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Prohibir las fotos en los museos

Más vale mirar las obras y saborearlas que despeñarse por los 'selfies'

Una visitante, en pleno 'selfie' delante de 'Le Viol' de Magritte en el MOMA de Nueva York.
Una visitante, en pleno 'selfie' delante de 'Le Viol' de Magritte en el MOMA de Nueva York.

No hay remedio, parece. Hasta las instituciones más reticentes han acabado claudicando frente a la manía actual de ir al museo pertrechado de móvil, sacando fotos a las obras expuestas y, sobre todo, haciéndose selfies con las más populares como telón de fondo. La decisión es irremediable, me parece, porque daría igual prohibirlo: los visitantes, en masa, se lanzan a fotografiarse y fotografiar aquello que a veces no pueden siquiera ver, como ocurre con la Gioconda del Louvre. Antes la superstar se moría de éxito bajo los flases no permitidos y ahora sobrevive asaeteada por los móviles y las tabletas que, colocadas por encima de las cabezas de los propietarios —qué agobio de visita, caramba—, intentan ver lo que no alcanza la vista en medio del gentío. En tiempos de la cámara fotográfica era más sencillo controlar la circulación de las imágenes. Ahora ocurre tan deprisa que parece un juego de prestidigitador: visto y no visto y ya están los selfies.

Será la edad, no les digo que no, pero me gustan cada vez menos las fotos en los museos o, al menos, esas fotos que tienen regusto de fotomatón, arrancadas a toda prisa, tomadas sin buen encuadre, documentos para subir a Facebook, prueba irrefutable de que estuvimos allí, muy cerca de la Gioconda… sin llegar a verla en realidad. Son fotos rapidísimas, constatación más que recuerdo del viaje, que ahora no tienen sólo de protagonista al paisaje con la Torre de Londres al fondo o al cartel anunciador de Carnaby Street, sino las estatuas del Británico, el museo más visitado del mundo, siempre atestado de personas que se hacen selfies o se sacan fotos abrazadas a las obras (literalmente).

Fotos muy cerquita del Guernica de Picasso o del David de Miguel Ángel; fotos a veces robadas a la vigilancia que, en algunas instituciones, tienen por tanto el sabor dulce de lo prohibido —que no deja de ser un aliciente para algunos—. Son las grandes obras convertidas en monumento de consumo, testigos de unos viajes en los que miramos sólo a través del encuadre del móvil o la tableta —estaba a punto de decir qué horror.

Y es aquí donde surge mi perplejidad, ya que no acierto a entender el porqué de la abundancia de fotos en las salas, frente a las obras, más allá del papel de testigo para Facebook. Pues quienes hacen —o roban— las fotos hoy en los museos no son profesionales que las necesitan para su trabajo por diferentes motivos, algo que ocurría en mis tiempos de estudiante, cuando las postales con frecuencia no reproducían sino las obras más populares, aquellas que compraría el público. En la actualidad son numerosísimas las obras que se encuentran en la web y, en especial, esas grandes obras que persigue buena parte del público. Y es que no es el cuadro lo que interesa, sino el “yo” con el cuadro. O sea, el “yo” allí también. ¿O sería más justo decir el “yo” sin más?

Pero siempre he creído que el que saca fotos de cada cosa que ve se pierde el acontecimiento mientras ocurre. Lo comprobé en mi primer viaje a Islandia cuando mi madre me pidió que le trajera fotos porque le intrigaban aquellos paisajes. Como nunca había visto unos cielos tan bellos y tan cambiantes, saqué las fotos solicitadas, si bien luego, al revelarlas, mi decepción fue inmensa: no estaba detenida la belleza que había disfrutado. En el fondo, hacer fotos de cada instante de la vida es dejar de vivirla, y por eso estoy en contra de las fotos en los museos. Más vale mirar las obras y saborearlas que despeñarse por los selfies para dejar constancia del paso por las salas. Facebook puede esperar, créanme.