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IDA Y VUELTA

En una casa de John Ashbery

En cada poema de este estadounidense hay una proximidad con la música que no he visto casi nunca en la literatura

John Ashbery, retratado en su casa en 2010. Ampliar foto
John Ashbery, retratado en su casa en 2010.

Leí por primera vez a John Ashbery una noche que me encontraba en una gran casa de invitados en la que yo era el único huésped, en un claro en un bosque, en Bard College, al norte del Estado de Nueva York. Durante horas había rugido una tormenta. Poco a poco el viento se calmó y cesó la lluvia, y dejó de oírse el fragor de los árboles, altas coníferas oscuras. El cielo estaba despejado y tan reluciente de constelaciones como los cielos de las noches limpias de invierno de la niñez. Inquieto en la habitación, sin poder dormirme, sin una lectura que me apaciguara, era consciente de la amplitud desierta de la casa donde me encontraba. Era una de esas veces en las que uno llega a un sitio y tiene una profunda sensación de intensidad espacial, una conciencia muy aguda de las posibilidades contenidas en ese lugar, una punzada en la imaginación. Puede que no suceda nada memorable, pero está muy claro que podría suceder. Lugares así aparecen luego obstinadamente en los sueños y en las novelas.

Para ser una casa americana la calefacción era deficiente. Pero se trataba de un edificio antiguo, de un aire colonial. Me puse un jersey por encima y salí de la habitación con un sentimiento de estar haciendo algo no del todo lícito. Explorar a media noche una casa desconocida y deshabitada tiene sus rituales, sus atractivos. Los retratos de muertos severos, los arranques de escaleras al fondo de los corredores, el sobresalto de los espejos repentinos, el crujido de los propios pasos en el parqué y en los peldaños de madera, que despiertan un instinto de sigilo. En una cocina impoluta y perfectamente equipada alguien había dejado puesta para mí la mesa del desayuno, bajo una luz blanca excesiva que relucía en las superficies de aluminio. Seguí explorando y encontré una biblioteca. Aquí la luz era tan escasa que dejaba grandes zonas en sombras. Quizás yo no sabía dar con los interruptores adecuados. Al fondo de la biblioteca unos ventanales muy altos daban a un jardín. Había un piano de cola, y sobre el teclado una partitura muy hojeada. Era la Sonata opus 960 de Schubert. Por vicio de lector estuve curioseando los anaqueles de la biblioteca. Había colecciones encuadernadas de revistas de musicología como de más de un siglo atrás, en alemán y en inglés.

Entre esos tomos sombríos, alguien había dejado un libro que muy visiblemente no tenía nada que ver con ellos, con un delgado lomo naranja que me atrajo de inmediato. En ese momento el nombre del autor me sonaba apenas, y el título del libro no me decía nada, John Ashbery, Portrait in a Convex Mirror. Hay algo adictivo para la mirada y para las manos en un libro de poemas bien editado: la delgadez misma, los espacios en blanco, la tipografía. Cuando volví a la habitación lo llevaba conmigo.

En John Ashbery el yo habitual de la poesía sufre mutaciones inexplicadas y continuas

Mi lectura de Ashbery quedó asociada a esa noche, a la extrañeza y el silencio de la casa. Lo leía a la luz de una de esas lámparas de mesa de noche americanas, siempre más altas y anticuadas que las europeas. La escritura inusitada y persuasiva de Ashbe­ry me llegaba con más nitidez en aquel silencio, en la soledad de la habitación y de la casa, de la conciencia alerta. Después supe que era o había sido profesor en Bard College durante muchos años. Busqué fotos suyas en Internet: un viejo fuerte, corpulento, con el pelo blanco, fornido de torso, con una expresión de burla y amabilidad y casi dulzura en los ojos muy claros.

Leyendo a Ashbery aquella primera vez me encontraba a ratos fascinado y a ratos perdido, desorientado en el salto de un verso a otro, en la secuencia entrecortada y simultánea de los versos y de las frases que se encabalgaban en ellos y se quedaban en suspenso. Había una oralidad rara en aquellos poemas, un tono de soliloquio murmurado en voz baja y de corriente de conciencia que se desborda más porque transcurre en silencio. Un poema parecía que empezaba de una forma dignamente previsible y de pronto había cambiado de sentido y de tono. Hasta la persona del verbo era otra. En John Ashbery el yo habitual de la poesía sufre mutaciones inexplicadas y continuas. De la primera persona y la segunda se pasa a la tercera y a un nosotros tan innominado, tan indeterminado como ese él o esa ella que surgen un momento y se van. Yo comprendía mejor lo que estaba leyendo, o al menos lo aceptaba, porque se correspondía con el lugar donde me encontraba, con las discontinuidades espaciales y temporales de aquel día: un viaje en tren por la orilla del río Hudson, entre bosques otoñales; trayectos en coche por carreteras y zonas de casas aisladas y población muy dispersa, granjas con caballos, cercas blancas, prados ondulándose, centros comerciales, letreros iluminados de Taco Bell y ­McDonald’s en el atardecer. Un party académico con mucha gente, muchas voces cruzándose; luego, la soledad en la casa de invitados; la tormenta y después el silencio; la respiración callada del bosque; mi propia extrañeza de forastero, mis inseguridades españolas, el esfuerzo de responder a las grandes sonrisas y a las efusiones americanas, tan eficientes y tan pasajeras, el barullo de las frases sueltas, entrecruzándose en el aire, junto al tintineo de las copas.

Esa mezcla de lucidez y aturdimiento está en los poemas de Ashbery. Escribió mucho y publicó mucho hasta su muerte, hace apenas dos semanas, y se dejó llevar a conciencia por una sobreabundancia que jugaba astutamente con la textura de la palabrería y algunas veces ya no podía distinguirse de ella. Pero siempre, en cada uno de los poemas que escribió, hay una proximidad con la música que yo no he visto casi nunca en la literatura. Como en una pieza musical, el sentido pleno de un poema de Ashbery está contenido en él mismo, y va modificándose y renovándose de una frase a otra. Pero no es una música medida, con principio y fin, con una estructura predeterminada, ni en forma de sonata ni de canción clásica de jazz. Un poema de John Ashbery avanza con tanteo y destreza en el espacio en blanco de la página, desprendido de lo que vino antes y en apariencia inconsciente de lo que viene después, como una improvisación de Keith Jarrett o de Cecil Taylor, o como las ondulaciones y fulgores aislados de partículas sonoras en una pieza tardía de John Coltrane.