Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
TEATRO

Julia Gutiérrez Caba: “Se acerca el fin”

De una generación y una familia de cómicos que se hizo con el teatro a base de oficio, esta actriz, a sus 81 años, defiende la cultura como lo único que nos puede hacer más libres

Julia Gutiérrez Caba (Madrid, 1932) ha recibido el Premio Corral de Comedias del Festival de Almagro.
Julia Gutiérrez Caba (Madrid, 1932) ha recibido el Premio Corral de Comedias del Festival de Almagro.

"Soy consciente de que se acerca el fin, no solo de mi carrera como actriz, que tengo bastante apartada, sino sobre todo de mi vida en el mundo”. Serenas y tremendas palabras de Julia Gutiérrez Caba al recibir el Premio Corral de Comedias en Almagro, una noche de tormenta. Al día siguiente, en el Teatro Municipal, volvió a clavarnos a todos en las butacas con el extraordinario monólogo Escrito por Teresa de Ávila, sabiamente armado por Brenda Escobedo y minuciosamente dirigido por José Luis Gómez, que lo había calificado de “experiencia espiritual” y no exageraba: tampoco yo creo exagerar si digo que cuando se apagaron los ecos del Vivo sin vivir en mímuchos, creyentes o no creyentes, sentimos haber asistido a una suerte de reencarnación. Nos transportó: es muy posible que así hablara Teresa, con esa pasión, con ese temblor por atrapar con palabras algo tan inexpresable como un arrobamiento místico. Creyentes, en todo caso, en el poder del arte teatral, en la gracia de esta incomparable actriz.

Hablamos, por la tarde, en el Parador, tras el último e intenso ensayo. Todo en ella es elegancia, precisión, hondura. Voz bellísima, pasmosamente joven. Un sentido del humor muy británico. Y una humildad extrema, sin la menor afectación.

“José Luis Gómez me había propuesto”, cuenta, “hacer Savannah Bay, de Marguerite Duras, con mi sobrina nieta Irene Escolar, en La Abadía, pero no me veía con fuerzas. En cambio, cuando me habló de Escrito por Teresa de Ávila enseguida le dije que sí. Tuvimos una gran sorpresa, porque el pasado 31 de marzo se llenó el María Guerrero. Gómez es muy exigente y sabe mucho. Tenía razón en todo lo que me señalaba. Hizo, además, algo poco frecuente: grabó los ensayos, con lo cual yo luego podía escuchar lo que había hecho y lo que me marcaba”.

PREGUNTA. Usted ha dicho que pertenece a una generación “sin otra escuela que el oficio”. Oficio que aprendieron desde pequeños, porque muchos de ustedes eran hijos de cómicos.

RESPUESTA. Mi hermana Irene y yo (y luego Emilio, claro) crecimos en ese caldo de cultivo, sí. Hasta nuestros juegos eran teatrales: disfraces y más disfraces. Nos acostumbramos desde pequeñas a los horarios inhabituales, a las funciones tarde y noche… Si nuestros padres, Irene Caba Alba y Emilio Gutiérrez Esteban, estaban en casa era un mal síntoma: no había trabajo. Solo libraban el Viernes Santo, o en Nochebuena, después de la función de tarde. Incluso en año nuevo había aquella curiosa costumbre de parar la obra, tomar las uvas con el público, y continuar haciéndola. Nuestra primera escuela teatral fue la compañía de Catalina Bárcena, que había vuelto a España y llamó a mis padres.

P. ¿Recuerda la primera vez que salió usted a escena?

R. ¡Claro! En Mariquilla Terremoto, de los Quintero. Gran Canaria, año 1951. Mi hermana Irene había empezado en teatro antes que yo. Yo estaba muy indecisa: creía que no servía. Trabajaba en el comercio de unos amigos, hacía dibujos de trajes infantiles. Debuté con un papel pequeñísimo. Salí aterrorizada y nada más pisar el escenario se apagó la luz. Pensé: “Mala señal”, aunque la verdad es que entonces había muchas restricciones. Solté luego mi frase, y el segundo apunte me dijo: “Lo has dicho muy bien, Julita, con mucho sentido. No te ha oído nadie, pero muy bien”. Así que mi primera lección fue aprender a coger el tono. Al año siguiente, en septiembre de 1952, me dieron el carné del sindicato. Mi carné de actriz.

