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OPINIÓN i

Sobre mesas de negociación

Dentro de unos años, cuando llegue el momento de votar, los catalanes tendrán el deber de decidir si subscriben un acuerdo que no consistirá en instaurar la República Catalana o si prolongan sin remedio el conflicto

Encuentro de Pedro Sánchez y Quim Torra, en julio de 2018.
Encuentro de Pedro Sánchez y Quim Torra, en julio de 2018.

Una vez formado el primer gobierno de coalición de España desde la Segunda República, ha empezado a correr el plazo de 15 días para la constitución de la “Mesa bilateral de diálogo, negociación y acuerdo para la resolución del conflicto político” en relación al futuro de Cataluña. El anhelado momento de sentarse y hablar por fin ha llegado y sin duda es oportuno aclarar desde el principio lo que puede esperarse y lo que no de la flamante Mesa bilateral.

El acuerdo suscrito entre el PSOE y Esquerra prevé que la Mesa “establecerá plazos concretos para sus reuniones y para presentar sus conclusiones”. Después de comprobar el fiasco a que llevaron el proceso independentista los adeptos del tenim pressa, lo peor que podría hacer la parte catalana de la Mesa es dejarse llevar de nuevo por la precipitación a la hora de forjar acuerdos con el Gobierno. Uno de los líderes independentistas más juiciosos, Andreu Mas-Colell, ha sugerido en un artículo de este diario que “hay que pensar a ocho años vista” para encauzar el problema.

Lo peor que podría hacer la parte catalana de la Mesa es precipitarse cuando forje acuerdos con el Gobierno

El conflicto catalán no es el primer conflicto territorial del mundo que se aborda por medio de una negociación política, y por eso una ojeada a otros casos del continente europeo puede resultar instructiva. El conflicto más reciente es el que enfrenta a las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk con Ucrania. En septiembre de 2014 y febrero de 2015 se firmaron sendos acuerdos en Minsk que sentaron las bases de la solución del conflicto. Tras una larga etapa de negociaciones poco fructíferas, el nuevo presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, y su homólogo ruso, Vladímir Putin, están trabajando desde el pasado diciembre en una salida definitiva para el conflicto en el marco del llamado Cuarteto de Normandía, que reúne a Ucrania, Rusia, Francia y Alemania.

En la frontera occidental de Ucrania se halla la autoproclamada República Moldava Pridnestroviana, más conocida como Transnistria, una región que se separó unilateralmente de Moldavia pronto hará 30 años. En este caso, las negociaciones para resolver el conflicto empezaron en 2006 y recibieron un nuevo impulso en 2011. Desde entonces se desarrollan en el formato 5+2, llamado así por la participación de Transnistria, Moldavia, Rusia, Ucrania y la OSCE, con Estados Unidos y la Unión Europea en el papel de observadores. Sin duda, el proceso negociador más longevo es el que afecta el futuro de Chipre, un país dividido desde la secesión unilateral de su parte norte en 1974. En este caso, las primeras conversaciones datan del mismo 1974 y se han ido repitiendo en diferentes oleadas y con diferentes formatos.

Andreu Mas-Colell ha sugerido que “hay que pensar a ocho años vista” para encauzar el problema

Si esta breve ojeada recomienda paciencia a los negociadores de la Mesa bilateral española, también nos instruye sobre los objetivos que se persiguen. En ninguno de los casos mencionados el objetivo de la negociación es afianzar la independencia de territorios que han optado unilateralmente por la secesión. En el caso de Donetsk y Lugansk todo lo que prevén los acuerdos de Minsk II es una reforma de la Constitución de Ucrania con la descentralización como elemento clave, que permita la creación de regiones autónomas en un Donbass mayoritariamente rusófono. En Transnistria la OSCE explica sin ambages que el objetivo de las negociaciones es elaborar los parámetros de un acuerdo global “basado en la soberanía y la integridad territorial de la República de Moldavia dentro de sus fronteras internacionalmente reconocidas, con un estatuto especial para Transnistria dentro de Moldavia”. Finalmente, el objetivo de todas las negociaciones sobre Chipre siempre ha sido la reunificación del país, normalmente bajo el formato de algún tipo de federación entre el norte “turco” y el sur “griego”. En esta línea, el citado Mas-Colell no ha tenido reparo en dudar que el “hito final” de la negociación que se avecina sea un referéndum sobre la independencia.

Para terminar, es necesaria también una reflexión sobre la posibilidad que la Mesa bilateral fracase. El precedente de Chipre es digno de mención. Para entrar en vigor, el Plan Annan de 2004 para la reunificación del país debía ser ratificado por las comunidades turca y griega en sendas consultas. Los turcos votaron a favor, pero los griegos lo hicieron masivamente en contra, con lo que el Plan fracasó contra la voluntad de los negociadores. Dentro de cuatro, ocho o los años que sean, cuando llegue el momento de votar, los catalanes tendrán el deber de decidir si subscriben un acuerdo que no consistirá en instaurar la República Catalana o si prolongan sin remedio el conflicto.

Albert Branchadell es profesor en la Facultad de Traducción e Interpretación de la UAB.

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