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Marea de clásicos

Con la tempestad de novedades en calma, el verano es buen momento para acercarse a libros que han pasado todos los filtros del tiempo. Abundan, además, la buenas ediciones

Ilustración de Fernando Vicente.
Ilustración de Fernando Vicente.

Cualquier repaso a las últimas novedades aparecidas en el apartado de “Clásicos” tiene que encabezarla, con todos los honores, los Cuentos completos de Joseph Conrad. Su traductor, Fernando Jadraque, ha venido traduciendo y publicando los libros de relatos de Conrad y ahora los reúne en un sólo volumen. El suyo es un trabajo esforzado, exigente, llevado adelante con verdadera devoción por el autor. La presente edición consta de siete volúmenes de cuentos, entre los que se encuentran los dos más famosos: Cuentos de inquietud y Seis relatos y tres novelas cortas: El corazón de las tinieblas, Tifón y La soga al cuello. Falta, es cierto, alguna novela corta, como La línea de sombra, pero el conjunto del volumen es soberbio. No es este el momento de analizar la obra de Conrad sino de recordar que es uno de los más grandes novelistas del tránsito del XIX al XX.El tema del honor y el comportamiento es fundamental en la obra de este gigante literario, tanto para ensalzar el heroísmo y la dignidad como para hablar de la expiación. Aventurero desde su juventud, en 1895 se retiró del mar, como el artillero Peyrol, el protagonista de El pirata, y se dedicó a la literatura. Su peculiar inglés, más bien recargado (él era polaco) le concede una capacidad de sugerencia y una precisión expresiva inigualable. Este es un libro necesario, absolutamente necesario.

Ya hablen del heroísmo o de la expiación, los cuentos de Conrad ocupan un lugar de honor entre las últimas versiones de títulos clásicos

El siguiente en la lista debería de ser Huckleberry Finn, de Mark Twain. Contiene dos alicientes muy queridos por cualquier buen lector: la aventura y la lucha por la supervivencia, reunidos en la singladura de un humilde muchacho por el río Missisipi en compañía de Jim, un joven negro que desea escapar de la esclavitud. A ellos se añade el inefable Tom Sawyer. El sentido de la amistad está muy presente en esta historia inmortal. Un libro fundacional de la literatura norteamericana contado por un pillastre listo, rápido y curtido en la desdicha.

El amante de Lady Chatterley es el libro más conocido y citado de D.H.Lawrence, Debe su popularidad al proceso por escándalo público y la prohibición de editarlo que le cayó encima de mano de la autoridades que velaban por la moral, pero siendo una excelente novela no es la mejor, no alcanza el poderío de El arco iris y Mujseres enamoradas. Contiene todas las obsesiones de su autor: la libertad de sexual, el valor emocional de la pasión, la equiparación de los sexos y la búsqueda de una expresión literaria que pudiera expresarlo todo ello sin tapujos. La escritura de Lawrence es pasional, torrencial, fogosa, incandescente e incluso reiterativa en su afán por expresar las pulsiones del cuerpo lejos de los límites impuestos decoro y el puritanismo tradicional. Un gran personaje femenino.

Ilustración de Fernando Vicente. ampliar foto
Ilustración de Fernando Vicente.

Muy diferente -aunque igualmente cargada de sexo explícito, en este caso abusivamente- es Justine o los infortunios de la virtud, del Marqués de Sade. Muy diferente porque se trata de un autor que teoriza sobre la depravación acompañándose de ejemplos que no ahorran detalle. Justine, una muchacha que defiende su virtud es objeto de toda clase de vejaciones sexuales a las que, sin embargo, su hermana Juliette se entrega con placer. Frente a los límites de la virtud, el apogeo de la inmoralidad. Un anarca del sexo como representación de la ruptura de toda convención. La virtud es castigada; la perversión, premiada. Un clásico inevitablemente aburrido y repetitivo en las escenas de sexo explícito. Un aliciente: el traductor es José Ramón Monreal.

Cuentos completos. Joseph Conrad. Traducción de Fernando
Jadraque (Valdemar)

Las aventuras de Huckleberry Finn. Mark Twain. Prólogo de Roberto Bolaño. Traducción de J. A. de Larrinaga. (Literatura Random House)

Justine o las desgracias de la virtud. Marqués de Sade. Traducción de José Ramón Monreal (Navona)

Diario de un viaje a las Hébridas con Samuel Johnson. James Boswell. Traducción de A. Rivero. Taravillo (Pre-Textos)

Un crucero de verano por las Antillas. Lafcadio Hearn. Traducción de Regina López. Muñoz (Errata Naturae)

Una historia de Nueva York. Washington Irving. Traducción de E. Maldonado. (Nórdica)

La isla misteriosa, de Julio Verne es la más misteriosa de sus novelas y la mejor junto con Miguel Strogoff. En un estupendo prólogo, Constantino Bértolo, éste dice: “La vigencia de Verne parece avisarnos de que sus sueños siguen siendo nuestros sueños y que sus temores siguen ocupando un lugar de relieve en el registro de nuestros miedos”. Esta novela muestra cómo Verne responde a la genuina figura del Narrador que fijó Walter Benjamin: el que sabe contar y mantenernos en vilo sin otra arma que una misteriosa fascinación por una historia bien contada.

James Boswell dedicó su vida a contar la vida de uno de los más fascinantes personajes que ha dado la literatura inglesa: el Doctor Johnson, un sabio jovial, un gran crítico, extravagante, vividor e inmoderado, autor del primer diccionario de la lengua inglesa: El diario de un viaje a las Hébridas con el doctor Johnson, un libro que cuenta una expedición a la cuna del tweed y los grandes maltas, a la vida sencilla y salvaje de sus habitantes, a la dura e impresionante existencia en este archipiélago situado junto a la costa oeste de Escocia. Una muestra impagable de inteligencia y buen humor.

Huckleberry Finn, reeditado con prólogo de Roberto Bolaño, es un libro fundacional de la literatura estadounidense

Un viaje realiza también Lafcadio Hearn, minucioso escritor de gran sensibilidad y no menor calidad literaria, en Un crucero de verano por las Antillas, desde el Mar de los Sargazos hasta el Trópico. Todo el exotismo y la sensualidad antillanas se despliega ante los ojos de un viajero como Hearn, antecedente de los grandes libros de viajes del siglo pasado, que anuncia al comienzo que son sólo notas tomadas durante el viaje, un mero intento “de dejar constancia de las impresiones tanto visuales como emocionales del momento”. Que nadie se fie de esta humilde declaración, el libro es un tratado de belleza natural como pocos se dan en esta vida,

Washington Irving concibió Una historia de Nueva York que no tiene desperdicio. Empleó el truco del manuscrito abandonado en un hotel como pago de la cuenta para atribuir a un tal Knickerbocker la escritura de esta “historia” que no es sino una visión real, poética y divertida a la vez de la ciudad que fuera fundada como Nueva Amsterdam y de su existencia bajo los tres primeros gobernadores neerlandeses. Una delicia.

Todo el exotismo y la sensualidad tropical se despliegan en Un crucero de verano por las Antillas, de Lafcadio Hearn

A época posterior, finales del XIX, en los años de hierro del capitalismo industrial y urbano, pertenece La madre de George, una dolorosa historia de opresión y destrucción del individuo por el medio debida a Stephen Crane, maestro del naturalismo norteamericano, autor de Maggie, una chica de la calle y de La roja insignia del valor, se nos presenta ilustrado por Juan G. Lerma en una bella edición.

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