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arte

Elogio del manierismo

Una exposición reivindica el papel de los artistas florentinos del Cinquecento como precursores de la modernidad

Venus Anadiome, de Juan de Bolonia. Ampliar foto
Venus Anadiome, de Juan de Bolonia.

En la Italia del siglo XVI, durante esa época decisiva que hoy conocemos como Renacimiento, convivieron varios de los artistas más célebres de todos los tiempos: de Leonardo da Vinci a Miguel Ángel Buonarroti; de Rafael Sanzio a Tiziano Vecellio. Juntos definieron lo que poco tiempo después vino en llamarse “época de los genios”. No solo fue la inmensa calidad de sus producciones la que hizo que estos años fueran ejemplares y dignos de imitación, también destacaron por su empeño en producir, por primera vez, una profunda reflexión no solo sobre la propia época, sino sobre todos los periodos anteriores de la cultura occidental.

¿Y por qué Renacimiento? Porque se pensó que la obra de estos artistas había hecho renacer el momento que entonces se consideraba el no va más: la Antigüedad clásica griega y romana, periodo al que no solo había que imitar, sino, ante todo, superar. La historia del arte y aun la historia occidental se consideró entonces dividida en tres grandes periodos: Antigüedad clásica, Edad Media y Renacimiento. Esta verdadera “invención” del devenir histórico fue ideada en Florencia. Sus artistas, que vivían a la sombra de Miguel Ángel y bajo la protección política de Cosme, Francisco y Fernando de Médici, grandes duques de Toscana, idearon ese relato histórico y plantearon una división que ha resultado eficaz casi hasta nuestros días. La exposición que ahora se puede ver en el Palazzo Strozzi de Florencia se sitúa cronológicamente después del periodo de los genios, pero sin dejar de mostrar con algunas de sus obras, siempre de primer orden, su impacto en la pintura y escultura florentina del siglo XVI.

En sus dos primeras y espectaculares salas se suceden obras maestras absolutas de artistas como Miguel Ángel, Andrea del Sarto, Benvenuto Cellini, Rosso, Pontormo y Bronzino. Su contemplación conjunta produce una impresión difícil de olvidar: me refiero a tablas como los dos Descendimientos de Rosso (del museo de Volterra) y Pontormo (iglesia de Santa Felicitá, Florencia) y la Piedad de Bronzino (Museo de Besanzón). Se trata de diversas y patéticas interpretaciones de los modelos de Miguel Ángel, como el del maravilloso Dios río (Florencia, Casa Buonarroti), que, recién restaurado, abre la exposición.

Durante mucho tiempo se pensó que, tras la obra de los genios, el arte italiano había entrado en una época de decadencia a la que se denominó “manierismo”. Fue, sin embargo, el periodo de las vanguardias artísticas de las primeras décadas del siglo XX el que vio en la obra de artistas como Pontormo, Rosso o Bronzino uno de sus más claros precedentes. En efecto, los atrevidos y contorsionados juegos espaciales que pueden admirarse en El descendimiento de Rosso, así como las expresivas deformaciones anatómicas de sus figuras, el sentido patético, casi preexpresionista, de ellas o el uso claramente arbitrario del cromatismo y de la iluminación de Pontormo, no dejaron de seducir a fauves y expresionistas. El manierismo florentino se convirtió, por tanto, en uno de los movimientos favoritos de artistas del siglo XX, que encontraban en él un claro precedente de sus audacias y novedades.

La exposición del Palazzo Strozzi, comisariada por Carlo Falciani y Antonio Conti, tiene a estos artistas como punto de partida, pero se centra en el arte inmediatamente posterior, ya en la segunda mitad del siglo XVI. Hemos de recordar que la muestra se concibe como el punto final de una estupenda trilogía que comenzó con una dedicada a Bronzino, continuó con otra de Pontormo y Rosso, y culmina con la que ahora comentamos.

Las últimas décadas de la centuria contemplaron dos fenómenos del más alto interés no solo histórico, sino también actual. Por un lado, la creciente importancia del arte religioso produjo un amplio debate acerca de la eficacia comunicativa de la imagen artística. Y frente a las sofisticaciones intelectuales y artísticas de Miguel Ángel o Pontormo, se impuso un arte claro, directo, de fácil lectura. Por otro, el arte, sobre todo el producido para los palacios y los ambientes de la corte medicea, necesitaba igualmente agradar a través de la sensualidad. En el Palazzo Strozzi admiramos una serie de cuadros mitológicos de alto contenido erótico, fuertemente influidos por Miguel Ángel, como el precioso Psiquis y Cupido, de Jacopo Zucchi, y varias de las esculturas más importantes que decoran las fuentes y grutas de las villas renacentistas de los alrededores de Florencia, como la Venus Anadiome, de Juan de Bolonia, procedente de la villa La Petraia. Estas pinturas se exponían muchas veces en ambientes reservados, los llamados studioli, lugares donde gobernantes como Francisco I de Médici (el príncipe del studiolo) se refugiaban y trataban de olvidar sus obligaciones políticas en ambientes cerrados y misteriosos.

Todo ello puede admirarse en esta importante exposición, que fácilmente puede ser complementada con la visita a varios de los santuarios cinquecentescos de la ciudad de Florencia, desde el mencionado Studiolo de Francisco en el Palacio Viejo, la Tribuna de la Galería de los Uffizi, los altares de iglesias como Santa Croce o Santa Maria Novella, por no hablar de la prodigiosa plaza de la Signoria.

El manierismo florentino supuso una de las primeras quiebras europeas del sentido de la belleza clásica que había expresado el Renacimiento. Con ello dio paso a un sentido complejo y problemático de la imagen artística que, como hemos dicho, fue profusamente aprovechado por otros artistas más cercanos a nosotros que dieron origen a nuestra modernidad.

‘El Cinquecento a Firenze’. Palazzo Strozzi. Florencia. Hasta el 23 de enero de 2018.