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Paul Auster: “No estoy seguro de tener la fuerza necesaria para escribir otra novela”

Tras siete años de silencio en ficción, el escritor publica '4321', donde usa elementos autobiográficos de su infancia

El escritor Paul Auster en Madrid. Ampliar foto
El escritor Paul Auster en Madrid.

Autor de una treintena de volúmenes entre poesía, ensayo, guiones de cine y libros de memorias, Paul Auster es sobre todo conocido por sus obras de ficción. Su decimoséptima novela, publicada en inglés a finales del pasado mes de enero, aparece ahora en español tras siete años de silencio novelístico. De título enigmático, 4321 (Seix Barral, traducido por Benito Gómez Ibáñez) es una propuesta narrativa radicalmente distinta a cuanto el escritor ha hecho anteriormente. La conversación tiene lugar en un acogedor salón de su casa de Brooklyn, donde vive con su esposa, la escritora Siri Hustvedt.

“Cuando terminé Sunset Park estaba mentalmente agotado y decidí dejar pasar un tiempo antes de volver a escribir otra novela. Me volqué en dos libros autobiográficos: Diario de invierno e Informe del interior. Fue una forma, sobre todo con el segundo, de volver al territorio borrado de la infancia. Era asombroso ver cómo afloraban los recuerdos, no era consciente de lo mucho que había olvidado. Cuando terminé esos libros empecé a acariciar la idea de escribir una novela sobre las primeras fases de la vida de un individuo, desde su nacimiento hasta que entra en el mundo de los adultos”.

4321 es una novela insólita dentro del canon austeriano. Con 960 páginas, es, con mucha diferencia, su libro más extenso. El estilo también ha cambiado. La prosa minimalista da paso a una sintaxis arborescente, con frases largas y sinuosas. El trasfondo entre filosófico y noir le cede el lugar a una narración costumbrista con una importante salvedad. En lugar de una peripecia argumental única se nos ofrecen cuatro posibles variantes de la historia del protagonista. “Es la novela más realista que he escrito”, concede el autor. “Todo es directo e inmediato, no hay trucos ni ilusiones. La única audacia es la estructura. Se me ocurrió de repente, un día que estaba leyendo el periódico en el estudio: en lugar del viaje de una persona desde que nace hasta que se asoma a la edad adulta, contaría cuatro trayectorias distintas con variaciones sobre un trasfondo común”.

El azar y la muerte

eduardo lago

Según en qué momento, Paul Auster invoca cuatro historias distintas que explican por qué acabó siendo escritor. En todas juegan un papel determinante el azar y (salvo en una) la muerte. En la primera, el futuro escritor tiene ocho años y está en los alrededores del estadio de los Giants. Tras ver un partido de béisbol se dispone a volver a casa con sus padres cuando ante él irrumpe el legendario Willie Mays. Incapaz de controlar la emoción, el pequeño le pide un autógrafo. Mays accede, pero cuando llega el momento de firmar resulta que nadie lleva encima un lápiz. Aquel día tomó la decisión de no salir jamás a la calle sin un lápiz, aunque a la hora de la verdad no llegó a necesitarlo: 52 años después, siendo ya un autor reconocido, Willie Mays le regaló una pelota de béisbol con su firma. En la segunda historia, Auster tiene 14 años y está en un campamento de verano cuando una tormenta de relámpagos lo sorprende junto a unos compañeros en un bosque. Pensando que lo mejor es buscar refugio en un claro al que sólo es posible llegar pasando por debajo de una alambrada, los muchachos deciden atravesarla de uno en uno. Cuando lo estaba haciendo el chico que iba antes que él, le cayó un rayo encima y lo electrocutó. “Aquel día aprendí que la muerte acecha entre nosotros y puede golpear en cualquier momento. Esa idea está en la base de todo lo que escribo”, afirma el escritor al principio de la larga conversación sobre 4321. En otro momento, evocando la figura de su padre, Auster menciona “su gran tragedia familiar”. No la vivió directamente, pero era inevitable que el escritor acabara siendo el depositario de aquella historia. Cuando Sam Auster tenía siete años, su madre, abuela del escritor, asesinó a su esposo en la cocina de la casa familiar. “Mi padre tenía siete años, era el benjamín de los hermanos, y tuvo que vivir toda su vida con aquello”. En la cuarta historia, en la que también figura su padre, la muerte y el azar se combinan de manera diabólica. La noche que, tras un bloqueo de 10 años, Paul Auster por fin logró escribir un texto en prosa del que se siente satisfecho, su padre moría de un ataque al corazón mientras hacía el amor.

