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‘Stand up’, el humor es un arte

El Centro Pompidou ahonda en la influencia de la comedia en vivo en la cultura pop y el arte contemporáneo a través de un programa de conferencias y un ciclo de películas

Álex Vicente

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'Float Discuss', obra de Charlie Jeffery, uno de los artistas invitados a 'Stand Up!'
'Float Discuss', obra de Charlie Jeffery, uno de los artistas invitados a 'Stand Up!'

En la entrada de la sala de exposiciones que el Centro Pompidou dedica estos días a la stand up comedy, alguien pensó en colgar una frase de Todd Solondz. El cineasta en los ochenta trató de labrarse una carrera como monologuista hasta que, la noche del estreno, su madre se sintió en la obligación de recordarle que no era gracioso y Solondz decidió suspender su actuación. La cita decía: "Súbete a un escenario y haz una performance. Si es divertida, será comedia en vivo. Si no lo es, será arte contemporáneo". El museo parisiense terminó dando marcha atrás, tal vez para no herir más sensibilidades de las necesarias con su última ocurrencia, que ya había dejado atónitos a los puristas: dedicar un ciclo a un subgénero que eleva a la categoría de "arte de­sacralizado", en palabras de la comisaria Amélie Galli. Ella es la responsable de un programa pluridisciplinar que incluye performances a cargo de nombres que reinventan el one man show como gesto poético y diluyen la frontera entre comedia y arte contemporáneo, como Bettina Atala, Aude Lachaise y Matija Ferlin.

Una gran sala de visionado permite descubrir la historia y el presente de la stand up comedy —con Miguel Noguera como único representante español—, y un ciclo de películas indaga en su influencia y representación en la comedia estadounidense contemporánea, donde la irrupción de Judd Apatow —que debutó en el stand up a los 17 años— ha provocado un auténtico cambio de paradigma con sus antihéroes de masculinidad herida y desdicha silenciosa. Además, el Pompidou ha orquestado homenajes a los mejores cómicos de la historia del subgénero: desde Lenny Bruce y Richard Pryor hasta Jerry Seinfeld y Rachel Dratch, o la tronchante Debbie Downer de Saturday Night Live —el mítico programa televisivo que lleva 40 años popularizando la comedia—.

Los primeros monologuistas eran judíos y afroamericanos que no dudaban en reírse de los estereotipos que les concernían

El conjunto permite trazar los contornos de esta práctica, a la que los grandes museos no habían prestado hasta ahora ninguna atención, sujeta a ingredientes fijos y códigos casi inalterables: un cómico de pie frente al micrófono se somete al examen de un público implacable, que no tolerará nada que no induzca a la carcajada y no dudará en echarle a los leones si fracasa. "El stand up se sitúa entre el simple chiste y la batalla en la palestra romana. El protagonista es un héroe desnudo sobre el escenario que se enfrenta a un ejercicio catártico para él y para quienes le observan. El monologuista nos autoriza a reírnos de sus miserias, pero también de las nuestras. Nos permite aceptar el desconsuelo humano y hacer de él una gran fiesta", afirma Galli.

Se pueden hallar sus primeras raíces en la commedia dell’arte, en los music halls británicos del siglo XVIII y en las arengas cómicas que pronunciaba Mark Twain. Pero los historiadores del stand up ubican sus orígenes en los teatros de vodevil que aparecieron en Nueva York a principios del siglo XX. Proponían espectáculos de variedades presentados por maestros de ceremonias que enunciaban chascarrillos breves entre una actuación y la siguiente. El tempo de la comedia se acelera en esas presentaciones breves y apresuradas, que se zanjaban con las llamadas punchlines —esos chistes finales con un efecto similar al de un puñetazo— y solían abordar las miserias cotidianas de la vida en una urbe. Suponían "una evasión y, a la vez, una confrontación a las circunstancias modernas y urbanas", según el historiador de la comedia Joseph Boskin.

Los primeros monologuistas solían pertenecer a minorías étnicas. Eran judíos y afroamericanos que no dudaban en reírse de los estereotipos que les concernían, algo que explica el arraigo del subgénero en ambos colectivos. En el llamado Borscht Belt —un extinto circuito de complejos o resorts vacacionales— debutaron cientos de cómicos, algunos tan insignes como Woody Allen y Joan Rivers. Su equivalente para afroamericanos era el Chitlin’ Circuit, donde aparecieron personajes como Moms Mabley, quien subvertía el estereotipo sureño de la mammy. Mabley, que se declaró lesbiana en plenos años veinte, fue una cómica triplemente pionera —como mujer, negra y homosexual—, y sus espectáculos fueron los primeros en recibir la clasificación XXX por parte de la censura, lo que no le impediría que terminara triunfando en los programas de Ed Sullivan y Johnny Carson.

Pese a que siempre existieran cómicos blancos aplaudidos por las masas —Bob Hope es el mejor ejemplo—, los orígenes del subgénero se encuentran en esos márgenes. "Aunque se ha convertido en algo mainstream, sus mejores representantes siguen siendo aquellos que dan voz a una manera de ver el mundo alejada del statu quo", sostiene la crítica de arte Miriam Katz, participante en el ciclo del Pompidou y responsable de un programa de stand up para el PS1 del MOMA en Nueva York.

La extensión del subgénero por el mundo, donde ha sido copiado con éxito desigual, es fruto del imperialismo cultural estadounidense, pese a que suela poner en duda los fundamentos del pensamiento dominante. “Esos chistes fáciles suelen encubrir una visión oscura de la sociedad estadounidense. Los monologuistas encarnan un contramodelo atractivo en una época que nos incita a ser obligatoriamente bellos, delgados y heroicos”, afirma Galli, citando a una de las últimas estrellas del género, Louis C.K., tal vez antítesis personificada de los cánticos emersonianos.

En 2012, el canal Comedy Central encargó un estudio para determinar el perfil sociológico de sus espectadores más jóvenes. Determinó que el 88% consideraban que el sentido del humor era un atributo fundamental para autodefinirse, por encima de la excelencia en el deporte, el gusto musical y el estilo personal. "Hablar de comedia contemporánea es solo una convención. No existe un arte más contemporáneo que este", concluye el crítico Emmanuel Burdeau en su texto introductorio al ciclo del Pompidou, aludiendo a la actual tendencia "a creernos permanentemente sobre el escenario, bajo los aplausos de los demás" Un paseo por las redes sociales, nuevo púlpito para miles de millones de espontáneos, no hace más que confirmar sus palabras.

Stand up! La nouvelle comédie américaine. Centro Pompidou. París. Hasta el 21 de junio.

Sobre la firma

Álex Vicente
Es periodista cultural. Forma parte del equipo de Babelia desde 2020.

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