La crisis del coronavirus

Tecnología para tiempos de pandemia

La nanotecnología, aplicada a la medicina, avanza a pasos agigantados para limitar la pandemia que asola el mundo

Vecinos del barrio de Amara de San Sebastián en sus balcones para agradecer a los servicios de urgencias su trabajo.
Vecinos del barrio de Amara de San Sebastián en sus balcones para agradecer a los servicios de urgencias su trabajo.Javier Etxezarreta / EFE

Cuando se derrote la pandemia que estamos sufriendo y consigamos el estado equilibrado de la materia, es decir, la fase donde haya ocurrido todo lo que podía ocurrir, se tendrá que reestructurar el tejido deteriorado, no sólo social y económico, sino también el tejido cerebral.

Para ello, habrá gente que necesite echar mano de algo parecido al tricorder de Star Trek, el aparatejo que el doctor McCoy llevaba en su bolsa y que detectaba enfermedades con sólo acercarlo al paciente. Para quien no lo sepa todavía, este cacharrito ya existe y funciona siguiendo el modelo de la aguja de una brújula que se alinea a partir de pulsos de radiofrecuencia utilizando la misma carga de energía que requiere una bombilla eléctrica.

El físico y divulgador científico californiano Michio Kaku nos lo cuenta en su libro La Física del futuro (Debate). Entre sus páginas nos encontramos con una aproximación a dicho dispositivo. Según nos cuenta Kaku, un predecesor del tricorder sirvió en su día para obtener imágenes del interior de Ötzi, el hombre de hielo; la momia descubierta por unos alpinistas alemanes en los Alpes de Ötzal.

Se podría llegar a leer el cerebro de tal manera que es posible que hasta se pudieran leer los pensamientos

Después de mover el cacharrito sobre el cuerpo del hombre congelado se pudieron ver diferentes capas de su organismo, imágenes que servirían para su posterior estudio, y gracias a las cuales se pudo hacer una reconstrucción naturalista de un hombre fallecido alrededor del 3255 a. C.

Como curiosidad, decir que el cuerpo momificado presentaba un buen número de tatuajes repartidos entre su muñeca izquierda, la zona lumbar y ambas piernas. La hipótesis más destacable es que los tatuajes tenían una función mágica. Se trataba de un hombre que sufría artritis y, según parece, los tatuajes formaban parte del remedio para su mal. La reconstrucción del hombre de hielo la podemos ver en el Museo Arqueológico de Bolzano (Italia).

Ahora sigamos con el tricorder pues según nos cuenta Michio Kaku, en un futuro, la aplicación podría hacerse más pequeña, de tal modo que las exploraciones cerebrales por resonancia magnética se llevarán a cabo con un dispositivo del mismo tamaño que una moneda. Es más, se podría llegar a leer el cerebro de tal manera que es posible que hasta se pudieran leer los pensamientos, asunto que sobrepasaría los límites de la ética, ya que, el pensamiento es una capacidad común a todos los humanos por la cual nos formamos ideas y representaciones de la realidad, siempre y cuando tengamos libertad para ello.

Lo que sucede es que con un cacharrito así, lo de la libertad de pensamiento se hace difícil, por no decir imposible. Imagínense que la aplicación se hiciese factible ahora mismo. A la falta de libertad de movimiento provocada por el deber cívico que nos obliga la pandemia, se sumaría un asunto tan grave como limitar el mundo de nuestras ideas; lo más parecido a pinchar el pensamiento como si fuera un teléfono.

Pero todo llegará y así lo anuncia Michio Kaku en su libro, donde también nos cuenta el experimento al que se sometió para hacerse una exploración mediante la imagen por resonancia magnética funcional. Su objetivo era conocer en qué partes de su cerebro se producían ciertos pensamientos.

A la falta de libertad de movimiento provocada por el deber cívico que nos obliga la pandemia, se sumaría un asunto tan grave como limitar el mundo de nuestras ideas

Mientras Michio Kaku estaba en el interior de la cámara, le pidieron que contara el paso del tiempo en segundos. Una vez pasado el experimento, una vez reveladas las imágenes, Kaku pudo comprobar cómo, mientras contaba los segundos, aparecía el brillo de un punto entre los ojos, detrás de su nariz, lugar donde se localiza el paso del tiempo por ser éste donde nuestra mente calcula segundos y minutos. Entonces Kaku se dio cuenta: “Estaba siendo testigo del nacimiento de una rama nueva de la biología: el rastreo de los puntos precisos del cerebro asociados con ciertos pensamientos, es decir, una forma de lectura de la mente”.

Lo hemos visto por las noticias. Poco después de que brotase la pandemia, las terminales de los aeropuertos chinos empezaron a incorporar unos escáneres térmicos para detectar posibles casos de coronavirus a partir del "mapa" del calor corporal que emiten las personas.

Con su aplicación médica, la nanotecnología está logrando avances específicos de los que vamos a ser testigos en los últimos meses. Porque sin lugar a dudas, la pandemia que sufrimos está transformando el escenario del mundo y con ello el futuro, un tiempo que ya está aquí y que -parafraseando a William Gibson- viene desigualmente repartido.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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