La infancia del protagonista de 4321 (o de sus cuatro avatares) tiene mucho en común con la de Paul Auster. Archie Ferguson nace en Newark, Nueva Jersey en 1947, igual que su autor, sólo que un mes después que él, en el seno de una familia de descendientes de inmigrantes judíos centroeuropeos. “La América de los cincuenta fue para mí una época feliz. Mi gran pasión fue siempre el deporte, aunque paralelamente desarrollé un interés desaforado por la lectura, cosa hasta cierto punto inexplicable, pues en mi casa no leía nadie”.

—¿Cuáles fueron los primeros pasos de Paul Auster en la literatura? ¿Qué lecturas fueron determinantes en la formación de su sensibilidad?

—Empecé a escribir con nueve años, poemas sin ningún valor, obviamente, pero que indican algo importante: la poesía ha sido siempre una presencia fundamental en mi vida. Mis primeros cuentos los escribí cuando tenía 10 años. A los 12 le di uno muy largo al maestro y me pidió que lo leyera en voz alta delante de toda la clase.

Con 13 años leyó todo Camus y gran parte de la obra de Gide, además de a los grandes novelistas rusos. Dos lecturas realizadas a los 15 años causaron gran impacto en él, Cándido, de Voltaire, y de manera particular Crimen y castigo, de Dostoievski. “Ese libro me trastornó. Jamás había leído nada así; cuando lo terminé decidí que si alguien había sido capaz de crear algo así, yo también quería intentarlo”.

Cuando se le pregunta por los novelistas norteamericanos activos durante sus años de formación, Paul Auster vuelve a hacer una reivindicación contundente de la poesía: “No me interesaban, sólo me atraían los poetas. Durante mi adolescencia, la poesía estadounidense atravesaba una verdadera edad de oro. Le podría citar infinidad de nombres: Robert Creeley, Charles Olson, Robert Duncan, George Oppen, Louis Zukovski, W. S. Merwin, Elizabeth Bishop, Robert Lowell, Theodore Roethke, Sylvia Plath. Y sólo estoy rascando la superficie, la lista es infinita”.

“A veces me pregunto por qué me he pasado la vida encerrado cuando fuera está el mundo lleno de posibilidades”

Paul Auster no buscaba en la poesía un vehículo para expresarse como creador. Aunque publicó libros de poemas, siempre fue consciente de sus limitaciones. Su único interés era llegar a ser novelista. Durante mucho tiempo estuvo convencido de que jamás lo conseguiría: “Mi ambición era ser capaz de escribir una novela, pero me faltaban la preparación y la experiencia”, comenta ensimismado. Los años que pasó en Columbia University fueron decisivos. A los 22 años había llenado numerosos cuadernos que sumaban un millar largo de páginas que contenían el embrión de varias novelas: “El material estaba allí, pero yo aún no estaba preparado para darle forma, carecía del equipamiento mental necesario. Aún no tenía claras mis ideas sobre cómo escribir ficción. Cuando terminé la universidad me sentía muy frustrado. Llegué a pensar que jamás lograría ser novelista. Hasta los 30 años escribí poesía y ensayos, pero ni una sola línea de ficción”.

“La escritura exige darse a ella sin fisuras, abrirse a todo dolor y gozo. Hacerlo bien requiere coraje moral”

Tras graduarse, Auster viajó a Europa, trabajó en un petrolero, y pasó un tiempo en Francia con la escritora Lydia Davis, a quien conoció en la universidad. Se casaron en 1974, instalándose en una casa de campo en el condado de Duchess, Estado de Nueva York. Tras una convivencia difícil, en 1978 se separaron. Paul Auster sintió que había tocado fondo.

“Fue el peor momento de mi vida. Tenía 30 años, nada de dinero y mi matrimonio se iba a pique. Cada día que pasaba aumentaba mi convicción de que jamás lograría ser escritor. Una noche, a finales de diciembre de 1978, mi amigo David Reed, el pintor, me llevó a ver una coreografía y durante el espectáculo sentí que se abría una puerta en mi interior. Al volver a casa empecé un largo texto en prosa, Espacios en blanco. Lo terminé en enero, mientras caía una nevada impresionante. Fue una de las noches más importantes de mi vida. Me fui a dormir con la sensación de que por fin podía decir que era escritor. A la mañana siguiente, domingo, sonó el teléfono muy temprano. Mi padre había muerto de un ataque al corazón aquella misma madrugada. Dos semanas después empecé un libro sobre él. Cuando lo estaba terminando conocí a Siri, la persona más importante de mi vida, en una lectura de poesía”.

