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Inri BOE

La catequesis a través del BOE no es estrategia nueva en la historia del absolutismo español, pero que se ejecute a meses de las elecciones generales suena a guiño colaborativo para la cercana campaña electoral

José María Gil Tamayo
José María Gil Tamayo

Habrá que reconocer la habilidad del Ministerio de Educación español para, en un momento donde la preocupación ciudadana apunta hacia la enorme brecha de desigualdad de oportunidades de formación y la penosa situación económica de nuestras instituciones públicas, hayan sido capaces de abrir la puerta a que los niños vuelvan a rezar en las clases. La muchas veces farragosa escritura del BOE hacía tiempo que no alcanzaba grados de trascendencia como los que el Ministerio de Educación endosó al humilde Boletín Oficial donde se publican leyes, disposiciones y actos de inserción obligatoria. Tenemos que entender como acto de inserción, de penetración por orificio legislativo, que en su literatura oficial aparezcan hitos como que la felicidad humana es imposible sin el reconocimiento de Dios y su iniciativa creadora y salvífica.

La catequesis a través del BOE no es estrategia nueva en la historia del absolutismo español, pero que se ejecute a meses de las elecciones generales y tras dar marcha atrás en una legislación punitiva del aborto exigida por la jerarquía católica, suena a guiño colaborativo para la cercana campaña electoral. Lo grave es que se hace sobre unas condiciones de dificultad para la enseñanza pública inéditas en la historia de la democracia. Nunca estuvo tan perjudicada la igualdad de oportunidades ni la posibilidad económica de subsistencia de la educación pública, valores básicos de la democracia y del cristianismo.

Si el papa Francisco ha declarado que sirve de poco ir a misa y dar limosna si luego se evita pagar los impuestos, se explota a los trabajadores y se fomenta la exclusión social, era esperable una respuesta rotunda del catolicismo a este cinismo legislativo del ministerio, pero el portavoz español de los obispos, Gil Tamayo, se limitó a añadir que la Iglesia no es un chiringuito como los partidos políticos, esos legisladores del oportunismo, porque tiene dos mil años de existencia. Negaba así la legitimidad democrática, pero también la existencia de la política como un fenómeno de organización social que se remonta a miles de años. No es solo un insulto a Pericles y los trabajosos albores de la democracia, sino a la capacidad de la humanidad para darse leyes y orden que no dependan del temor a Dios. Se asocia sin crítica al equilibrismo electoralista.