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‘Twin Peaks’, desconcierto al cuadrado

Tres periodistas de EL PAÍS opinan sobre el regreso de la serie creada por David Lynch

'Twin Peaks'

Libre como Lynch, por Eneko Ruiz Jiménez

En artes como la pintura y la música, el público no busca una narración lineal y coherente. Nuestro subconsciente une sus piezas abstractas para destilar un valor emocional. Pero el cine es muy distinto. En el séptimo arte, nuestra educación nos lleva a buscar algo que tenga sentido bajo ciertas reglas narrativas. Sin embargo, directores como Buñuel, Fellini y Lynch se atrevieron a romper esas normas para convertir la experiencia visual en un arte nacido de la pura emoción y casualidad. Llevaron el surrealismo a las salas, pero no a todos los públicos. Esa expresión alcanzaba un culmen en la última obra del estadounidense. Inland Empire era una cinta imposible de un autor que mandaba un claro mensaje: se sentía libre para hacer lo que quisiera, sin plegarse ante estudios, el público ni la narración tradicional. Sin esa libertad, no volvería.

Twin Peaks, la serie con la que revolucionó la televisión, recupera 25 años después a muchos de los personajes, tiene asesinatos macabros y mantiene su extraño sentido del humor. Pero su onírico renacimiento no se deja llevar por las nostalgia ni la autorreferencia tan habitual en estos regresos. No hay diálogos forzados que recuerden lo que pasó ni rellenen los huecos. Al contrario. Lynch casi abandona el pueblo salido de un cuadro de Norman Rockwell para narrar historias aparentemente inconexas que de nuevo dan rienda suelta a la lucha entre el yin y el yang característica de su obra.

‘Twin Peaks’, desconcierto al cuadrado

Y, aun sin ser tan caótico (en el mejor sentido de la palabra) y desconcertante como su última obra, esto es Lynch en estado puro. Algo que no se ha hecho en televisión en dos décadas. Una voz personal y libre que no se conforma con complacer. Para disfrutarlo, no solo hay que ser seguidor de Twin Peaks, sino también de su apabullante obra. A Lynch no le atraen los cantos de sirena: su estilo no está hecho para los tiempos donde abunda un espectador que busca respuestas con mapas, teorías y rápidas conclusiones en foros y redes sociales. Twin Peaks, en realidad, ni siquiera se debería explicar solo habiendo visto dos de sus 18 horas. Es imposible.

Y, sí, es normal que no todos nos sintamos atraídos por el cine de Lynch, un puzle sin forma, maravilloso, desasosegante y frustrante. Al fin y al cabo nuestro mundo no nos empuja a vivir esa experiencia. Pero cuando logras adentrarte en su mundo, no hay nada igual.


Un juego sin reglas, por Álvaro P. Ruiz de Elvira

No esperaba menos de David Lynch. Es decir, que con la vuelta de Twin Peaks ha hecho lo que le ha dado la reverenda gana, por decirlo de una manera suave. Y por ello, le aplaudo. La vuelta de la serie que cambió en cierta forma las reglas del juego ha sido extraña. Los dos primeros capítulos son Lynch en estado puro, el Lynch que ha evolucionado en los últimos 25 años, el que pasó por Mullholland Drive, pero no tienen el encanto que tuvo la serie (contemos desde el primer capítulo hasta que entierran a Leland Palmer). El encanto de un pequeño pueblo del que nunca vimos sus calles, solo el interior de una cafetería, de una comisaría, de un hotel de madera, de una serrería y de un par de bares. Y el encanto de un humor surrealista que en la vuelta es, de momento, casi inexistente. Pero las reglas las puso en su día Lynch (hasta que le dejaron) y las vuelve a poner ahora el cineasta, con libertad absoluta.

‘Twin Peaks’, desconcierto al cuadrado

Y en esa libertad está el olvidarse de lo nostálgico todo lo posible y en situar al espectador en varios escenarios desconcertantes, y en poner a los personajes, muchos nuevos, en situaciones de momento inexplicables. Lo extraño es que muchos de ellos estén tan lejos del pueblo original. Lynch va a jugar con la dualidad de nuevo, con el concepto de doppelgänger. Y lo va a hacer ampliando el universo de Twin Peaks cambiando las reglas. Y es lo mejor de este retorno, no volver a lo mismo. Y lo hace en un momento en el que en la televisión ya estamos acostumbrados a historias que van más allá de lo normal, en su narración, en su estructura y en sus personajes, se llame The Leftovers o se llame Fargo. Ahí igual tiene también un nuevo público que se enganchará a Twin Peaks sin necesidad de ver la serie original.

