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CÓMIC

Una edad de oro de zombis, clásicos, superhéroes y vanguardistas

'Hoodoo Voodoo' representa la quintaesencia de una nueva generación de autores fresca y desvergonzada

'Hoodoovodoo', de Roberto Masso.
'Hoodoovodoo', de Roberto Masso.

Si hay algo que no puede ponerse en duda sobre la situación actual del cómic en España es que los lectores vivimos una época dorada. En los últimos años el aumento del número de novedades ha sido espectacular, pero no debería sorprender, habida cuenta de la capacidad de la industria editorial española para expandirse sin freno. Era lógico que contagiase a un sector como el del cómic, que se aleja de su tradicional endogamia estructural para abrazar una apertura tan reivindicada como insospechada en su extensión y aceptación social. Sin embargo, hay un hecho diferencial que no se debe dejar de lado: ese aumento se ha acompañado de una diversidad inaudita y una calidad media tan elevada que rompe cualquier intento de manida generalización. La estadística es dinamitada por la fortísima emergencia de una generación de jóvenes autores y autoras que se han lanzado al cómic sin deudas con el pasado, con un espíritu transgresor de cualquier norma que está protagonizando una nueva vanguardia, fresca y desvergonzada.

Otra característica del cómic actual es la recuperación de los clásicos gracias a la popularización del formato integral

Quizás el mejor ejemplo de esta nueva generación se encuentre en la antología Hoodoo Voodoo (Fosfatina), donde se recorren las sugestivas propuestas de Ana Galvañ, Julia Huete, José Jajaja, Begoña García-Alén y Roberto Massó, por citar solo algunos de la extensa lista de contribuyentes. Historias cortas que exploran nuevos espacios de la narración gráfica, desde la abstracción a la poesía visual, desde la reivindicación del underground al trazo más elegante. La editorial se define por una filosofía que abiertamente transita por el borde de la navaja, obligándose a salir de la zona de confort y establecer nuevos caminos. Una ideología cimentada en proyectos como Fosfatina 2000, una colección de obras cortas con el nexo común de la experimentación, o Teen Wolf, reescritura a cargo de jóvenes autoras del ya clásico juvenil protagonizado por Michael J. Fox. Una avalancha de insurgencia que conecta, sin duda, a ese otro gran momento del vanguardismo en el noveno arte que fue la aparición en los ochenta de la revista Madriz, dirigida por Felipe Hernández Cava, donde Raúl se erigía como un renovador incesante del lenguaje de la historieta y ahora ve recopilada su obra en el integral Contra Raúl (Ponent Mon).

Y no deja de ser una curiosa paradoja que esa edición madrizleña evidencie otra de las características que vive el cómic actual: la recuperación de los clásicos de la historieta gracias a la popularización del formato “integral” —una compilación en un único volumen de varios álbumes tradicionales franceses—, que ha permitido reencontrar con facilidad clásicos de toda la historia del cómic, desde la obra maestra del wéstern que es El teniente Blueberry, de Charlier y Giraud (Norma Editorial), a la corrosiva revisión de la ciencia-ficción en clave de teatro del absurdo que firmó Josep Maria Beà en Historias de taberna galáctica (Trilita).

Esa diversidad de la que antes hablaba favorece la convivencia en las librerías de propuestas renovadoras con otras más tradicionales, pero es indudable que esa situación está provocando un fenómeno de ósmosis palpable entre la producción más industrial y la más innovadora. No es un fenómeno nuevo, se vivió en los noventa con el trasvase de autores de la nouvelle BD francesa al cómic más mainstream, renovándolo profundamente en forma y fondo, pero ahora se está produciendo sin remisión en la hermética industria de los superhéroes americana.

El cómic americano está viviendo una “invasión” imparable de la influencia indie

Aunque sea desde series menores, cuyos cambios no pueden afectar a la todopoderosa máquina cinematográfica de generar dólares, pero el género por antonomasia del cómic americano está viviendo una “invasión” imparable de la influencia indie, aportando renovación y aire fresco. Mucha de la culpa, cierto es, la tuvo un español, David Aja, que junto a Matt Fraction abordó a un secundario como Hawkeye (Panini Comics) desde una casi tabla rasa en la que cabía desde la huida de la épica hacia la cotidianeidad hasta la incorporación de las experimentaciones formales de Chris Ware. Ese desvío del canon establecido pronto se convirtió en una brecha por la que se han colado propuestas tan interesantes como La imbatible chica ardilla, de Ryan North, Erica Henderson y Rico Renzi (Panini Cómics), que transforma a un personaje aparentemente anodino en una reflexión sobre los límites del género enfrentándose a todas sus inconsistencias; o la sorprendente La visión, de Tom King, Gabriel Hernández Walta y Jordie Bellaire (Panini Cómics), donde el famoso androide de Los vengadores aspira a la normalidad familiar abriendo un debate sobre los límites de lo humano y sus apariencias.

La riqueza de la oferta al lector debe incluir, necesariamente, al manga, ese cómic japonés que es visto por el lector más talludito como un tebeo que se lee al revés y causa cierto rechazo, mientras es abrazado por los lectores más jóvenes. Si se salva el absurdo prejuicio, encontramos una situación casi clónica de la descrita antes, que va desde la edición de clásicos como Osamu Tezuka (con obras tan indispensables como Ayako, editada por Planeta Cómic, o Dororo, por Reservoir Books) en tranquila convivencia con una inmensa lista de novedades que aportan novedad y sorpresa hasta en géneros tan trillados ahora como el zombi, con la sugerente serie I am a hero, de Kengo Hanazawa (Norma Editorial).

Nos vemos el mes que viene.