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OPINIÓN

Mejor mal acompañados que solos

En 'Casados a primera vista' encontramos ocho aspirantes a contrayentes dispuestos a someterse al dictamen de tres alcahuetes, perdón, superexpertos

'Casados a primera vista'
Laurent y Toñi, dos de los participantes en 'Casados a primera vista'.

Que el personal lo que necesita amor ya está dicho y labrado en piedra. Lo decían los Beatles, lo decía San Pablo a los Corintios, lo decía el mítico Jesús Puente, que en paz descanse, en un concurso homónimo allá por el Pleistoceno de los concursos de búsqueda de pareja. Lo de que el amor es ciego también está muy visto. Lo que nadie dijo nunca, al menos en la parte de Occidente libre de la lacra de los matrimonios forzosos, es que dos adultos hechos y presuntamente derechos tuvieran que casarse a ciegas para, solo después del enlace, conocer a su legítimo/a, esperar que salte el chispazo, y decidir, tras una luna de miel a gastos pagados, si son felices y comen rúcula, o si parten peras, y si te he visto, no me acuerdo.

Visionada la primera entrega de Casados a primera vista, la primera incursión de Antena 3 en el formato de dating-show que tantos buenos ratos nos ha dado en otras cadenas, se constatan, al menos, tres hechos incontrovertibles. Uno: la gente ha visto muchas películas de Kate Hudson. Dos: a según qué edades y en qué circunstancias, hay quien prefiere estar mal acompañado que solo. Y tres, y mucho más potencialmente desestabilizador para el conjunto de credos religiosos y el orden constitucional vigente: el valor social de la institución milenaria del matrimonio —civil, pero casamiento a fin de cuentas— es igual o menor que cero.

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Allí estaban, como si les hubiera tocado el gordo, ocho aspirantes a contrayentes —seis mujeres y cuatro varones, dando pábulo a sugerentes combinaciones homo y hetero— dispuestos a someterse al dictamen de tres alcahuetes, perdón, superexpertos —sexóloga, psiquiatra y terapeuta de pareja— en juntar rotos con descosidos. A aceptar a ciegas la pareja que les propusieran después de su supercientífico test de compatibilidad. Y a casarse con ella, en 48 horas, en un lugar paradisíaco. Un factor clave, claro. Porque si la boda fuera en Bollullos Par del Condado (Huelva), con el debido respeto a Andalucía en general y a la provincia onubense en particular, igual daba más pereza meterse en semejante lío. Pero desposarse con un completo desconocido en Cancún (México), tiene, no sé, como otro aliciente.

El primer episodio nos deparó, aleluya, la primera boda. La de Laurent, un chef divorciado belga de Bruselas, con Toñi, una madre soltera gaditana de Chiclana de la Frontera. Entenderse no se entendieron. A él, recortadito, pareció gustarle ella por cómo se le arrimaba en el baile. A ella, mujerona, él se le quedaba pequeño. Al final, quedaron claras dos cosas. Una: que una suegra española rubia platino químicamente pura da miedo a cualquier yerno, sea guiri o paisano. Y dos: que, o surge la tensión sexual, o empiezan a tirarse los platos a la cabeza, o el formato hace aguas a ojos vista de puro aburrimiento. Porque ellos matarán por un marido/esposa. Pero la audiencia no se casa con nadie. Por cierto que, al final, nada de parejas gais ni lesbiana, sino la humillación gratuita de dos aspirantes, Nora y Blanca, las más añosas para más inri, a las que los superexpertos fueron incapaces de encontrar pareja. Y eso que Nora solo quería “un hombre que fuera ante todo persona”. No se puede pedir todo.

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