La invención de la soledad (1982) tuvo una excelente recepción crítica, pero lo más importante es que le devolvió al escritor la confianza que necesitaba para volver a los manuscritos que guardaba desde hacía años en su gabinete. “Era una masa textual informe, pero allí estaban los argumentos de mis primeras cinco novelas. Gracias a la disciplina y la experiencia que adquirí escribiendo La invención de la soledad conseguí convertirlos en La trilogía de Nueva York, El palacio de la luna y El país de las últimas cosas”.

Aquellos libros encierran las señas de identidad del primer universo narrativo de Paul Auster, una manera de entender la literatura que fundía las huellas de Kafka, Beckett y Camus con ficciones detectivescas al estilo de Dashiell Hammett, historias y argumentos que seguían desarrollos semioníricos, episodios paradójicos, plagados de insólitas coincidencias en un mundo de inquietudes existenciales y juegos metafísicos a la vez que metaliterarios, narrados con límpida elegancia.

“A partir de El palacio de la luna todo es nuevo”, dice Auster respondiendo a la sugerencia de que efectúe un rápido recuento de sus novelas más significativas. El genoma de su escritura se complica con fábulas como Leviatán (1992) o fantasías como Mr. Vértigo (1994). Tras ellas, el escritor exploró el mundo del cine realizando películas como Smoke (con Wayne Wang) y Blue in the Face, ambas de 1995. El cine de Paul Auster es una suerte de prolongación mágica de su universo narrativo. “Salir del mundo asfixiante de la escritura y explorar una nueva manera de contar historias, trabajando con gente, fue una experiencia emocional maravillosa”, dice. Tras filmar Lulu on the Bridge (1998), Auster volvió al mundo de la literatura en clave de fantasía con Tombuctú. Son demasiadas novelas, pero el autor cita los títulos de todas, comentándolas sucintamente. Cuando se le pregunta cuáles son para él los logros mayores de su segunda época, responde sin dudar:“El libro de las ilusiones y Sunset Park”.

La conversación vuelve de manera natural a 4321. En el libro hay muchos elementos que proceden directamente de su vida: uno de los cuatro, Archie Ferguson, fallece cuando cae sobre él la rama de un árbol fulminada por un rayo. Su epitafio es una página en blanco. Los tres Ferguson restantes aspiran a ser escritores. Uno de ellos estudia en la Universidad de Columbia y entre sus compañeros de clase figuran varios personajes procedentes de narraciones de Paul Auster. La novela reconstruye cuidadosamente las protestas estudiantiles de 1967, que el autor vivió muy de cerca.

“Robo cosas de la realidad, como debe hacer todo novelista, episodios de mi vida, como mi primer martini, mi amistad con Pierre Matisse, el galerista, o la historia de la dueña de la casa de putas de Texas que reciclaba condones, lavándolos y poniéndolos después a secar enfundados en palos de escoba. Son hechos reales, pero eso da igual. Lo que importa es lo que la ficción haga con ellos”.

4321 está lleno de connotaciones simbólicas. “Quería que se publicara cuando yo cumpliera 70 años. Lo empecé a los 66, la edad que tenía mi padre cuando murió. Vivir más que él me hizo sentir que traspasaba un límite”. En Diario de invierno leemos: “Se ha cerrado una puerta y se ha abierto otra. Has entrado en el invierno de tu vida”. Cuando se le recuerdan sus propias palabras, el escritor asiente: “Durante mucho tiempo viví con el fantasma de la muerte súbita, pero ya lo he superado”. La poesía, una vez más, acude en su ayuda a la hora de explicar el enigma de la vida cuando, sin saber cómo, quien la ha vivido de pronto vislumbra el final. Auster ha citado muchas veces un verso de George Oppen sobre la vejez que reza: “Qué extraño que a un niño le pase una cosa así”.

Reflexionando sobre la soledad inhe­rente al oficio de escribir, Auster comenta: “A veces me pregunto por qué me he pasado la vida encerrado en un cuarto escribiendo cuando afuera está el mundo lleno de vida y de posibilidades. La escritura exige entregarse a ella sin fisuras, abrirse a toda forma posible de dolor, de gozo, a todas las emociones que es posible sentir. Hacerlo bien requiere coraje moral. Ninguna otra ocupación exige a quien la desempeña que entregue el ser, el alma, el corazón y la cabeza sin saber si al final habrá recompensa”. ¿Quiere esto decir que nunca volverá a haber otra novela de Paul Auster? “No lo quiero afirmar tajantemente, pero no estoy seguro de tener la fuerza necesaria para escribirla”.

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Autor: Paul Auster. Traducción de Benito Gómez Ibáñez.

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