La nueva Twin Peaks gustará indudablemente a los seguidores de Lynch. Despistará a los que les gustaba la serie original sin ser seguidores de Lynch. Y ahuyentará a los que nunca soportaron ni a la serie ni a su creador. Si es que llegan a verla. Quedan otros 16 capítulos y todo puede cambiar. Lo hará, es Lynch. Quizá volvamos por momentos a ese Twin Peaks de buen café y tartas de cereza, ojalá haya momentos así. Y a volver a ver al agente Cooper en su estado original, ese hombre optimista de imagen naif que era el alma de la serie. Verle con el pelo largo, asqueroso y esa camisa de piel de serpiente ha sido un shock. Pero todo apunta a que en general será el Twin Peaks de cortinas rojas, de encuadres de cámara oblicuos, de falta de simetría, de sueños pasados por LSD. Es Twin Peaks pasado por Mullholand Drive. Y no esperaba menos. A mí, me va a tener pendiente, al menos un capítulo más, seguro que hasta el final… Y es que desde que se anunció la vuelta de Twin Peaks, con Lynch y Mark Frost de nuevo al frente, yo acepté las reglas del juego. Reglas inexistentes.

Una nueva tomadura de pelo, por Natalia Marcos

"Hola, agente Cooper. Volveremos a vernos en 25 años". Fue una de las últimas frases que escuchamos en la Twin Peaks original y ahora, algo más de 25 años después, es lo primero que suena en la nueva entrega de la serie que marcó el comienzo de la revolución de la televisión.

‘Twin Peaks’, desconcierto al cuadrado

Twin Peaks va contra corriente. Ya lo hizo en 1990 y lo vuelve a hacer ahora, cuando David Lynch, tras años de silencio en el cine, regresa a la televisión para hacer lo que le da la gana. ¿Que no tiene sentido? Le da igual. Los dos primeros capítulos del regreso de Twin Peaks (Movistar Series Xtra los emitió esta madrugada y en Movistar+ están disponibles bajo demanda los cuatro primeros) son un festival lynchiano. El director deja a un lado la nostalgia y va directo al desconcierto, a ampliar y retorcer aún más el universo que creó allá por los noventa.

Varios crímenes misteriosos sirven de punto de arranque a la historia. Pero el espectador ya sabe que es inútil tratar de encontrar una lógica a todo lo que se ve en pantalla. Que cuando crea que empieza a entender lo que ocurre, todo va a dar la vuelta para no tener sentido. Y así ocurre en el segundo episodio, con gran protagonismo del universo onírico que esconde la cortina roja.

A Twin Peaks o la amas o la odias. Los que admiran ese mundo inexplicable y retorcido de Lynch, encontrarán en este regreso una enorme satisfacción. Los que la odian y la vieron como una gran tomadura de pelo, es mejor que huyan porque tendrán en los nuevos capítulos una nueva gran estafa. Porque el regreso de Twin Peaks es Lynch elevado al cuadrado. Parece tener la intención de volver a revolucionar la televisión sacudiendo sus elementos, agitándolo todo junto, y cuando ya no tiene sentido nada, lo planta en la pantalla. Caiga quien caiga. Eso sí, incluso los defensores de la serie reconocerán que el desconcierto y la saturación de elementos inexplicables va más allá de lo que podíamos esperar. Pero, como dicen en la serie, "ahora no todo se puede decir en voz alta". Por eso, seguiremos la corriente a Lynch como si el rey no estuviera desnudo. Pero lo está.

Queda mucho camino por delante. Serán 18 capítulos de locuras, sueños, surrealismo, explicaciones inexplicables y personajes estrambóticos. Cuando lleguemos al final sabremos qué hemos visto. O no. De momento, quien esté dispuesto a hacer frente al camino, solo puede dejarse llevar. Eso sí, solo si estás dispuesto a que David Lynch te vuelva a tomar el pelo una y otra vez.

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