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MÚSICA

00’s | La década del pastiche y el ‘single’

Los sintetizadores tuvieron presencia gracias a nuevas damas como La Roux y, sobre todo, Lady Gaga

Lady Gaga, durante un concierto en Toronto (Canadá), en junio de 2009.
Lady Gaga, durante un concierto en Toronto (Canadá), en junio de 2009. REUTERS

La década sin nombre —cero cero, o noughties en inglés— se caracterizó por ser una amalgama de estilos, un pastiche sin parangón. Indie, disco, reguetón y pop tenían la misma entidad. La remezcla mandó, y no fue por casualidad: por un lado, la invención del iPod y el iTunes y las plataformas YouTube, MySpace y Spotify lanzaban canciones, no álbumes. Por otra parte, la democratización de los medios de producción y distribución podía hacer de un chaval con ordenador en su casa una auténtica estrella. Así, un single convertía a alguien en artista y los álbumes fueron obsoletos. Fue la década en la que el rock de garaje nos trajo canciones bailables. Las bandas anglosajonas que empezaban por "The" recordaban a The Ramones: dos acordes eran suficientes para The Strokes, The Libertines o The White Stripes. En su versión más retro, el indie se volvió disco y redescubrió el pospunk con LCD Soundsystem, The Rapture y Franz Ferdinand. Una vez más, los singles mandaban en la pista de baile y sobraban etiquetas. Daft Punk, que de esto entendían un rato, redescubrieron el pop plástico con dejes de los setenta con One More Time.

Hablando de electrónica, los sintetizadores tuvieron presencia gracias a nuevas damas como La Roux y, sobre todo, Lady Gaga, que heredaba la imagen sintética de sus predecesoras para hacer pop con Auto-Tune y aires de R&B. Poker Face y Bad Romance daban a la década una renovación andrógina muy necesaria en las pistas de baile y preparaba el terreno para el trasvase de las nuevas divas de la canción. Entre las más jóvenes destacó Lily Allen, salida precisamente de MySpace. Entre tanto single hubo dos excepciones. Amy Winehouse, una revisión de las Shangri-Las con tradición en el jazz, haría de su álbum Back To Black la banda sonora de los corazones rotos que buscan el minibar. Beyoncé, por otro lado, preparó su ascensión al podio con ayuda del hip-hop de Jay Z. Crazy In Love definió lo que era tener power.

La democratización de la producción podía hacer de un chaval con ordenador una estrella. De pronto, un tema bastaba para hacer a un artista

La música en español tuvo su propia senda en la amalgama con el auge de la fusión, que ya había dado guerra en los noventa. Hasta mediados de los dos mil, España tuvo su propio popurrí con Chambao, Amparanoia y Macaco, que no eran sino una lectura de las influencias africanas y latinas en lo que se quiso definir como "multiculturalidad". Así, explotó el reguetón en su acepción más popular con Don Omar, Daddy Yankee y Aventura, y ya no hubo vuelta atrás. La colombiana Shakira aprovechó para exportar una versión popera con Hips Don’t Lie y La tortura, convirtiéndose así en la reina dominante del género "latino" en todo el mundo. El indie español siguió fuerte pese a no llegar a las cotas de la década anterior con Nacho Vegas, Pauline en la Playa y Sr. Chinarro, y comenzaron a despuntar los que hicieron del pop rock indie su rock de estadio —Love of Lesbian, Standstill y Vetusta Morla—, anticipando lo que acabaría definiendo la década siguiente.

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