P. Estuvo usted nueve años en la compañía del Infanta Isabel, con la Garcés y su marido, Arturo Serrano.

R. Demasiado tiempo estuve. Mi madre había muerto, joven, a los 57 años; Irene se había casado con Gregorio Alonso, actor, que se convirtió en su administrador; mi padre apenas trabajaba ya…, así que la casa quedó un poco sobre mis hombros. Yo heredé el temor de mis padres a quedarse sin trabajo, a la intermitencia… En el Infanta hicimos muchísimas obras de Agatha Christie, porque Arturo Serrano había encontrado un filón con La ratonera, en 1954. Llevábamos seis o siete obras suyas en el repertorio.

En teatro, cuando se gana, puedes vivir de tu trabajo, pero cuando pierdes, pierdes mucho y muy deprisa"

P. Casi tantas como las que hizo con Mihura.

R. Lo que más he hecho en teatro ha sido comedia, y tuve la suerte de empezar con un maestro. Hice un papel corto pero muy gracioso en ¡Sublime decisión!, en 1955. Luego siguieron La canasta, del mismo año, en la que también estaban Irene, su marido y nuestro padre; Carlota (1957), Melocotón en almíbar (1958), El chalet de madame Renard (1961)… Los jóvenes de entonces, gracias a La Codorniz, entendíamos muy bien el humor de Mihura, que desconcertaba a los adultos.

P. ¿Qué tal dirigía Mihura?

R. Dirigía un poco bajo mano. Firmaba Arturo Serrano, pero era Miguel quien estaba al tanto de todo: marcaba tonos, daba notas… Incluso un día se trajo a Alfonso Sánchez, el crítico de cine, que tenía una tos carrasposa, muy característica, para enseñarle a un actor cómo debía toser: “¡Así se tose!”. No me apetecía seguir en el Infanta porque Serrano no me subía el sueldo ni a tiros, pero no tenía valor para irme. Miguel me hizo un verdadero regalo: “No te preocupes, que te voy a escribir una comedia”. Y escribió Las entretenidas, que hice con Rafael Alonso, en la Comedia, en 1962, dirigida por él. En el reparto estaba mi maravillosa tía Julia Caba Alba, tremendamente graciosa. Estuvo 11 años haciendo cine, y cuando volvió al teatro lloraba: “¡Tener que repetir todos los días, tarde y noche! ¡Es inhumano!”, decía.

P. Sigamos con los maestros de esa época como Jaime de Armiñán.

R. Jaime fue el primero que me llamó para hacer televisión, en 1961. Me llamaba (y me sigue llamando) “Juliguti”. Rafael Alonso y yo hacíamos en directo un programa corto, al mediodía, en aquel pequeñísimo plató del paseo de la Habana, que olía a tortilla, porque el bar estaba al lado. Jaime conseguía unos repartos estupendos: en su grupo, casi una pandilla, estaba también mi hermana Irene, Ferrandis, Amparo Baró, Margot Cottens, Chus Lampreave…, era casi una compañía estable y escribía para nosotros. Y dirigía: un superdotado. Con él hice Confidencias, Tiempo y hora, Las doce caras de Juan… Y mi hermana hizo Suspiros de España, con Ferrandis. Sus programas tenían un tono especial, mezcla de humor y poesía, como Mihura. En esa época hacíamos dos funciones, y televisión por la mañana. Éramos jóvenes y dormíamos poquísimo.

P. En 1963 entra en la compañía de Alberto Closas, en el Marquina, donde estará siete años… y conocerá a Manuel Collado Álvarez, su marido.

