Aguas

Menos agua en los embalses, más hectáreas que regar

Las reservas hídricas de las cuencas del Segura, Guadiana o Guadalquivir están por debajo del nivel medio de la última década, pero en ese tiempo han aumentado los regadíos

Embalse del Charco Redondo en Los Barrios (Cádiz), al 17% de su capacidad.
Embalse del Charco Redondo en Los Barrios (Cádiz), al 17% de su capacidad.alejandro ruesga

Los 3.000 vecinos de Fuente de Piedra (Málaga) llevan cuatro años sin poder beber agua del grifo. El acuífero principal que nutre su red se agotó y cuando se pinchó más profundo bajo tierra, el agua se volvió salada: demasiado nivel de cloruro. “Ha sido un cúmulo de factores, como la escasez de lluvia en la última década y la agricultura, que consume mucha agua”, resume su alcalde, Siro Pachón. Cada martes y viernes llegan al pueblo los camiones cisterna con el agua potable.

Fuente de Piedra es el ejemplo extremo de una alarma acuciante: las reservas de agua menguan y la mitad sur del país mira desesperado al cielo, mientras el cambio climático acentúa la variabilidad de las lluvias y augura a lo largo del siglo XXI una merma de los caudales del 24% y de hasta el 40% en las zonas más sensibles, según calcula el Centro de Estudios y Experimentación de Obras Públicas, del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

En estos momentos, varias cuencas del sur del país muestran signos alarmantes. En concreto, los embalses del Segura están al 35,5% de su capacidad, los del Guadiana al 32,5% y los del Guadalquivir al 32,1%. Tres zonas hidrográficas donde las reservas de agua se encuentran hoy bastante por debajo del nivel medio de los últimos 10 años, como muestra el último boletín semanal del Ministerio para la Transición Ecológica.

Paradójicamente, esta creciente preocupación por la escasez de agua no es la misma ante el uso que se hace de ella. En el conjunto del territorio que se abastece de estas mismas cuencas —formado por las regiones de Andalucía, Castilla-La Mancha, Extremadura y Murcia— el cultivo de regadío ha crecido un 15% en la última década, hasta alcanzar los 2,1 millones de hectáreas, según cálculos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. ¿Es sostenible este crecimiento?

Los expertos alertan de que este aumento del regadío debe corregirse y empezar a menguar, las confederaciones afectadas alegan que el crecimiento es hoy día nulo o mínimo y los agricultores defienden su papel esencial en la cadena alimentaria, puesto en valor durante la pandemia. “Si prometemos más regadío es a costa de hacerlo más vulnerable, es un suicidio colectivo. La sostenibilidad no consiste en frenar el desarrollo, sino en respetar los límites que impone la naturaleza”, recuerda Pedro Arrojo, profesor emérito de análisis económico en la Universidad de Zaragoza.

La escasez de lluvias afecta a los cultivos, pero también a la ganadería. “Este año se ha recuperado, pero los dos anteriores [2018 y 2019] acarreamos agua por primera vez para el ganado y compramos paja porque el campo estaba pelado”, explica Juana Carrasco, ganadera y veterinaria en Puebla de Guzmán (Huelva), que no recuerda tanta escasez de lluvias en sus 30 años en el campo.

A pesar de la previsión de menos agua, los agricultores solicitan cambiar sus cultivos del secano a regadío —de cereales y girasol a frutales o cítricos, por ejemplo— porque el beneficio económico se dispara y el trabajo, al mecanizarse, suele ser menos duro y reduce tanto sacrificio. Las confederaciones hidrográficas de Madrid para abajo —Guadiana, Guadalquivir, Mediterránea y Segura, entre otras—, cuyos embalses bajan del 50% a diferencia de la mitad norte, frenan las nuevas peticiones para aumentar el regadío pese a las presiones de agricultores y alcaldes. “Vemos sostenible el regadío porque se utiliza mucha menos agua y los cultivos se desplazarán con los años de una zona a otra del país, hacia donde haya agua disponible. No quiero ampliación, pero tampoco me puedo oponer porque hoy una hectárea de regadío produce como seis de secano”, alega Andrés del Campo, presidente de la mayor federación de comunidades de regantes, Fenacore, que agrupa a 700.000 agricultores.

