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Cuando Buñuel era solo Luis

Canal + Xtra emite un documental que retrata la etapa de penurias que el cineasta atravesó durante su estancia en Hollywood

“En cine, hay gente a la que han influenciado Kurosawa, Bergman, Fellini… Los que amamos las películas europeas, hemos absorbido algo de ellos. Y después está Buñuel. Es tan especial, hacía algo tan distinto, que es imposible estar influenciado por él. Como mucho, puedes imitarle”. Este Buñuel is different, entonado por un vehemente Woody Allen, es el cántico que acompaña de fondo el documental que se emite el próximo domingo en Canal + Xtra (17.20), y el 17 en Canal + (0.40): Buñuel en Hollywood. Una historia que, cual producto de la meca del cine, arranca con un cúmulo de vicisitudes para, piruetas del destino mediante, desembocar en un final previsiblemente feliz. El mismo paradigma que, irónicamente, el genio de Calanda rechazó con fiereza para su obra.

Buñuel retratado por Man Ray en 1929
Buñuel retratado por Man Ray en 1929

“Hablar de Hollywood con Luis Buñuel no es hablar de éxito y glamour, sino de incomprensión, desesperación y hambre”, dice Félix Cábez, el director de la cinta, que data del año 2000, y a la que se han añadido extractos del material casero que el artista grabó en Nueva York a principios de los cuarenta, hallado en 2011 en la Filmoteca Española y que sacó a la luz El País Semanal. En un periplo repartido en dos estancias, la primera voluntaria, la segunda casi obligada a causa de la Guerra Civil, la historia de Buñuel en Estados Unidos es una de asfixiante sequía laboral. Que no creativa. El cuento del parón forzoso de una carrera brillante que pudo morir casi de recién nacida, y que solo se salvó ya de mayor en el México que sirvió de escenario para la mayor parte de la filmografía del aragonés.

Con los testimonios de su hijo, Juan Luis Buñuel, de Dan O’Herlihy, protagonista de su Robinson Crusoe, o del cineasta Robert Wise, entre otros, Buñuel en Hollywood arranca a finales de los felices años 20. Una época también optimista para el cineasta, que pronto se revelaría exigua. Tras cuatro meses de ida y vuelta en Hollywood, en los que el cineasta entabló relaciones con la colonia española y durante los que incluso encontró tiempo para enzarzarse en un conflicto de egos con el mismísimo Chaplin, Buñuel regresó nuevamente a EE UU huyendo de la guerra fratricida en España. Primero asentado en Los Ángeles, las crecientes penurias le hicieron poner rumbo a Nueva York, donde fue alojado por el artista Alexander Calder, autoproclamado guardián de la creatividad europea, en plena fuga de cerebros en aquellos tiempos convulsos.

De esa estancia en la ciudad de los rascacielos se conservan las hasta hace bien poco desconocidas cintas caseras que el cineasta grabó con su familia y amigos, de las que se han insertado extractos en el documental. Fueron, no obstante, sus primeros filmes, los -que diría Allen- inimitables Un perro andaluz o La edad de oro, los resortes que le granjearon el primer y único trabajo estable que encontraría en tierras estadounidenses. Una admiradora de aquellas obras y trabajadora del Museo de Arte Moderno, el MOMA, le consiguió un puesto como productor asociado del área documental de la institución. Un trabajo al menos lejanamente relacionado con el cine que le mantuvo en contacto con su vocación.

El buen paso que había tomado su estancia en Nueva York se encontró, a los tres años de andadura, con una barricada en medio del camino. Quien la levantó fue el mismo que en su día fue su compañero de viaje: Salvador Dalí, por entonces convertido a la causa franquista. La publicación de sus memorias, en las que definía a Buñuel como “ateo y comunista”, forzaron su dimisión del MOMA. Y vuelta a Los Ángeles. Y al paro. Tras un año al sol, se embarcó en un proyecto de doblaje de películas americanas al castellano, que acabó tumbado. Tal fue la hondura del abismo que se abrió entonces a sus pies, que cuentan que la mujer del protagonista de Un perro andaluz, Denise Tual, lo encontró por las calles angelinas limpiando un área de montaje.

La que pudo haberse convertido en la etapa hollywoodiense en la producción del cineasta –allí, en EE UU, escribió varios guiones nunca realizados; uno con Man Ray, otro con Juan Larrea y el tercero con José Rubia Barcia, que aporta su testimonio-, concluyó con su marcha a México, auspiciada por Tual. A partir de entonces, lo que ocurrió lo documentan una treintena de películas que ocupan uno los capítulos más destacados de la historia del cine. Con el olor a éxito, aquel Hollywood que un día le dio la espalda volvió la cara para intentar morder un pedazo del pastel. Y quienes lo intentaron recibieron todos la misma contestación: no sin mi libertad creativa. O sea, no. “Además”, rezaba una corrosiva misiva estándar que Buñuel envió a todo el que cortejó sus servicios, “pediría un salario astronómico, una suma que sobrepasaría con creces lo que Hollywood paga a sus mejores directores”. Y aquí llega ese final feliz. The end.