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libros

El escritor que se llevó Rusia en una maleta

Deslenguado y socarrón, prohibido y exiliado, Serguéi Dovlátov es el padre de la narrativa rusa contemporánea. Varias editoriales rescatan sus desopilantes novelas

Serguéi Dovlátov, en 1980 en la sede del periódico 'Svoboda' en Jersey City, junto a su exesposa Yelena Dovlatova. rn
Serguéi Dovlátov, en 1980 en la sede del periódico 'Svoboda' en Jersey City, junto a su exesposa Yelena Dovlatova.

"¡La mayor desgracia de mi vida ha sido la muerte de Anna Karénina!”, manifestó una vez Serguéi Dovlátov, novelista de “natural dulzura y bondad” que era incompatible “con el ambiente circundante, ante todo el literario”. Con estas palabras, Joseph Brodsky recordaba a su amigo, y compañero de exilio, con motivo del primer aniversario de su repentino fallecimiento en Nueva York en un artículo titulado “El mundo es monstruoso y la gente es triste”. En esa nota necrológica, el aclamado poeta añadía que su paisano —ambos crecieron en Leningrado, una ciudad en ese momento ya inexistente— era un escritor que no hacía tragedias de las cosas que le pasaban, “porque la tragedia no le convenía (…). Era admirable sobre todo justamente por su rechazo de la tradición trágica de la literatura rusa”. Con esa confesión sobre cuáles eran sus sentimientos por la heroína de Tolstói, Dovlátov acuñó una de las mejores formulaciones posibles sobre una manera radical de entender vida y literatura como una lúdica simbiosis. Ávido coleccionista de curiosidades y curtido cazador de anécdotas, fue un gran exponente del arte de trasladar las experiencias vitales a las páginas de sus relatos y novelas, teñidos de un escepticismo irónico en el que emerge la absurdidad humorística de la vida y un estoico acatamiento de esa fuerza ajena llamada destino.

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A Dovlátov le estamparon en su pasaporte el sello de salida de la Unión Soviética en 1978, finalmente resignado a convertirse en un escritor en tierra ajena: en La maleta entonó un canto nostálgico a la patria perdida. Decidirse a coger el petate no le resultó fácil, pese a estar continuamente en el radar de la policía secreta —su expediente era “más pesado que el Fausto de Goethe”— y vetado para ejercer cualquier empleo, tras dos arrestos y problemas con “el eterno acompañante del escritor ruso: el alcohol”. En su novela Zapovédnik (hasta ahora inédita en español y recién publicada en España y Argentina con los títulos de Retiro y La Reserva Nacional Pushkin, respectivamente), el alter ego del autor, un tipo socarrón de Leningrado de nombre Borís Alijánov, acuciado por las deudas, recién divorciado e inveterado dipsómano, va en busca de trabajo como guía turístico al museo-reserva consagrado a Pushkin, el poeta ruso por antonomasia, convertido en mito soviético y símbolo de la cultura. Esta suerte de parque temático se encuentra en Púshkinskie Gori, en la región de Pskov, 400 kilómetros al suroeste de su ciudad, esa urbe de “pomposo estilo horizontal” donde “la nobleza es tan corriente como el color enfermizo de la tez, las deudas y una eterna autoironía”. Cuando su exmujer va a verlo para comunicarle su inminente partida a Estados Unidos con la hija de ambos, él trata de justificar por qué no quiere abandonar su país natal, aunque no lo publiquen y sea un autor prohibido, incapaz de ganarse el sustento: “En un idioma ajeno perdemos el 80% de nuestra personalidad. Somos incapaces de bromear, de ironizar”.

Lecturas

Retiro. Traducción de Tania Mikhel­son y Alfonso Martínez Galilea. Fulgencio Pimentel, 2017.

La Reserva Nacional Pushkin. Traducción de Irina Bogdas­chevski. Añosluz Editora, 2016.

El parc. Traducción catalana de Miquel Cabal Guarro. Labreu Edicions, 2017.

El oficio. Traducción de Irina Bogdaschevski. Añosluz Editora, 2017.

