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Arqueologías del cine

Las personas de mi generación serán las últimas en recordar un tiempo en que la televisión aún no existía y el cine era la forma suprema del entretenimiento

Patio de butacas del cine Fígaro de Madrid, en 1966. Ampliar foto
Patio de butacas del cine Fígaro de Madrid, en 1966.

Las personas de mi generación serán las últimas en recordar un tiempo en que la televisión aún no existía y el cine era la forma suprema del entretenimiento. En las ciudades pequeñas, en los pueblos de mayoría campesina, el cine se integró en un rico ecosistema de ficciones que eran sobre todo orales, complementando a la radio pero sin competir con ella, integrando sus mitologías en los repertorios de la imaginación popular. La mayor parte de los géneros narrativos cultivados por los autores de radionovelas eran los mismos que ofrecía el cine: el melodrama, las historias de misterios y crímenes. Había veces que una misma historia se difundía en la radio y después en el cine, o incluso en el teatro, y eso multiplicaba los fervores colectivos, la identificación emocional entre el público y los personajes de las fábulas que lo subyugaban. En una época en la que la única música que se escuchaba en la radio eran variantes diversas de copla o canción española aflamencada, el oyente reconocía su propia vida y su propia lengua en esas canciones, que no eran ajenas casi nunca a las heredadas de la tradición oral, y muchas veces se mezclaban con ellas.

Hablo de mis propios recuerdos. Cuando se estrenó con un éxito inmenso ¿Dónde vas, Alfonso XII?, el romance que da el título a la película y que cantan en ella unas niñas formaba parte ya del repertorio de las canciones infantiles que oíamos cotidianamente en la calle. Joselito, Antonio Molina, Lola Flores y algo más tarde Marisol pasaron de la radio al cine, y durante años se movieron entre esos dos medios, convertidos en héroes que provocaban una identificación más poderosa por su cercanía. Joselito o Pablito Calvo eran idénticos a cualquier niño de clase trabajadora; Antonio Molina era el joven obrero que se abre paso gracias a su talento y su coraje, y a quien el don de su voz y la bondad de su carácter le permiten al mismo tiempo salir de la pobreza y permanecer fiel a sus orígenes, es decir, al público innumerable, hombres y mujeres, que lo escucha cantar en la radio y llena los cines cada vez que se estrena una película suya.

Pero el cine también se contaminaba de otro modo de la tradición oral. Cuando yo era niño, la gente, también los adultos, dedicaba mucho tiempo y esfuerzo a contar películas, y así un producto de Hollywood, hecho y difundido gracias a las tecnologías más costosas, se convertía en lo más primario y lo más humilde, un cuento contado en voz alta en un corrillo. Cuando mi madre volvía de ver una película de mayores yo le pedía que me la contara con el máximo detalle. Algunos de los cuentos de miedo que más me han sobrecogido en mi vida me los contaba un tío mío en la oscuridad del dormitorio que compartíamos, cuando volvía de una película de vampiros o monstruos. El grado máximo de entusiasmo narrativo era cuando nos juntábamos en un grupo en el que todos habíamos visto la misma película, y competíamos los unos con los otros alzando la voz para rememorar la escena que más nos había gustado.

Algunos de los cuentos de miedo que más me han sobrecogido me los contaba un tío mío en la oscuridad del dormitorio

Ni siquiera faltaba el relato por entregas. Durante un tiempo, en nuestra clase, había solo un alumno que tuviera televisión en su casa. Un día a la semana, nada más llegar al patio, nos reuníamos en torno a él para que nos contara el último episodio de una serie que ya nos estremecía de miedo nada más que con su título: Belfegor, el vampiro del Louvre. Recuerdo ese nombre y la imaginación se me llena de sombras de película expresionista deslizándose por escalinatas, siluetas enmascaradas y envueltas en capas de mucho vuelo. Semana a semana aguardé el día en que llegara a clase nuestro compañero trayéndonos un capítulo más de la historia, como llevaban los veleros a América los cuadernillos recién impresos de las novelas por entregas de Dickens.

En Úbeda, con 30.000 habitantes, había dos cines grandes de invierno, y llegó a haber cinco de verano, incluyendo la plaza de toros, donde cada domingo se llenaban las gradas y las sillas de madera plegables instaladas en el ruedo. El cine era el pan nuestro de cada noche de verano. En las copas de los pinos contiguos al cine de la Cava, colgaban racimos de espectadores polizones, a horcajadas de las ramas, más altas que la tapia. Como sucede siempre con las ficciones populares, la mayor parte de las películas correspondían a las normas estrictas de un género: de indios y vaqueros, de crímenes, de risa, de romanos, de espadachines, de piratas, “de llorar”. Estas últimas eran dramones mexicanos en blanco y negro que gustaban exclusivamente a las mujeres y provocaban oleadas de sollozos e insultos contra los malvados de bigotillo negro que ultrajaban a las heroínas indefensas. Algunas modas duraron años, originadas por un éxito repentino: la moda de los spaghetti westerns después de La muerte tenía un precio, que desató fervores multitudinarios como yo no he visto nunca; la de los espías internacionales seductores, con despliegues de anatomías femeninas y de artefactos de tecnología mortífera. En las de gladiadores, subgénero de las de romanos —que incluían cualquier antigüedad, más o menos disparatada en sus vestuarios y decorado—, algunos aficionados precoces prestábamos más atención a los muslos y los escotes de las bellas esclavas con túnicas de apertura lateral que a los combates de héroes aceitosos en el coliseo. A nadie le sorprendía que todos aquellos personajes, de tantas épocas y países, con tantos vestuarios distintos, hablaran siempre un robusto español.

En las copas de los pinos contiguos al cine de la Cava, colgaban racimos de espectadores polizones, a horcajadas de las ramas

Vivíamos espléndidamente alimentados a base de malas películas que tal vez estaban incluso peor hechas de lo que recordamos. Pero la emoción era legítima, la generosidad incondicional de nuestra expectativa, el momento de la llegada al cine, de caminar por un suelo de grava oliendo a dondiegos de noche, de escuchar la música amplificada por los altavoces cuando la pantalla estaba plenamente iluminada y todavía en blanco, la gran lona sujeta a sus bastidores laterales y estremecida por un rastro de brisa, la Vía Láctea atravesando el cielo, entonces muy cuajado de estrellas, la gran bóveda lujosa de nuestro cine de verano. Hubo un año en el que por esos altavoces, entre las canciones que ponían antes y después de la película, sonó cada noche Black is Black, como un vendaval de algo nuevo que no sabíamos lo que era, pero que merecía nuestra fervorosa aprobación, aunque no entendiéramos el idioma en el que la cantaban.

La radio, y luego el cine, habían irrumpido en la cultura popular y se habían hecho parte de ella. La televisión la destruyó, o la cambió irreparablemente, en muy poco tiempo, como esas especies invasoras que arrasan un ecosistema antes de que otros organismos desarrollen defensas. No es un juicio de valor, sino la constatación de un hecho. Fue en la televisión donde por fin empezamos a ver buenas películas, antes de viajar a las capitales en las que nos volvimos adictos a otras formas de cine, a salas más cerradas y recogidas a las que íbamos a solas y en las que ahora escuchábamos las voces verdaderas de los actores, la bella música desconocida de otros idiomas.

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