La mejora de la tecnología de riego ha multiplicado su eficiencia: se utiliza un 27% menos de agua, pero se necesita un 700% más de energía, según cálculos oficiales. Con la eficiencia del riego —implantado en el 75% de los cultivos— y el paso de frutales y cítricos a olivar, viñedo y almendro, cultivos que consumen la mitad de agua, el ahorro repercute en un 55% en la confederación y en un 45% en el agricultor, que tiene margen para ampliar hectáreas. Sin embargo, los expertos conservacionistas critican que el ahorro de agua no repercute en las cuencas. “Es el falso mito de la modernización de regadío, el ahorro de agua en caudales no significa que se saque menos agua del río y los agricultores duplican las hectáreas y plantan producciones más intensivas”, critica Antonio Amarillo, de Ecologistas en Acción.

“Las confederaciones padecen una insuficiencia brutal de medios. Se nos exigen inspecciones sin recursos, ni humanos ni materiales”, se queja Mario Urrea, presidente de la Confederación Hidrográfica del Segura, que abarca las provincias de Albacete, Alicante, Almería y Murcia, donde la crisis del Mar Menor ha puesto a los agricultores frente al espejo ante el excesivo uso y vertido de nutrientes.

Urrea asegura que la superficie de regadío no ha crecido en su cuenca, a pesar de que el Ministerio de Agricultura señala un aumento del 4% en Murcia en la última década. La cuenca del Segura tiene un punto de esperanza con las desaladoras, las que están ya funcionamiento y que se completarán en 2022 para aportar 400 hectómetros cúbicos al año, cuando los regadíos tradicionales demandan 300. “Tenemos la ventaja de que el agua desalada estará sí o sí y eso nos da una cierta ventaja, aunque penalizada por la tarifa”, matiza sobre el aumento de precio que los agricultores aceptan ante la falta de alternativa. Si el agua del trasvase está a 9 céntimos, la desalada se paga a 57 céntimos.

Sin embargo, las desaladoras son una excepción en España, uno de los países del mundo con más presas por persona y kilómetro cuadrado. “La tendencia a que haya menos agua es tanto a largo plazo como a corto plazo, no podemos dar el agua con la misma alegría. El reto es pasar de la gestión reactiva a la preventiva”, alerta Rafael Seiz, de WWF. Por su parte, Víctor Cifuentes, jefe de planificación de la Confederación del Guadalquivir, que dispone de al menos dos años de abastecimiento con las reservas actuales, responde: “La gestión del agua para regadío es más difícil que hace décadas, ya que el agricultor actual tiene más de empresario y de inversor y necesita más garantía [de recibir el agua concedida por las confederaciones]”. Entre ambos extremos, Gonzalo Delacámara, asesor en política de agua del Banco Mundial y la Comisión Europea, tercia: “Nunca solucionaremos el problema si se criminaliza al regante, socialmente no hemos pasado esos ahorros de agua a los regantes, a los que preocupa la seguridad de poder regar en 25 años”.

California es un Estado con parecidas carencias hídricas a España y ha visto dos soluciones para paliar el oscuro panorama. Por una parte, la captura de caudales durante las crecidas de ríos y barrancos para recargar los acuíferos, usándolos como embalses subterráneos, y, por otra, la creación de consorcios entre las ciudades y zonas agrícolas. “Las ciudades necesitan una garantía prácticamente total de que no sufrirán cortes de suministro y suelen invertir en opciones más caras, como la reutilización y la desalación, que las zonas agrícolas, que no tienen tanta capacidad de inversión”, incide por correo electrónico Alvar Escrivá-Bou, investigador visitante del Instituto de Políticas Públicas de California, que prevé reducir un 10% la superficie agrícola para ser sostenibles en 2040.

En Andalucía, que aglutina el 28% de las 3,8 millones de hectáreas de riego, hay embalses como el de Charco Redondo, el ubicado más al sur de Europa, al 17%, Beninar al 8% (Almería) o Corumbel Bajo (Sevilla) al 8%. Y sin embargo, la suerte de los vecinos de Fuente de Piedra parece que cambiará el próximo verano, si acaba la obra para la nueva planta de tratamiento de aguas que les permita beber de nuevo del grifo y abandonar tanta botella de plástico.

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