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Vísperas de retirada

Nao Albet, Pau Roca, Mar Ulldemolins y Marcel Borràs protagonizan 'Incerta glòria', la adaptación de la novela de Joan Sales que dirige Àlex Rigola

Los actores Toni Mira y Laia Durán, en una escena de la obra.
Los actores Toni Mira y Laia Durán, en una escena de la obra.

Àlex Rigola ha vuelto al TNC barcelonés con una adaptación de Incerta glòria, de Joan Sales, publicitada como “la gran novela catalana sobre la Guerra Civil”, cuya escritura ocupó a su autor muchos años, desde la primera versión de 1956, mutilada por la censura, hasta la definitiva de 1971. Novela ambiciosa, y de singular enfoque, en la que se habla mucho más de la barbarie anarquista que del levantamiento faccioso, y ni siquiera se menciona, por ejemplo, la caza de miembros del POUM a cargo del PSUC y de los soviéticos, retratada por Orwell en Homenaje a Cataluña.

No tiene que haber sido fácil para Rigola condensar un texto de 700 páginas en un espectáculo de alrededor de tres horas. De las cuatro partes de la novela, prescinde de la última, situada en la posguerra, y opta, cosa muy lógica, por seguir el cañamazo dramático de la historia de Trini Milmany y los tres hombres que se enamoran sucesivamente de ella (el teniente Lluís de Brocà, el brigada Juli Soleràs y el alférez Cruells), con el telón de fondo de la lucha en el frente de Aragón, desde 1937 hasta la desbandada, y la vida en la Barcelona de la retaguardia, evocada por Trini, con saltos en el tiempo que retratan la primera juventud de los protagonistas. Personajes que oscilan entre la acracia y el desencanto (Lluís), entre el nihilismo torturado (Soleràs) y el catolicismo (la conversa Trini, el exseminarista Cruells), y cuyo devenir ideológico y espiritual queda un tanto esquematizado en escena; cosa lógica también, pues Sales dedica incontables páginas a dichas sacudidas.

Aunque tenía fresca la relectura de la novela, me costó un poco entrar en el espectáculo durante su primer tercio. Rigola comprime muchas peripecias y no acaba de brotar la chispa emocional, quizás por la enorme boca de la sala grande del TNC o por la frialdad del disperso decorado de Max Glaenzel. Hay pasajes muy bien sintetizados, como la batalla contemplada con prismáticos mientras estalla una sinfonía de obuses, pero, en mi opinión, abundan elementos innecesarios (filmaciones paisajísticas, imágenes de una mantis para subrayar el talante de una dama devoradora, dos esqueletos retozando en un sillón como palmaria síntesis de sexo y muerte, etcétera), distorsiones incongruentes (la molinera, interpretada por Laia Durán, enérgica bailarina a la que Rigola hace hablar como Marianico el Corto) o personajes que merecerían mayor desarrollo, como la Carlana (Aina Calpe), que hace perder la cabeza a Lluís y se queda en un apunte de mujer misteriosa. ¡Lástima que Rigola haya prescindido de la stendhaliana escena de la declaración de amor, con el teniente, literalmente, a sus pies!

Rigola comprime muchas peripecias y no acaba de brotar la chispa emocional, quizás por la enorme boca de la sala grande del TNC

Nao Albet está impecable, como Lluís de Brocà, por el que Joan Sales no parecía tener excesivas simpatías: ya irán viendo con qué acentos inclementes le dibujó el novelista y de qué modo lo defiende el actor. Más complicado lo tiene Pau Roca, que interpreta a Soleràs, ese filósofo cínico, lúcido, contradictorio y tocahuevos, adicto al fracaso, con el eterno cambio de bando como norte, que busca “una cola similar a la de la constelación de Escorpio, capaz de inyectarle veneno al universo entero”. Roca lo encarna como si fuera un primo hermano del Pechorin de Un héroe de nuestro tiempo, de Lermontov, pero el personaje, que tiene su enigma y su imán, no deja de resultarme, como en la novela, un pelmazo de mucha consideración, empachado de Kierkegaard y Dostoievski. En el segundo acto cristaliza la magia y Rigola liga una mahonesa finísima, con la ligereza precisa y el aroma justo. Brota la intimidad, construida, modulada, y durante cuarenta minutos escuchamos a Trini (Mar Ulldemolins) contando el relato desde su soledad barcelonesa, del salón en el ángulo oscuro, a través de las cartas que le envía a Soleràs. Escuchamos su voz, y en una gran pantalla vemos su rostro y su lágrima, la lágrima que brotará más tarde, en la “comida de gala”, cuando le llegue el rumor de la muerte de su hermano del alma. Plano purísimo, entre Dreyer y Warhol (gentileza de Francesc Isern & Max Glaenzel): esa sí es una imagen rica y llena de sentido. Pau Roca está tendido en el suelo, lejos y cerca, adorador atento, callando y, a ratos, apostillando. Y Andreu Benito, al que hemos visto antes en el rol del comandante Rosich, interpreta ahora al viejo Milmany, ácrata pacifista que se juega la vida al cargar contra sus antiguos compañeros, “hienas que deshonran la más humana de las filosofías sociales”, denunciando en un semanario los asesinatos de la FAI, y repudiando a su hijo Llibert, un trepador que se ha colocado en el departamento de propaganda del Gobierno barcelonés. Ulldemolins es un portento de delicadeza y emoción, y Benito hace lo que mejor le sale: lanzar su texto desde la inmovilidad como si fueran burbujas.

La tercera parte del espectáculo comienza con un monólogo de Cruells, el seminarista que, de modo un tanto incomprensible, marchó voluntario al frente rojo. Es el personaje con más voz en la novela, y Marcel Borràs, otro excelente actor, sabe darle hondura pechando con los recortes de la adaptación. A cambio, Rigola centra su texto en una acción concreta, específica: el intento de lograr una reconciliación entre Trini y Lluís, que a su vez detonará en una búsqueda contrarreloj que no puedo contar. El epicentro de ese último tercio es la “comida de gala” con la que el mando del batallón quiere obsequiar a sus esposas, recién llegadas de la retaguardia, y que se convierte en una pavana de alcohol, tensiones y diálogos absurdos, un poco en la línea del capítulo de los ‘Comicios agrícolas’ de Madame Bovary o del episodio de la plantación francesa de Apocalypse Now. Hay alusiones que cuesta pillar si no has leído el libro, y se abusa de la caricatura en los personajes de Merceditas (Laia Durán) y la Comandanta (Aina Calpe), pero, aquí, Joan Carreras (el doctor Puig) tiene al fin su esperado solo, y Rigola establece con fuerza la atmósfera circular, fantasmal, de ese “frente muerto” en el que rojos y fascistas intercambian alimentos y bebidas, esa tierra de nadie en la que se está a la espera de algo inminente que parece no llegar nunca, y donde esperanzas y tramas se disolverán con el acorde repentino y feroz del ataque y el caos de la retirada bajo un techo de micros que se diría un homenaje (un tanto excesivo) a las escenografías sonoras de Heiner Goebbels.

Incerta glòria, de Joan Sales. Adaptación y dirección: Álex Rigola. Intérpretes: Nao Albet, Pau Roca, Mar Ulldemolins y Marcel Borràs. Teatre Nacional de Catalunya, Barcelona. Hasta el 14 de junio.