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Concha

El último recuerdo hermoso junto a Concha García Campoy consiste en brindar con champagne en la terraza de su casa, porque se había recuperado de manera increíble

Concha García Campoy en una entrevista con Felipe Gonzalez.
Concha García Campoy en una entrevista con Felipe Gonzalez.

El último recuerdo hermoso junto a Concha García Campoy consiste en brindar con champagne en la terraza de su casa, porque se había recuperado de manera increíble tras el primer tratamiento de su leucemia. Todo en ella eran elogios, hacia el aguante de su familia, la fidelidad de sus jefes y compañeros de trabajo, la cercanía de sus médicos y la confirmación de que tenía un montón de amigos que la querían. Si el cariño curara, pensé entonces, no cabía duda de que Concha iba a salir de este envite sana y salva. Y así lo celebramos. Porque celebrar la vida era una de las costumbres que quizá más nos unía a ella, buscando siempre la carcajada al final del túnel.

La amábamos desde que aprobó las oposiciones a TVE y apareció en los noticiarios y luego puso en marcha aquel programa de radio en fin de semana, que se sigue llamando A vivir que son dos días. Esos dos días que nos queríamos comer entonces a dentelladas y que hoy ya preferimos degustar a sorbitos cortos y prudentes. Su biografía profesional es una página ejemplar en nuestros medios de prensa, capaz de sortear las entretelas de un negocio que no siempre está a la altura de sus grandes comunicadores. Y más difícil aún, conservó el entusiasmo del primer día de facultad de periodismo cuando le tocó cargarse a la espalda un programa diario en el que combinar sucesos escabrosos, prensa del corazón, material sensible y guiños culturales.

Concha García Campoy fue la chica de la tele, la expresión nacional más parecida a aquella mítica serie de Mary Taylor Moore. Levantó programas distintos, siempre ambiciosos, teñidos de profesionalidad y que convirtió en rincones amables, cordiales, calurosos. Porque al final uno solo crea aquello que tiene dentro, y ella tenía todo eso dentro. Concha era un desayuno gozoso frente al mar en Ibiza. Sin renunciar a su ambición profesional, supo ganar amigos y sobrellevar sin agobios la cola creciente de quienes iban cayendo rendidos a su encanto. Nadie pasaba inmune por sus programas, salía corriendo a inscribirse en el club de fans. Solo hay una cosa reñida con ella, que no le pega para nada, que le sienta horrible: una necrológica.