OPINIÓN

¿Soñadores e ilusos?

Quizá haya llegado el momento de reconocer los límites de la utopía tecno-digital frente a la violencia concreta y a los poderes materiales

Una persona toma fotos a una pintura que representa el ex líder soviético Leonid Brezhnev besando a su homólogo alemán oriental Erich Honecker.
Una persona toma fotos a una pintura que representa el ex líder soviético Leonid Brezhnev besando a su homólogo alemán oriental Erich Honecker.HANNIBAL HANSCHKE / REUTERS

Releo un libro que no ha sido traducido (en esta época, cuando se traducen hasta los estornudos). Lo escribió el periodista Landolf Scherzer, que recorrió la que había sido línea de frontera entre las dos Alemanias. El libro tiene como título Der Grenz-Gänger, es decir el “caminante de fronteras” o, mejor, “a pie por la frontera”. Fue publicado en 2007 y me lo regaló una experta en las orillas que unen y separan culturas: Barbara Göbel, alemana, en parte criada en Argentina, antropóloga y, ¿para qué decir más?, directora del Instituto Iberoamericano de Berlín, la biblioteca donde se cuidan con devoción libros, manuscritos y periódicos en español y portugués.

El periodista Scherzer recorrió varios centenares de kilómetros entre Turingia, Baviera y Hesse. De pueblo en pueblo, con una mochila verde y una libretita. Preguntando a quien encontraba cómo andaba de trabajo, si antes tenía una mejor casa, por qué su aldea se estaba despoblando, si le gustaba ser pastor o maestro y cosas así. Habló con artesanos, peones, alcaldes de pueblos casi invisibles, campesinos, artistas, guardabosques, contrabandistas (por favor, léase la lista en masculino y femenino), de todo un poco en un mundo rural lejano a las grandes ciudades, por donde pasaba la frontera de las dos Alemanias antes de la reunificación. En la puerta de una iglesia, encuentra el siguiente cartel: “Las fronteras fueron una cruz para los hombres. Buen Dios, arruinamos la vida buena con fronteras. ¡Perdónanos! ¡Ayúdanos!” (Lucas 19,41-46).

El impulso moral de esta caminata de centenares de kilómetros es comprobar con los propios ojos cuán diferentes eran los alemanes que habían vivido de un lado y otro (o cuán iguales). No es algo sobre lo que simplemente pueda informar la sociología, sino la experiencia. El caminante de fronteras tiene la cabeza abierta y no solo las piernas resistentes.

El proyecto de EE UU de construir un muro indica que el país más poderoso de Occidente se siente amenazado

Durante años nos referimos, a veces de modo bastante superficial, a la globalización, un proceso donde, además de la implacable expansión mundial de capitales, que podía criticarse, todo lo demás parecía bonito: Internet, las redes sociales, los contingentes de viajeros que volaban de un lugar a otro comprando sus tours en la web, las anécdotas a veces bobaliconas que acompañan, como una sombra fantástica, todo gran cambio tecnológico. Había llegado el futuro. Pero, sin largos anuncios publicitarios y sin teorías académicas, también llegó Trump.

Volvió la época de las fronteras insalvables. Su proyecto de construir un muro que separe México de Estados Unidos indica que el país más poderoso de Occidente se siente amenazado. La frase una vez escrita suena tan locamente inverosímil que parece el sueño de un burócrata kafkiano. El mal viene de afuera.

El entendimiento que hizo posible la Unión Europea sería una fantasía de soñadores e ilusos. ¿Se imaginan a Adenauer y De Gaulle, cuando comenzaron el largo proceso que condujo al Mercado Común, sentados a una mesa para exigirse compensaciones por el pacto de Versalles o la restitución de territorios perdidos en Alsacia-Lorena? Y ¿si México decidiera desconocer el tratado que Estados Unidos le impuso con las armas y hoy reclamara territorios que perdió en la Texas de mediados del siglo XIX?

En 1989, Alemania vio que la línea de frontera entre la República Democrática de la República Federal caía junto con el muro que partía Berlín en dos. Significaba mucho más que la reunificación de un gran país. Permitía el optimismo. Podía imaginarse que esa sería la tendencia del siglo XXI que se aproximaba. Por supuesto, las esperanzas iban a ser defraudadas dos años después porque estallaron feroces guerras nacionalistas en Bosnia y Herzegovina. Las cosas no fueron tan sencillas como en esos días afiebrados y pasionales de 1989, cuando cayó el muro. De todas maneras, la caída del muro de Berlín nos siguió pareciendo un acontecimiento de potencial simbólico descomunal precisamente porque el muro había condensado la idea misma de frontera: sus casetas, sus guardias, los rollos de alambre, los intentos de fuga. Nada puede quitarle a la caída del muro su extraordinario simbolismo. Nos pareció que eso era para siempre.

Trump no piensa de ese modo y su capacidad simbólica es tan pobre que pone en el orden del día la palabra “wall”. Pronunciada por Trump, la palabra amenaza con arrojar al arcaísmo las fantasías occidentales sobre globalización. Lo único que hoy parece francamente global es la responsabilidad ética con los refugiados que llegan del este, expulsados por el terrorismo y los autoritarismos. Y Trump tampoco quiere saber nada con los refugiados.

Quizá haya llegado el momento de pensar que Internet no es la panacea frente a estas violencias concretas. Quizá sea el momento de reconocer los límites de la utopía tecno-digital frente a los poderes materiales. Solo se puede caminar tranquilo, como lo hizo el inteligentísimo periodista alemán en su libro, allí donde las fronteras han caído.

‘Der Grenz-Gänger’. Landolf Scherzer. Aufbau Taschenbuch. Berlín, 2007.

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