R. Closas era un estupendo director de comedia, con una habilidad especial para dirigir a las actrices: nos entendía muy bien. Tenía un carácter fuerte, con grandes cóleras que como venían se iban, pero conmigo siempre estuvo encantador. En 1963 hice la Molly Malone de Primera plana, de Hecht y McArthur, que aquí se llamó Edición especial. Allí debutó en teatro Alfredo Mayo, gran amigo de Closas, en el papel de Walter Burns, el dueño del periódico. En la compañía estaba también Manuel Collado Álvarez. Nos enamoramos y nos casamos en mayo de 1964. Con Closas hice muchas comedias. Las de mayor éxito fueron las de Barillet y Gredy: Flor de cactus (1966), Cuarenta quilates (1969) y Cuatro historias de alquiler (1970). Closas era otro todoterreno: actor, director y empresario.

Cuando murió mi hermana Irene fue como si me cortaran una pierna. Todavía no lo he aceptado"

P. Su marido, Manuel Collado Álvarez, también era un completísimo hombre de teatro: actor, director, traductor, empresario…

R. Era un apasionado del teatro: se sabía los clásicos de memoria, toda la historia del teatro español, estaba al tanto de lo que se hacía afuera… Closas nos empujó para que formásemos compañía: montamos Luz de gas (1967) en el Lara, dirigida por él. En el Reina Victoria hicimos La profesión de la señora Warren, de Bernard Shaw, en 1973; Tal como son, sobre cuentos de Chéjov, en 1974; Las tres gracias de la casa de enfrente, de Eric Schneider, en 1975…, y muchas comedias, que era lo que más nos pedían. Sosteníamos la compañía con los trabajos en cine y televisión. En teatro, cuando se gana, puedes vivir de tu trabajo, pero cuando pierdes, pierdes mucho y muy deprisa.

P. Y con Collado coincidió en otros repartos, como El jardín de los cerezos (1986), dirigida por Plaza y Layton, en el María Guerrero.

R. Espléndido reparto, en el que también estaban Fernando Delgado, Enriqueta Carballeira, la enorme Berta Riaza, José Pedro Carrión… Actores de muy distintas escuelas, que quizá no acabaron de empastar. Plaza dirigía, y Layton estaba al pie del cañón, veía todas las representaciones. Un hombre educadísimo, muy sabio, pero, a mi juicio, daba demasiadas notas. ¡Un torrente de notas, después de cada función!

P. En 1988 volvió a trabajar con su hermana Irene en Leyendas, de James Kirkwood, en el Marquina, tras 16 años de “separación”.

R. Curiosamente, interpretábamos a dos actrices de</CF> Broadway que volvían a encontrarse en un escenario. Ahora lamento que no hubiéramos trabajado más juntas. Lo último que hicimos fue Siempre en otoño, de Santiago Moncada, con Amparo Baró, en la temporada 1993-1994, dirigida por Ángel García Moreno. Ahí Irene empezó a encontrarse mal. La operaron, retomó el trabajo, hicimos una gira por el norte… Teníamos que ir a Barcelona, pero ya estaba inevitablemente tocada por la enfermedad. Murió un mes más tarde, en julio de 1995. Fue como si me hubieran cortado una pierna. Todavía no lo he aceptado. Ni eso ni la muerte de Manuel. El verano es una mala época para mí: Manuel murió en junio de 2009. En los últimos años, cuando se puso enfermo, dejé de hacer giras, no quería salir de Madrid. Por eso volví a televisión. Luis San Narciso me llamó para Los Serrano y estuve seis años. Y dos más en Águila roja. Estoy muy agradecida a esos trabajos, que me ayudaron a salir del pozo.

P. Fueron merecidamente aplaudidas sus palabras en la entrega del premio de Almagro.

R. Gracias. Allí dije, y lo repito, que está en manos de los políticos poder remediar la catástrofe de la cultura, porque se están poniendo demasiadas dificultades para seguir desempeñando esta profesión. Y la cultura es lo único que puede hacer al ser humano más libre.

 

La actriz elige tres obras

Escena de 'A Electra le sienta bien el luto'.
Escena de 'A Electra le sienta bien el luto'.

