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Soraya y lo peor

En el debate de Antena 3, Soraya dio siempre la sensación de estar ahí haciendo lo que podía, no lo que debía, porque no debía estar allí

Imagen facilitada por ATRESMEDIA (i-d), de Pedro Sánchez; Pablo Iglesias; Albert Rivera y Soraya Sáenz durante el debate televisivo e en los estudios de Antena 3 en Madrid. EFE.

Rajoy corría esta noche el riesgo de que al final no se supiera bien quién es el número dos de quién. Porque, admitámoslo, en un debate de números doses Soraya parecería fuera de sitio, como degradada, pero quizá Rajoy se sentiría más a gusto y no se iría a Doñana a verlo por la tele. Hay cosas que las tiene que explicar un presidente y no puede enviar a un propio. Soraya dio siempre la sensación de estar ahí haciendo lo que podía, no lo que debía, porque no debía estar allí.

La ausencia de Rajoy pronto quedó reducida a chiste, que es la mejor manera de hablar de ello sin darle protagonismo. "Quiero saludar a Rajoy que nos estará viendo", dijo Iglesias el primero. "Rajoy no está hoy, pero como si lo estuviera", comentó Rivera mirando a Soraya. Eso se lo tenían todos bien aprendido. Una puyita de vez en cuando, todos reían, media España reía, y Soraya no podía más que poner cara de palo. Fue vestida con una especie de abrigo de señora bien, clasicota, parecía casi como de mal gusto sacar el tema, y ese no era de los peores.

La ausencia de Rajoy llenó el estudio de Antena 3, hasta hacerse casi una presencia con barbas flotando sobre los presentes, en el momento de abordar la corrupción. "¡Alusiones al PP!", decían los dos presentadores mientras Pablo Iglesias les cantaba las cuarenta de forma dura e incontestable. De hecho, Soraya ni contestó, solo acertó a recordarle a Monedero que, en fin, no es Bárcenas. Todavía hay clases. "¡Alusiones al PP!", concedían los periodistas mientras le zurraban Rivera y luego Sánchez. Soraya estaba de piedra, no hacía ni una mueca. Rivera le dio la puntilla: "Ha venido a defender lo que Rajoy no se atrevía a defender, tiene valor y se lo reconozco". Soraya, ni pío. Algo tenía que haber dicho. Cabrearse, negarlo, defender al jefe, que estaría moviéndose en su sillón de Doñana, en la silenciosa noche rota por las grullas, gritando a la tele: "¡Soraya, pero di algo, defiéndeme!". Y ni siquiera podía ponerle un mensaje, porque en el debate prohibieron los móviles. Quién sabe si se arrepintió de no haber ido. Eran muchas alusiones como para no darse cuenta, incluso para Rajoy.

Soraya Sáenz de Santamaría lo explicó de forma naif diciendo que el PP es un equipo y que lo mismo vale uno que otro. Habló de "múltiples" compromisos de Rajoy. Como si fuera a colar a estas alturas. A menos de dos semanas de las elecciones. La vicepresidenta venía con un cursillo acelerado de gestualidad. Arriba, abajo, igual, distinto, datos sencillos. Una de las pocas frases buenas, a Rivera: "Usted se atribuye a sí mismo la elegancia". Pero se echó de menos la mujer bregada en ruedas de prensa de consejos de ministros que torea las preguntas de los periodistas. Eso precisamente fue sorprendente, y es una mala noticia. Las preguntas de los dos periodistas, Ana Pastor y Vicente Vallés, incisivas para todos los invitados, fueron de lo mejor, y eso viene a demostrar que lo que falta, sobre todo con el presidente del Gobierno, son entrevistas de verdad, y no preguntas chorras en la cocina con los mejillones. "Se han dado explicaciones, muchas explicaciones", repetía la vicepresidenta cuando le hablaban de corrupción. Era el discurso más aprendido, y se notó que era el más temido, con razón. El argumento fue eso que dicen algunos padres cuando sacuden al niño: "Pero si me duele a mí más que a ti".

