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MÚSICA

En el basurero del rock del nuevo milenio

Un severo ajuste de cuentas se cierne sobre bandas como The Libertines, The Kooks o Razorlight, protagonistas del indie de los años 2000. Sus miembros se lo toman a risa

Razorlight. Su líder, Johnny Borrell es el tercero por la izquierda.
Razorlight. Su líder, Johnny Borrell es el tercero por la izquierda.

Lo llamaron “vertedero indie” (landfill indie), y no por capricho. Realmente se antoja un descampado ventoso donde alguien se desembarazó de todas las cosas sin valor de un piso derruido. Deconstruyo la metáfora: el piso derruido es la década de 2000, las cosas sin valor son los grupos de guitarras angloamericanos que obtuvieron hits, y el vertedero, como ya suponen, es la consideración actual del público. Sí: Razorlight, The Kooks, Klaxons, The Killers o The Fratellis son algunos de los más olvidables desechos de la historia del pop. Los bolígrafos promocionales, llantas abolladas de bicicleta y tapas del váter tifoideas que uno halla con solo dar una patada en el basurero municipal (del rock).

Los grandes sellos suplieron la demanda fichando a cualquiera que supiese empuñar una Gibson y hacer morritos

Para comprender el escuálido nivel del indie de los años 2000 tienen que examinarlo desde un punto de vista histórico. Imaginen una década de los sesenta en que The Beatles, The Who, Kinks, The Byrds y Beach Boys jamás hubiesen existido, y su lugar en el olimpo de la música popular (con la responsabilidad cultural que ello conlleva) lo ocupasen, qué se yo, Freddie & The Dreamers y Los Javaloyas. Imaginen cómo habría afectado aquello a la juventud, al progreso musical, al imaginario colectivo, al futuro. Algo parecido ocurrió en 2001: había que tapar el boquete (económico) que había dejado la ausencia de rock and roll independiente en la música de masas, y las discográficas se apresuraron a colgar el cartel de “Plazas vacantes. No se requiere experiencia” en sus sedes corporativas.

Sí: fue un acto de pura desesperación mercantil. El dance lo había conquistado todo, dejando a un amplio sector del público indie tradicionalista en perfecta orfandad musical. Los grandes sellos suplieron aquella demanda incipiente con una oferta todo a 100, fichando a cualquier pisaverde que supiese empuñar una Gibson y hacer morritos ante la cámara. El resultado ya lo recuerdan: la generación musical con menos talento hasta la fecha en el centenario arco de la música pop. El indie de los años 2000 era tan pobre en intención, resolución, memorabilidad y salero que a su lado el brit pop (otro momento bajo del pop de masas) parece un producto de genios, y Noel Gallagher, una lumbrera.

Imagen promocional de The Killers.
Imagen promocional de The Killers.

Lo sé: no debería indignarme. Después de todo, en décadas previas se habían dado casos similares. Las avalanchas de A&R chequera en mano fichando a lo loco a cualquier subproducto de segunda y tercera división del género en boga (nueva ola, cantantes protesta, punk rockers…) han sido una constante en el devenir del rock and roll desde su gestación. Por eso existen millones de discos. Porque cada lustro se satura el mercado con angustiados intentos de conseguir nuevos Elvis, Dylan, Rolling Stones o Supremes. Nuevos The Clash o The Smiths o R.E.M. Y eso, no crean, está bien; soy un ferviente seguidor de las ligas comarcales, los intentos fallidos, los talentos psé, los one hit wonders. La ciclópea diferencia estriba en que los Clash, Smiths y R.E.M. del indie de la primera década del milenio eran The Strokes, The Libertines y Arctic Monkeys. Hablamos de una escena cuyos máximos baluartes eran morralla derivativa: productos mediocres, sosos, homogéneos o simplemente de genio escuálido que de repente se hallaban a la vanguardia del rock mundial.

La culpa, como siempre, podemos echársela a las multinacionales, pero sería injusto negar que existió un público comprador y jaleador. Un público que aceptó tan pancho la aparición de The Walkmen (mindundis que jamás deberían haber escapado del circuito de pubs) tocando The Rat (una canción insignificante) en hora punta en el show de Conan O’Brien, o los funestos Kings Of Leon —obtusos, grises y más AOR que Journey— encabezando los carteles de macroeventos veraniegos, o Bloc Party —una bagatela total— siendo aceptados como gran banda art rock del momento, los nuevos Talking Heads. No me digan que no suena a alucinación colectiva, estilo Hipnosapo.

Imagen promocional de The Fratellis.
Imagen promocional de The Fratellis.

Les contaré lo único bueno de este despropósito. Al tratarse de sujetos más o menos avispados de países plenamente desarrollados, los integrantes de muchos de aquellos conjuntos de Don Nadies están hoy revisitando con notable sentido del humor su pertenencia al género. El mismísimo Johnny Borrell (de Razor­light), bocazas diplomado del landfill indie, respondió una entrevista tronchante donde analizaba grupo a grupo (incluyendo el suyo) aquel timo abismal. Esa exhumación irónica-a-medias tiene incluso sus propios papeles de Panamá: un hashtag de Twitter llamado #indieamnesty que se tornó viral cuando una pandemia de graciosetes pentiti, exmiembros de todas aquellas bandas (mayormente británicas), se apresuraron a mofarse de sus propios traspiés (se me quedó grabado el autoexplicativo I Was In The Coral; como si para comprender el horror no hiciese falta añadir nada más).

En España, claro está, que suceda algo así es más complicado. En el excelente libro Pequeño circo. Historia del indie en España, de Nando Cruz, cundía el melodramático rasgado de vestiduras con puñetazos al propio pecho; el ver la paja en el ojo ajeno, pero no el palé de ladrillos en el propio, o la defensa en catenaccio, pero —si descontamos a David Beef, Murky y un par más— no abundaban la mirada cómica o la ligereza. De hecho, hallar a una sola persona de la corte indie de los noventa española (o, mismamente, de la movida) haciendo hoy verdadera mofa de su participación en aquel asunto es una tarea ardua. Pues aquí, en el pop patrio, lo de tomarse a uno mismo en serio hasta el sepelio es una tradición inmutable. Una religión, incluso.