A Electra le sienta bien el luto. Teatro María Guerrero, 1965

“En Diez negritos (1958) había descubierto a José Luis Alonso: un director ‘moderno’ que, aun tratándose de una obra menor como aquella, te guiaba, te ayudaba, te marcaba las situaciones y los efectos. Era rubio y menudito como un gnomo, muy expresivo, vivísimo, subía y bajaba continuamente del escenario, hacía todos los personajes y captabas muy bien lo que trataba de explicarte. Siete años más tarde me llamó para interpretar a Clitemnestra en A Electra le sienta bien el luto, de Eugene O’Neill, en el María Guerrero, una obra complicada de montar y muy larga, de más de tres horas: la Orestíada ambientada en la guerra de Secesión americana. Tenía un gran reparto: Núria Espert, Alfredo Alcón (que había hecho El zapato de raso con Alonso), Montserrat Carulla, Andrés Mejuto… Me resultaba raro encarnar a la madre de Núria y Alfredo, que eran altísimos. Para mí fue muy importante trabajar con ellos, por su talento, su generosidad y su sentido del humor. Núria ya era una estrella: aunque estuviera rodeada de mucha gente, siempre destacaba. En los ensayos descubrí el contraste entre su imagen pública y su imagen real: sencilla, divertida. Y con Alfredo Alcón, que falleció hace poco, me sucedió lo mismo. Al estreno, el 28 de octubre de 1965, vino ‘todo Madrid’ y se aplaudió enormemente. Fue un hito en mi carrera”.

Flor de cactus (Teatro Lara, 1966)

“José Luis Alonso volvió a llamarme para hacer Los caciques, de Arniches, en el María Guerrero, pero yo ya estaba contratada con Alberto Closas para hacer Flor de cactus, una comedia de Barillet y Gredy que en París llevaba en cartel desde 1964, o sea, tres años, que fue el tiempo que estuvimos haciéndola nosotros. Era un enredo de relojería, en la línea de Feydeau, con personajes redondos. Closas era un dentista mujeriego, encaprichado de una chica joven, que interpretaba María José Goyanes, y yo era una especie de Cenicienta cuarentona que florecíapor amor. En el reparto estaban, entre otros, Manolo Collado Sillero, la pareja de María José; Montserrat Julió, José Sacristán y Vicente Ros.

En el Lara celebramos las 500 representaciones, estuvimos luego en Barcelona, y en julio de 1970 fuimos al Avenida de Buenos Aires, con Ana María Barbany y Ramón Pons reemplazando a María José y Manolo. El éxito fue descomunal. ¡Lástima que solo pudiéramos estar dos meses! La crítica nos puso por las nubes y llenamos cada noche. Era la primera vez que yo veía al público haciendo cola, con sillitas plegables, para sacar entradas. Luego la llevaron al cine, con Walter Matthau e Ingrid Bergman, que para mi gusto era una actriz demasiado espectacular para el personaje. Y lo mismo sucedió en Broadway, donde la interpretó nada menos que Lauren Bacall”.

Petra Regalada (Teatro Príncipe, 1980)

“Llevábamos ya 10 años de compañía cuando, irónicamente, ‘el otro’ Collado, Manolo Collado Sillero, me llamó para proponerme algo muy goloso: Petra Regalada, el esperado retorno al teatro de Antonio Gala, cinco años después del controvertido ¿Por qué corres, Ulises? En 1966 yo había hecho en el María Guerrero otro texto de Gala a las órdenes de Alonso, El sol en el hormiguero, con serios problemas de censura. La nueva función me entusiasmó. Era una comedia alegórica, barroca, compleja, con un estilo y un juego de lenguaje excepcional, y, sobre todo, una gran protagonista femenina, una prostituta que se enfrentaba a las fuerzas vivas de un pequeño pueblo. Decidimos disolver la compañía para que yo hiciera Petra Regalada, cosa que lamenté por los muchos empeños de mi marido, pero la verdad es que era muy difícil de mantener, y lo comprendió perfectamente. En el teatro Príncipe me reencontré con la gran Aurora Redondo, con la que había trabajado en Cuarenta quilates y que seguía imbatible. Estaban también en el reparto los veteranísimos Ismael Merlo y Javier Loyola; Carlos Canut, que acababa de volver de Venezuela, y el cada vez más firme Juan Diego. Completaba el reparto Gabriel Jiménez, al que en Barcelona sustituyó un muchacho que hoy es uno de los más importantes jefes de casting del país: Luis San Narciso. Petra Regaladafue mi mayor éxito de esa época”.