SILLÓN DE OREJAS
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Otros bochornos

Muhammad Alí no era un pensador, pero supo entender su papel, algo que queda patente en su autobiografía

Sonny Liston, tendido en el suelo y Muhammad Ali, de pie, gritándole para continuar con la pelea, el 25 de mayo de 1965.
Sonny Liston, tendido en el suelo y Muhammad Ali, de pie, gritándole para continuar con la pelea, el 25 de mayo de 1965.John Rooney

Bochornosa, pegajosa, estupefaciente tarde de sábado. La primera cadena de la televisión pública emite urbi et orbi el cada vez más inaceptable, incivilizado y sanguinario espectáculo de la matanza de seis toros, seis, a cargo de un tipo resplandeciente de lentejuelas y alamares que se pavoneaba en un albero teñido de jalde frente a una multitud ansiosa de presenciar una faena rebosante de “arte”. En un libro que conservo como oro en paño (Ritos y juegos del toro, Taurus, 1962), el historiador de las religiones Ángel Álvarez de Miranda (1915-1957) afirma que “desde sus primeras manifestaciones (...) la corrida moderna considera la muerte del toro no como un elemento esencial, sino como la culminación de la fiesta”. Claro que, fiesta, a su modo, también lo fue la de la guillotina, con sus ritual, sus “suertes”, y sus tricoteuses que no perdían ripio del espectáculo de la decapitación y, luego, regresaban con su silla a casa. Hay fiestas que pudieron tener sentido y que hoy repugnan a la sensibilidad de la mayoría. ¿Que se pierden tradiciones?: también se ganan otras; “no debemos pensar ni actuar como hijos de nuestros padres”, decía Heráclito en fragmento que Marco Aurelio comentaba así: “Es decir, aceptar simplemente las cosas heredadas”. Apago el aparato de las imágenes bochornosas y me viene a la cabeza, sin (aparente) relación, unas palabras recientemente leídas del fallecido Muhammad Alí, antes conocido por su “nombre de esclavo” Cassius Clay, acerca de otro espectáculo de sangre del que fue protagonista indiscutible hace ya más de medio siglo: “Los boxeadores son animales que vienen a entretener a la gente rica blanca”(...), “los amos [del boxeo] toman a dos de nosotros, grandes esclavos negros, y los ponen a luchar mientras apuestan a que su esclavo machacará al del otro”. Muhammad Alí no era un pensador, pero supo entender su papel, algo que queda patente en su autobiografía El más grande (T& B editores), en la que, por cierto, trabajó Toni Morrison durante sus años como editora en Random House. Y cuando se enfrentó, a cuenta de su negativa a ser enviado a Vietnam, al establishment blanco que le había ensalzado hasta el delirio, se convirtió en un icono de los derechos civiles y del orgullo racial negro. Medio siglo después de la eclosión pública de aquel orgullo malherido y de la fundación de los Black Panthers, dos editoriales recuperan sendos libros de Angela Davis, una de las figuras más icónicas e interesantes de aquella década también prodigiosa para la igualdad de las razas: su Autobiografía (Capitán Swing) y Una historia de la conciencia, que reúne ensayos (incluyendo el célebre Harta y cansada de estar harta y cansada) escogidos y prologados por Mireia Sentís (Ediciones del oriente y del mediterráneo).

Feria

Mejoraron las ventas en la Feria en su segundo fin de semana. Tampoco para echar cohetes, sin embargo; casi todo el mundo está de acuerdo en que ya no volverán las cifras de ventas de antes de lo de Lehmann Brothers. Para mi (relativa) sorpresa las colas más largas del domingo pasado correspondían a autores como Elisabet Benavent, Gona 89, Dalas Review, Mario Vaquerizo o Risto Mejide, de quienes no he tenido la suerte de leer nada. Ya ven: estoy fuera de onda, y aún no me hago a la idea de lo que afirmaba Valeria Ciompi (Alianza) en una reciente entrevista: “En la mayoría de manuscritos que recibimos hay una reducción de la sintaxis, del léxico; hay una aspiración de ser entendidos por el gran público, (por) un lector que quizás esté menos dispuesto a prestar atención al texto altamente literario y denso”. Por lo demás, conseguí, un año más, el catálogo especializado que edita Feli Corvillo (librería Polifemo), dedicado en esta ocasión a Carlos III y la ilustración. Y me sorprendió, plantado en medio de la riada de (presuntos) lectores y ojeadores de celebrities, la presencia de un admirable anciano disfrazado de preso con una pancarta en la que se leía, escueta y aseverativa, la leyenda Qué milagrosa fe / votar aún a PP o PSOE. En esta feria hay de todo.

Palabras

Tengo la suerte de contar entre mis amigos al académico Pedro Álvarez de Miranda (a cuyo padre también se cita en este sillón), de cuya sabiduría léxica me aprovecho de cuando en vez. Participante durante muchos años del Seminario de Lexicografía que, bajo la dirección del maestro Manuel Seco, elaboraba el Diccionario histórico de la lengua española, Álvarez de Miranda también dirigió la 23ª edición del DRAE, de modo que está más que habituado a disipar los estratos de significado que se van acumulando sobre las palabras y ocultan su nacimiento y biografía. Pero, además, es uno de esos sabios que comprenden la importancia de comunicar bien lo que saben (“enseñar deleitando”, como querían los antiguos), por lo que leer sus libros constituye un auténtico placer inteligente. He vuelto a experimentar la sensación leyendo a saltos su último libro Más que palabras (Galaxia Gutenberg) que, además, ofrece la ventaja suplementaria de no exigir al lector la lectura de cabo a rabo. Álvarez de Miranda utiliza a menudo, para lanzarse al erudito juego de la pesquisa de las palabras, el estímulo de su uso por escribientes y hablantes; así, por ejemplo, reflexiona sobre “coquilla” o “bragueta” a partir de un texto de Javier Marías, sobre el femenino de “verdugo” a partir del efímero comentario de un amanuense, o sobre la utilización de “repampinflar” o “refanflinfar” a partir de la respuesta de una política que ya no se presenta a las elecciones. Si les gustan las palabras, no se pierdan este divertido (y cultísimo) libro de uno de sus más conspicuos amantes.

Indispuesto

Veo en el blog de Javier Marías (del que el novelista no se ocupa directamente) una referencia (con foto colectiva) a la visita de los actuales monarcas a la RAE, bajo el título de El Rey con los Reyes, sin duda un guiño a la condición de monarca (de Redonda) del autor. En la misma entrada se incluye un enlace a la crónica que de aquel momento escribió Winston Manrique, y en la que, tras afirmar que al acto habían asistido la mayoría de los académicos, se añade que “uno de los pocos ausentes fue Francisco Rico”. Inquieto ante una posible enfermedad del más quijotesco de los académicos, le llamé para preguntarle si se sentía indispuesto; “físicamente, no” me respondió con laconismo estoico. Y no logré sacarle una palabra más.

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