico que vivirá en la carretera, tocando con Hawkins o Bob Dylan, a lo largo de siete años. Hasta que Dylan se retira a ­Woodstock, un pueblo de Nueva York, y Robertson le sigue; consigue una casa y funda una familia. En Woodstock, con los antiguos compañeros de gira, nace The Band, una especie de alambique montañero que destila las esencias de muchas músicas de EE UU… a pesar de que cuatro de sus cinco miembros son canadienses.

La fascinación por esos sonidos, la inmersión en la sangrienta historia de la república, les proporcionará una visión única, ajena a las tendencias. Con sonido austero e historias color sepia deslumbran a un público que sale de la borrachera psicodélica, cambiando la inclinación estética de divinidades tipo Eric Clapton o George Harrison.

Los primeros años de Robbie en EE UU son pura picaresca. Hawkins le avisa de que no se hará rico, pero que —usemos un eufemismo— conseguirá más sexo que Frank Sinatra. Se acerca al abismo: se plantea robar una partida de póquer; la parte judía de su familia le implica en negocios del hampa. Incluso cae bajo la jurisdicción de la Policía Montada de Canadá.

Mientras tanto, Robbie se ha labrado buena reputación como instrumentista: la lógica, la brillantez de sus solos hace que le denominen “el guitarrista matemático”. Pero no es eso, ni siquiera los sólidos discos que graba como parte de Levon & The Hawks, la principal razón de que Dylan se fije en ellos. Todo eso cuenta, pero lo que este necesita es músicos con caparazón, capaces de superar la hostilidad del público.

Dylan ha registrado dos discos sísmicos, Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde, con músicos de estudio y figuras (Bloomfield, Kooper) que no quieren ir con Bob al matadero del directo. Juzgado y condenado por traición al folk, corre la consigna de acudir a sus conciertos para abuchearle. No es una experiencia grata: Levon Helm, líder y baterista, se siente tan asqueado que abandona la música una temporada.

Para consternación de sus excompañeros, Robertson se ha llevado todo el prestigio (y buena parte del dinero) de The Band

Robertson, discreto y seductor, aprende a moverse entre las superestrellas que acuden a rendir tributo a Dylan. En 1966, tras un show en Londres, intenta reanimar a su jefe, que se ha quedado traspuesto por tantas anfetaminas o vaya usted a saber. Le mete en la bañera y Bob se hunde bajo el agua; mientras, los Beatles esperan pacientemente.

A partir de cierto momento, se intuye la secreta transformación de Robertson. Se lanza a hacer la guerra por su cuenta. Paulatinamente, asume la representación de The Band cara a la industria y los medios. Canta poco, pero firma la mayoría del repertorio. Organiza lo que pretende ser la apoteosis final, un concierto en San Francisco denominado The Last Waltz, en 1976, cuya crónica cierra Testimony triunfalmente.

No lo reconoce, pero en ese plan late una agenda oculta. Robbie, que ha intimado con el cineasta Martin Scorsese, quiere hacer carrera en Hollywood como actor. En realidad, solo llega a protagonizar una película, Carny (1980). Pero consigue un trabajo extremadamente gratificante y muy bien pagado: se ocupará de la música en casi todos los proyectos cinematográficos de Scorsese. En comparación, sus discos en solitario pasan desapercibidos.

Para consternación de sus excompañeros, Robertson se ha llevado todo el prestigio (y buena parte del dinero) de The Band. Sin su ayuda, reaniman el grupo en 1983. Lo hacen en la segunda división discográfica, sin apoyo mediático, zarandeados por sucesivas tragedias (suicidio de Richard Manuel, muerte brusca de Rick Danko…).

Nada de eso se menciona en Testimony, pero sí deja caer pinceladas que sugieren la atracción de Manuel, Danko y Helm por las drogas duras o su peligrosa tendencia a destrozar coches en medio de pasotes. Localicemos la fuente de la discordia: al principio, cuando todos aportan canciones al repertorio, acuerdan distribuir equitativamente los ingresos por derechos de autor (en atención también a Garth Hudson, extraordinario teclista que apenas compone). Según avanzan los discos, Robertson se afianza como autor principal. Ha detectado que esa es la pasta más cómoda y cabe imaginar que se rebela contra el reparto.

Llegamos al dilema del plato de lentejas. Según Testimony, Richard Manuel está avergonzado por no cumplir a la hora de traer canciones y propone (¿uh?) que Robertson le compre sus derechos editoriales. Dice que lo hace con reticencia, pero le pilla gusto: adquiere luego los de Danko y Hudson; solo Levon Helm se resiste.

Disculpen que entremos en estas miserias, pero urge completar la dimensión moral de Testimony. Con el tiempo, los colegas de Robertson se sentirán estafados; alegan que lo del reparto reflejaba el modo colectivo de elaborar las canciones. Helm se muestra particularmente vitriólico: arruinado por el tratamiento de un cáncer, se descubre casi indigente durante la era digital, cuando adelgazan los cheques que recibe. Y carga contra Robertson. Puede que fueran las eternas protestas del perdedor, pero el acusado se hace un flaco favor al aplicar un estricto criterio cronológico a Testimony, obviando asuntos tan amargos.

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Autor: Robbie Robertson.

Editorial: Neo Person (2017).

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