Ese fue el momento culminante de un debate denso, a veces demasiado por la profusión de datos, interesante y revelador. No estamos acostumbrados a ver a cuatro candidatos –perdón, tres y una suplente- y ellos tampoco a debates así. Hubo una trama principal previsible -echar a Rajoy- y otras subtramas más jugosas, esos meandros secundarios de las películas de John Ford que al final decidían e influían en la historia central. Cada uno de los dos nuevos, Iglesias y Rivera, tenía al lado al guardián de su comedero de votos, a izquierda y derecha. Y lo cierto es que Rivera estuvo mejor que Sáenz de Santamaría e Iglesias mejor que Sánchez. Los emergentes se mostraban como si los dos partidos tradicionales ya estuvieran muertos, un poco sobrados y casi daba pena cuando les daban caña. Es tan fácil. Aunque no tanto ganarles en las urnas.

Entre los conflictos latentes por resolver el más virulento fue el de PSOE y Podemos por el espacio de izquierda. Iglesias, con un tono paternalista, acusó a Sánchez de no ser coherente, de que le gustaría un PSOE distinto, sonaba a despedida. "Lo has intentado", le dijo, como si el verdadero PSOE fueran ellos. "Tengo la impresión de que en tu partido mandas poco", remató con mala leche. Aquí es donde Sánchez le empezó a tratar de usted y le llamó Señor Iglesias.

Rivera siempre hablaba con tono condescendiente de avanzar, de dejar atrás las discusiones y las críticas, y al PP y el PSOE con ellos. El tono más o menos quería decir esto: "No me contéis milongas, gracias por concursar y hacedme sitio que voy". Cuando no se metían con él, ante el temor a desaparecer del minutaje, pedía igual la palabra para volver a hablar de bipartidismo, que es el marco en el que encaja perfectamente.

Sánchez, aunque esta vez se puso corbata, volvió a ser el más revoltoso con los contrarios, quizá un síntoma de nerviosismo. Cada vez que hablaba Soraya se le oía de fondo: "Madre mía". Normal, es el que tiene más enemigos y más frentes abiertos. Le cuesta focalizar y por eso cada vez que podía intentaba sustraerse a la melé y mirar a los presentadores para explicar las propuestas de su partido. Aunque su mensaje clave es débil: que solo con el PSOE puede haber un cambio real. El otro es que Rivera es como el PP. "Estas dos derechas", les señalaba con el dedo.

Hasta que se calentó el debate con la corrupción, se habló mucho de datos y estadísticas. Fue la apoteosis de los gestos de asombro, de perplejidad y las sonrisitas compasivas, porque todos se contenían para no interrumpirse y discutir, lo que es de agradecer y una absoluta novedad en la televisión española. Sería mejor no acostumbrarse. Cuando uno hablaba los otros se movían en su recuadro como entrenadores de fútbol ante ocasiones perdidas. Esto de los datos y las tesis estudiadas puede parecer muy civilizado y, por fin, de país serio, pero es verdad que era más aburrido que una buena bronca sobre valores y principios, al viejo estilo, y era un poco lioso. Demasiada economía, aunque quizá es pecado decirlo. Duró los primeros 45 minutos.

En esto Iglesias fue el más claro y didáctico, y se fue creciendo a lo largo de las dos horas de programa. También pareció el más relajado. Dar la razón a los demás, como hizo alguna vez, no es normal en un debate español. No digamos si es de políticos. También supo presentarse bien como el más cercano a la gente, y no solo por las pintas. Ya se sabía que es el que mejor canaliza el malestar de la calle, pero había que ponerlo bien en escena. Apretó bien a PSOE y PP con las puertas giratorias y la financiación de los partidos. Dijo lo que cobraba hace cuatro años, 930 euros de profesor interino, y que el problema de la educación es que las leyes las hacen gente que no va a colegios públicos, sino a privados. Nadie dijo ni mu. Tocados.

El único mensaje tangible de Soraya Sáenz de Santamaría fue que le dan miedo los tripartitos. Ya Rajoy dijo el otro día que un pacto de PSOE, Ciudadanos y Podemos era lo peor. Lo peor, en realidad, fue que él no estuviera allí para enfrentarse a eso que es tan malo, o demostrarlo si fuera el caso.

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