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BARRIONALISMO COLUMNA i

Ah, cómo hemos cambiado

Las cabalgatas son menos humildes, en general, más luminosas y sofisticadas que hace treinta años

Un niño atiende los consejos del rey Melchor en la fiesta de los Reyes Magos de los hijos del cuerpo de Bomberos de Madrid en 1991
Un niño atiende los consejos del rey Melchor en la fiesta de los Reyes Magos de los hijos del cuerpo de Bomberos de Madrid en 1991

El título de la columna evoca el tema del grupo de música “Presuntos Implicados”, solo que yo no voy a hablar de “aquella amistad”, sino de cómo eran las cabalgatas de Reyes cuando yo era pequeña, en los 80. Justo cuando comenzó su andadura el mítico conjunto yeclano afincado en Valencia.

Las he vivido de muchas formas. He sido una espectadora feliz y despreocupada a hombros de mi padre y de mi tío, que no temía los impactos de los caramelos duros como piedras que había antes. Estaban los de forma de gajo, de naranja y limón. Riquísimos, pero si no los mordías a tiempo, podían cercenarte la lengua de lo afilados y finos que se quedaban. También lanzaban otros que te pintaban la boca de rojo o de verde, en función de si el papel que los envolvía era de Drácula o de Frankenstein. Muy buenos, eso sí, no se te quitaba el colorante en horas.

Por aquel entonces, debía tener una capa térmica invisible, la de la emoción, supongo, que me permitía aguantar de pie lo que me parecían horas, hasta que, al fin, obtenía mi recompensa: que aparecieran los Reyes. Al menos, ese rato, no padecía los rigores de los inviernos gélidos. En Alcorcón, no me cansaré de decirlo, nuestro Baltasar ya era negro en esa época y no alguien tiznado. Afirmo con orgullo que hemos sido unos adelantados a nuestro tiempo. La costumbre consuetudinaria fue hacerlo siempre bien.

Cuando entré en la Escuela de música municipal, algo más mocita, comenzó una nueva etapa para mí. El hecho de que yo tocara el piano limitaba cualquier participación en actos que tuvieran lugar en la calle puesto que no podía cargar mi instrumento y llevarlo a cualquier sitio. Afortunadamente, también cantaba en el coro y eso me permitió participar en alguna cabalgata. Conservo recuerdos vagos, de llevar leotardos blancos tupidos, algo de cartulina azul cielo y algodón. Materias primas de incuestionable nobleza que debían formar parte de mi disfraz de ángel. También me acuerdo de caminar un montón y de estar al otro lado, de ser yo la que lanzaba dulces entre villancico y villancico y de ver las caras de la gente. La experiencia me encantó.

Tres décadas después, las cabalgatas son menos humildes, en general, más luminosas y sofisticadas, en algunas hay reinas, en lugar de reyes y en otras hasta se escucha reggaetón. Las técnicas de recogida de caramelos, tras años de impacto de proyectiles en el cuerpo y los posteriores moratones, son cada vez más innovadoras y ahora, lo que se lleva es ir con el paraguas, ponerlo al revés y convertirlo en zurrón. Sin embargo, hay cosas que no cambian: en muchas partes del país, todavía siguen pintando a gente blanca para emular a Baltasar y por mucho que haya quien se escude en la tradición, resulta, además de muy ofensivo, completamente arcaico.

Que se transforme todo lo que se tenga que transformar si eso supone ir a mejor, que todas las personas que quieran quepan y se sientan incluidas en la noche mágica y que continúe la ilusión.

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