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arte

Estampas del mundo flotante

La 14ª Bienal de Lyon concilia lo bucólico y lo empírico en la cultura urbana actual

'Yellow Objet' (2015), de Ola Maciejewska.
'Yellow Objet' (2015), de Ola Maciejewska.

El mundo ideal es más susceptible de ser representado y figurado que la realidad. La forma de Dios es una mancha oblonga y luminosa proyectada sobre una tela (Rothko); la fama, cuatro cabezas de Marilyn mejor que una (Warhol); la plenitud, una pared flotante donde se diluye la sustancia (Turrell); el mito alemán (y su ignominia), un libro de plomo sobre un colchón de paja (Kiefer).

Imposible conocer la totalidad. Sólo seremos capaces de reconstruir una parte si distorsionamos nuestras coordenadas —¿Einstein?— o apelamos al inconsciente —¿Freud?— . En esos posibles mundos paralelos, la creación artística es el síntoma, la excepción y la regla, lo que huye y lo que siempre se queda. Una mitad es arte; la otra, lo eterno e inamovible. ¿Pero cuál? Parece un acertijo, pero eso era precisamente la poesía para Baudelaire. Los grabadores japoneses del periodo Edo, que influyeron notablemente en la pintura francesa del cambio de siglo, llamaron ukiyo-e a esas “habitaciones mentales”, imágenes planas que idealizaban la vida y cultura urbanas y que fueron la antesala de ese cuarto de juegos solitarios que hoy conocemos como manga.

Emma Lavigne recupera aquellos “mundos flotantes” como materia prima de su 14ª Bienal de Lyon. La comisaria francesa, actual directora del Pompidou-Metz, cree que en el actual contexto global, que genera un constante desplazamiento y aceleración —­la identidad líquida de Zygmunt Bauman —, un acontecimiento artístico de gran escala debe explorar el legado y alcance del concepto de modernidad. Lavigne hace una adulación casi religiosa del poder del artista, cuyas obras deben ser “una constelación de atmósferas”, espacios híbridos para la reconciliación. Su defensa de un arte basado en las sensaciones, y nunca groseramente ideológico, es un brindis a la vieja escuela curatorial, desaparecida con la muerte (artística) del comisario suizo Harald Szeemann y su modelo Aperto para la 49ª Bienal de Venecia de 2001.

'Wide White' (1967), de Hans Haacke.
'Wide White' (1967), de Hans Haacke.

En Lyon, como ya se ha establecido de manera permanente en Venecia, hay dos escenarios principales: el más convencional MAC Lyon y la antigua fábrica de azúcar, la Sucrière, a los que se suman las vedute distribuidas por la ciudad y otros enclaves en la región del Ródano. Los más de sesenta “mundos flotantes” escogidos por Lavigne recorren de cabo a rabo todo el siglo XX y además son descaradamente versátiles: una sencilla maleta (la Boîte-en-valise de Duchamp, con sus reproducciones de rea­dy-made, anotaciones y dibujos cuidadosamente colocados en vitrinas); la cúpula geodésica de Buckminster Fuller que nos prepara para un viaje a las estrellas (“todos somos astronautas”, solía decir el vagabundo-arquitecto norteamericano); los paisajes minerales de Aldo van Eyck, convertidos en cámaras secretas por el duo francés Berger & Berger; las descomunales cavernas de plástico que se tragan al visitante de Philippe Quesne; las avalanchas de escombros traídos de una fábrica derruida de Lara Almarcegui, la arquitectura anárquica de Gordon Matta-Clark, o los caprichosos vientres de fibra de nailon de Ernesto Neto, que reproducen la luminosidad quebrada de nuestra infancia. Otros espacios más íntimos se instalan en algún rizo de la historia de la música electrónica, como el bosque de instrumentos de David Tudor (1975-2015) o el inspirador Libro de viento (1974) de Laurie Anderson, un diario personal encerrado en una caja de madera y cristal que permite una lectura azarosa mediante un sistema de ventilación interior que hace que las hojas se muevan en un sentido u otro.

La bienal también planea por obras más astringentes: los cuentos flotantes de una sola línea del checo Ján Mancusca, el vídeo de Marcel Broodthaers La pluie (1969) —donde vemos al artista belga intentar una y otra vez sin éxito escribir un texto bajo la lluvia—, las escrituras “sísmicas” de la alemana Jorinde Voigt o los caparazones que vuelan del mexicano Héctor Zamora.

Pero es en los vídeos insuperablemente tiernos del artista japonés Shimabuku, con sus escenarios poéticos de vacas voladoras y otras fábulas absurdas, donde nos enfrentamos más vívidamente con las fantasías de nuestra mente. Éste es el verdadero asunto de la bienal: cómo lo bucólico y lo empírico se mezclan diariamente en algún lugar. La obra de todo artista sería una abertura imaginaria en ese punto de fuga, si existiera alguna perspectiva.

‘Mondes Flottants’. 14ª Bienal de Lyon. Hasta el 7 de enero de 2018.