Finalmente el pragmatismo se impuso: Dovlátov se instaló en la Gran Manzana, en el barrio de Forest Hills de Queens —donde hace tres años bautizaron una calle con su nombre—, pasó a ser uno de los integrantes de la “tercera ola” de emigrados rusos (junto con Brodsky, Aksiónov, Voinóvich, Limónov o Solzhenitsin) y dejó atrás una vida transitando por los márgenes, desde su nacimiento en 1941 en Ufá (actual capital de la República de Baskortostán), adonde fueron evacuados, durante la Segunda Guerra Mundial, sus padres: ella, actriz armenia (posteriormente, correctora); él, un director judío de teatro. Dovlátov estudió Filología Finlandesa en la Universidad de Leningrado, si bien no llegó a licenciarse. Sirvió en el Ejército Rojo como guardia de un campo de prisioneros en la República de Komi entre 1962 y 1965, experiencia que plasmó en La zona, en cuya primera página se lee esta advertencia: “Cualquier parecido entre los personajes de este libro y personas reales es malintencionada. Toda invención artística es imprevista y casual”. En 1974 se trasladó para trabajar como periodista a Tallin, donde situó las peripecias narradas en El compromiso. De la capital estonia decía que era la ciudad menos soviética de la región del Báltico: “Tallin es una ciudad vertical, introvertida. Observas las torres góticas y piensas en ti mismo”. Durante años, su vida rodó de Oriente a Occidente. En El oficio —novedad editorial en Argentina y de próxima aparición en España— describe sus tentativas fallidas de publicar en la Unión Soviética y recoge una crónica de la andadura, desde su lanzamiento hasta su clausura, de El Nuevo Americano, un periódico del que fue su cofundador destinado al colectivo de emigrados rusos en Nueva York, ciudad que Dovlátov calificaba de camaleón: “La amplia sonrisa de su rostro se transforma fácilmente en una mueca de desdén”.

Sus textos están teñidos de un escepticismo irónico en el que emerge la absurdidad humorística de la vida y un estoico acatamiento de esa fuerza ajena llamada destino

La hija de Dovlátov, Katherine, traductora y editora de las obras de su padre, comenta por correo electrónico que en el centro de sus relatos “están las personas y la condición humana. Sus personajes, estrambóticos y memorables, se revelan por su manera de hablar, ya que en ruso los registros lingüísticos tienen muchísimos matices que dejan adivinar claramente a qué clase social pertenece un hablante y cuál es su nivel cultural”. En cuanto a su relación con The New Yorker, en el que durante su última década de vida vieron la luz una decena de relatos suyos, muy apreciados por los editores del semanario tanto por su humor cáustico como por su estilo lacónico y descarado, Katherine observa: “Mi padre escribía en ruso. El primer relato suyo que seleccionó The New Yorker vio la luz sólo medio año después de que llegara a Estados Unidos. Nunca se planteó escribir en inglés y prefería colaborar con traductores competentes”. Añade la hija de Dovlátov que ha notado un resurgir de la popularidad de la obra de su padre en el último lustro, en especial en Rusia, donde recientemente se ha erigido una estatua en su honor. Hace dos años, el famoso director Stanislav Govorujin estrenó una película inspirada libremente en El compromiso. Alekséi Guerman hijo presentará su filme biográfico sobre Dovlátov este otoño. El estudio de Serguéi Bezrúkov acaba de comprar los derechos para hacer una adaptación cinematográfica de Zapovédnik.

En Nueva York, esa ciudad que, según el autor de La zona, “estaba hecha para la vida, el trabajo, la diversión y la ruina”, la generación de escritores rusos de la década de 1960, todos ellos admiradores de Hemingway, que en su Leningrado natal optaron por un camino creativo radicalmente distinto al de sus antecesores —esto es, ignorar la realidad que emanaba de la vida y de la literatura soviética y recuperar la primera persona del singular—, dos de sus mejores exponentes, Brodsky y Dovlátov, encontraron lo más parecido a un hogar. “Esta ciudad tiene tanta diversidad que llegas a entender que hay un rincón también para ti”, afirmaba este último. “Creo que Nueva York es mi ciudad última, definitiva y final. Desde aquí, uno sólo puede huir a la Luna”.