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El eterno verano de ‘La gran familia’

La película tiene escenas donde todo sabe a sal, todo huele a mar, todos son buenos y la maldad y la estupidez parecen haberse quedado sin sitio en el mundo, un paraíso en blanco y negro

Escena de 'La gran familia' (1962).
Escena de 'La gran familia' (1962).

Lo siento, esta es una memoria estival un poco peculiar.

Es de toalla y bronceador, sí, pero por tiempos se traslada a Belén con los pastores. Qué cosas tiene la vida.

No nos casamos con nadie y hacemos de nuestra capa un sayo: dos fantásticas frases hechas y manidas que me van a servir aquí para explicar la jugada: cómo una película puede servir a la vez para ejercitar tu derecho a la nostalgia de salitre y arena y a la resurrección de la blanca y melancólica guata navideña. Se titula La gran familia y ustedes o la han visto o se han perdido una de las gimnasias del desarrollismo cinematográfico franquista más desarmantes que el calvoso, bigotín y meapilas conducator del Ferrol pudo obrar.

Corría el año imperial de 1962 y el paquete conmigo dentro aún no había sido enviado por Seur al planeta tierra. La gran familia la pensó, la escribió y la hizo posible el eterno Pedro Masó y la dirigió Fernando Palacios, un cineasta que también firmó peliculones como Tres de la Cruz Roja, El día de los enamorados y Marisol rumbo a Río. Todo un currículo. Pero —ay— repitamos: hizo La gran familia. Y a mí me basta. La vi con mis padres cuando era hijo y ahora la veo con mis hijos siendo padre, y a ver si la sigo viendo con mis nietos cuando sea abuelo: sería buena señal. Para mí, quiero decir.

Dos partes vertebran la peli. Una atañe a las alocadas Navidades de una simpática y muy numerosa familia madrileña de clase media… tan numerosa, 15 hijos, que Franco concedió a la cinta el marchamo de “Película de Interés Nacional”. Pero como la Navidad no tiene nada que ver con lo que en esta serie se pide, dejemos correr una tupida arpillera.

La otra sí. La otra parte cuenta el veraneo de la familia Alonso en Tarragona y, amigos, yo ya no sé con qué escena quedarme. Mmmm, hago memoria (tampoco tanta, la habré visto como 12 veces). La secuencia de la llegada de los Alonso a los bungalows del complejo residencial Ciudad de Vacaciones como si de la expedición en busca de King Kong se tratara (y el magistral abuelo Pepe Isbert dando la manita a Chencho, el bebé de la casa, a ritmo de música pseudoafricana) es directamente memorable. Lo mismo que los preparativos de lanzamiento del cohete con paracaidista incluido frente al cegador y azulísimo Mediterráneo (ejem, esto era un suponer, la cosa era en blanco y negro) y su posterior aterrizaje en medio del encendido idilio entre el padrino (José Luis López Vázquez, feo como él solo y actor inmenso) y la institutriz (Paula Martel, actriz del montón y una belleza de quitar el hipo). O el desembarco de los niños y el abuelo en el cine de verano para ver un programa doble de indios y vaqueros. Y el paseo romántico frente al mar del padre (Alberto Closas) y la madre (Amparo Soler Leal) constatando con dulzor y amargura a partes iguales lo a toda hostia que pasan los días, las semanas, los meses, los años, las décadas, la vida…

Todo sabe a sal, todo huele a mar, todos son buenos y la maldad y la estupidez parecen haberse quedado sin sitio en el mundo, un paraíso en blanco y negro. Lo han adivinado: la peli pasó el corte de la censura. Cero problemas. Era el cine del franquismo. Pues al pilón con el franquismo. Pero mis veranos —sigo sentándome al menos un día de vacaciones, al subir de la piscina de Madrid o de la playa de La Concha y me quedo fascinado con Pepe Isbert otra vez— siguen sin ser veranos sin La gran familia.

Y ahora llámenme carca.

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